sábado, 27 de julio de 2013

2 TESALONICENSES 1: PACIENTES, PARA ALCANZAR LA PROMESA.





“3 Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás; 4 tanto, que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis.”

El apóstol observa que la fe de sus discípulos crece paulatinamente, y que el amor también se desarrolla, individual y colectivamente. Dice que ese amor es abundante. Esto llena de orgullo a Pablo, como maestro de ellos, que llega incluso a comunicar este crecimiento en las iglesias que visita. Él se “gloría” de ellos como un padre “chocho” se enorgullece de sus hijos. Resaltan, además, la paciencia y la fe de los tesalonicenses a pesar de las persecuciones y tribulaciones que viven por ser discípulos de Jesucristo.

Hablemos de la paciencia, una hermosa y necesaria virtud cristiana. ¡Cuánto necesito desarrollar la paciencia en el ministerio y en mi vida en sus distintos ámbitos: personal, familiar, laboral, eclesial! Es que la virtud de la paciencia permite, además, la adquisición de otras virtudes. Teniendo paciencia puedo ser misericordioso con los que sufren, teniendo paciencia puedo crecer en conocimiento y sabiduría, teniendo paciencia puedo alcanzar una mejor comprensión de los demás, etc. Sin paciencia no podemos lograr los propósitos de largo alcance, los planes trazados en la vida. Por falta de paciencia he fracasado reiteradas veces, no he podido cruzar la barrera de la dificultad, no superamos las deficiencias de los demás como tampoco las nuestras. ¿Cómo vamos a ser discipuladores y transformadores de vidas si no tenemos paciencia? Un profesor necesita paciencia, un ministro de Dios requiere paciencia, los padres deben ser pacientes, un jefe debe ser paciente.

Esta virtud tiene íntima relación con la fortaleza. Su misión es vencer la tristeza para no decaer ante los sufrimientos que surgen en el camino del cristiano. Podemos tener sufrimientos físicos, como una enfermedad crónica o un trabajo agotador, o sufrimientos psicológicos, cual la incomprensión o abuso de los superiores o compañeros de labor. Nos esmeramos por desarrollar las virtudes de Jesucristo, por ser personas “buenas”, pero chocamos contra las injusticias, burlas, malos tratos y todo tipo de dolencias internas y externas. ¿Qué nos ayudará a ser “fuertes” ante ello? La virtud de la paciencia, dada por el Espíritu Santo, que cubrirá con alegría y buen ánimo nuestra lucha diaria. Cuando se fracasa en una tarea, cuando vienen las pruebas, se levanta la “paciencia” como una fuerza que nos ayuda a vencer.

Dios nos ha concedido la virtud de la paciencia para desarrollarla, con el fin de no dejar de hacer lo que nos conviene, de acuerdo a la voluntad de Dios, aquello que es razonable. La paciencia fortalece el alma para enfrentar lo difícil o doloroso y no deprimirse. Hoy en día, que prolifera la depresión en nuestra sociedad, necesitamos tanto de esta virtud, la paciencia, como nunca antes: “porque es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36), y “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (San Lucas 21:19)





 

viernes, 19 de julio de 2013

1 TESALONICENSES 5: RESPETUOSOS CON SUS LÍDERES.

“12 Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; 13 y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.”

Los ministros de Dios y todos aquellos hermanos que se preocupan del rebaño del Señor, merecen la gratitud y reconocimiento de los fieles. No se trata de adularlos ni “pagarles” por su labor –aunque algunos vivan del ministerio– sino de respetarlos y tenerlos en alta estima, porque están haciendo el trabajo que el Señor encargó a los apóstoles.

Ellos hacen un trabajo espiritual muy importante al conducir a la gente a la fe en Jesús, brindarles oportunidades de sanación espiritual, enseñándoles la Palabra de Dios, acompañándoles en la vida devocional, preocupándose de sus necesidades y orientándoles en la vida cristiana.

Algunos ocupan cargos de autoridad, presidiendo en la comunidad cristiana en sus diversos ámbitos, sea el presbiterio o ancianos de la iglesia, las mujeres, los varones, los jóvenes o los distintos ministerios. Esos cargos no son fáciles; cualquier liderazgo de personas significa problemas, pues los seres humanos, cristianos y no cristianos, somos diversos y complejos. Nunca se da gusto a todos los miembros y no pocas veces se viven experiencias amargas. La Biblia registra esos aspectos, para que no nos engañemos. Un botón de muestra son estas palabras del apóstol Pablo: “9 Procura venir pronto a verme,  / 10 porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia.  / 11 Sólo Lucas está conmigo… / 14 Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. / 15 Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras. / 16 En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta.” (2 Timoteo 4:9-16)

Pastores y líderes de la Iglesia tienen el deber necesario de amonestar a los creyentes. En el mundo de hoy las personas quieren vivir libremente, sin recibir dirección ni menos reprensión de otros. Tal actitud no ayuda al crecimiento espiritual. Todos necesitamos que a veces se nos “aprieten las clavijas” para sonar mejor y que se nos “limen las asperezas” para ser mejores cristianos. Una amonestación adecuada, no en público para no avergonzar, la requerimos todos; que se nos haga presente algún aspecto de nuestro comportamiento, para que lo consideremos y cambiemos de actitud. No necesariamente es la reprensión de un superior, sino el buen consejo y la advertencia del hermano-pastor o hermano-líder que con amor nos ayuda a superarnos y adquirir las virtudes de Jesucristo, que es a fin de cuentas el propósito.

El respeto entre hermanos será siempre el principio que dirija las relaciones entre cristianos. No hay superiores ni inferiores, sino, tal como en una familia, unos mayores que otros, pero el que se considere mayor será servidor de los demás. Jesús enseña en el Evangelio: “14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.  / 15 Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. / 16 De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.” (San Juan 13:)

Si el apóstol Pablo, líder de la iglesia apostólica, viviera hoy nos escribiría algo más o menos así: Por favor, hermanos, les ruego que reconozcan la autoridad de los que hacen un trabajo espiritual con ustedes y les enseñan a ser mejores creyentes. Respétenlos y aprécienlos por su esfuerzo en el servicio. Vivan en armonía.