domingo, 16 de febrero de 2014

1 TIMOTEO 1. FORTALEZA Y FIDELIDAD.


 "trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti,
la cual habitó primero en tu abuela Loida,
y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también."
2 Timoteo 1:5
 
 
 
12 Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, 13 habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. 14 Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. 15 Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 16 Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna. 17 Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

San Pablo agradece a Dios por la fortaleza que le concedió. ¿En qué aspectos fortaleció el Señor al Apóstol? La fortaleza es un don de Dios necesario para enfrentar las circunstancias difíciles de la vida; es la fuerza del Señor, la perseverancia y el coraje que nos permiten obedecer la voluntad de Dios en todo momento. En el caso de Pablo, le fue dada fortaleza para:

a)      Permanecer en la convicción de haber sido llamado por Jesucristo a una misión específica, anunciar el Evangelio a los gentiles.

b)      No darse por vencido frente a la oposición y persecución de sus propios hermanos judíos.

c)      Enfrentar necesidades materiales y enfermedad, sin dejar de cumplir la orden del Señor.

Ayudado por esa fortaleza sobrenatural, pudo mantenerse fiel. La fidelidad es esa conducta firme y constante que tiene una persona tanto en sus afectos, como ideas y obligaciones. El fiel no cambia en su amor, inclinación o compromiso. En el caso del cristiano, fidelidad es lealtad, observancia de la fe que se debe al Señor y Su Iglesia. El discípulo fiel es puntual y exacto en la ejecución de su servicio a Dios. Al que supo cumplir la misión, Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (San Mateo 25:23)

El Apóstol se maravilla de que  habiendo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador del Señor y Sus hijos, hubiese tenido tanta misericordia que finalmente le llamó al ministerio. Se lo explica también, aunque no lo justifica, porque lo hizo por falta de fe y por ignorancia espiritual.

La gracia del Señor, Su gran amor, “fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.” La fe que nació en su corazón y el amor, aunque equivocado en su proceder, que Pablo sentía hacia Dios, intensificaron y aumentaron la gracia Divina. Esto que le aconteció a él es una experiencia que todo ser humano debiera vivir, la salvación de su alma. Por eso continúa diciendo “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” No se exime de la condición de pecador. Pablo es tan pecador como nosotros.

En su conversión él ve una enseñanza y explica: “por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna.” Sin duda lo ha sido para todos los que hemos leído sus testimonios en el libro de los Hechos, escrito por su ayudante Lucas, como a través de sus trece cartas que, además de contener rica teología, trasuntan una personalidad sufrida, amorosa, comprometida con Cristo y la Iglesia hasta la muerte. Dios le introdujo en la fe de Jesús para ser un ejemplo a todos los gentiles.

Pero ello no es para levantarlo como un redentor ni intercesor, sino para glorificar una vez más “al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios”
 

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