lunes, 13 de mayo de 2013

1 TESALONICENSES 4: CRISTIANOS EXHORTADOS A LA SANTIDAD.


 
 
“1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. 2 Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; 3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; 4 que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; 5 no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; 6 que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. 7 Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. 8 Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo.”
 

La exhortación del apóstol Pablo no es sólo para los cristianos de Tesalónica, sino también para nosotros. Sin perder la autoridad del Señor, él nos ruega humildemente que nos conduzcamos como buenos seguidores de Jesucristo. ¿No es acaso el mismo Señor que nos está rogando que nos portemos bien, por medio de Su instrumento que es el apóstol Pablo? ¡Cuántas veces escuchamos a los ministros de Dios exhortarnos y también rogarnos algo semejante, y nosotros sólo vemos al hombre! Aún más, los cuestionamos y criticamos, sin advertir que son la boca de Dios que nos llama a hacer Su voluntad. El Señor ha puesto a Sus Pablos, Pedros y Juanes, hombres imperfectos pero llenos de fe, para que nos exhorten y rueguen que hagamos como Él quiere. Usted no critique al hombre, obedezca a la Palabra de Dios que está en la boca de ese hombre, o de esa mujer, si es una Priscila, María o Débora.

Lo desafiante de estas palabras del apóstol es que él se pone como ejemplo. Lo digo porque algunos de nosotros jamás nos atreveríamos a decir compórtense  “de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios”. Hay quienes dicen hagan lo que digo pero no lo que hago. Esto no debe ser en la Iglesia. Necesitamos, los líderes, pastores y sacerdotes, ser tan coherentes como lo fueron los apóstoles, discípulos de Jesucristo.

El nivel de exigencia que aplicaban los apóstoles a sus seguidores era de la más alta excelencia: “así abundéis más y más.” Actualmente la mayoría de los cristianos no somos así, exigentes con nosotros mismos, sino más bien conformistas y livianos en la manera de vivir el cristianismo. Abunden más y más en el amor, dice el Apóstol, no descansen y exíjanse para ser verdaderos “Cristos”, o sea auténticos cristianos. Hay una palabra más fea y dura para llamar a los que se conforman con lo mínimo, lo suficiente, los que hacen lo que la mayoría hace y con eso se quedan, “mediocres” porque están en la media. ¡Perdónanos Señor por faltar a tu medida de santidad! Reconozco que me falta paciencia, bondad, humildad, delicadeza, altruismo, serenidad, jovialidad, compasión, magnanimidad, para llenar la medida superior de Jesucristo. ¡Llénanos de Tu Espíritu para obtener tales virtudes!

El Apóstol no habla por sí mismo, porque a él se le hubiera ocurrido caprichosamente exigir esos comportamientos de sus discípulos, sino que está transmitiendo un mandato de lo alto: “Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús”. Lo dice con toda claridad: “la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación”. Dios es Santo, por tanto sus hijos debemos ser de la misma forma, santos, limpios de toda inmundicia. ¿Está teniendo hoy día la Iglesia estás conductas? No hablo de guardar determinados días, vestirse de cierta manera, dejar de hablar y tocar algunos asuntos. No, no hablo de cosas externas sino de actitudes interiores que determinan comportamientos externos.

¿Somos pacientes con los que tardan en aprender o con los que el Señor aún no ha tocado? ¿Actuamos con bondad ante las desgracias del prójimo o más bien somos indiferentes? ¿Está nuestro corazón inclinado a la humildad o somos orgullosos y no escuchamos al otro porque nos consideramos más sabios, santos y predilectos del Señor? ¿Tratamos con delicadeza a nuestros hijos, esposa, hermanos en la fe, o somos rudos y groseros en el modo de dirigirnos a las personas? Se puede ser grosero sin hablar groserías. ¿Cuánto altruismo hay en la Iglesia? ¿Conservamos la serenidad ante las graves circunstancias que hoy ocurren en el mundo, o somos tan exaltados y violentos como los que aún no se han encontrado con Jesús? ¿Somos personas joviales o amargadas, graves, tristes, melancólicas…?  ¿Cuánta compasión encierra nuestra alma para el planeta que sufre, hablo de la Humanidad y también de los animales y todo ser viviente… o sencillamente los dejamos que se hundan, se enfermen, sufran y mueran, mientras el dolor y la muerte no toque a los nuestros? ¿Cuánta magnanimidad hemos adquirido del Espíritu; realmente nuestro amor todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta; o en realidad no tenemos esa grandeza de ánimo y las circunstancias nos sobrepasan?

Continúa el Espíritu Santo exhortando a los cristianos a llevar una vida matrimonial ordenada, en santidad y honor, evitando la concupiscencia, es decir el apetito desordenado de placeres deshonestos, sensuales o sexuales. Señala la importancia de la honestidad entre hermanos y prójimos, y advierte que el mismo Señor se encargará de vengar al agraviado. Dios no nos ha llamado a vivir una existencia sucia en lo ético y moral, sino que a una vida santa.

Desechar estas palabras es desechar al Espíritu Santo que las ha pronunciado por intermedio de un hombre, mas no por ello dejan de ser Palabra de Dios.