miércoles, 27 de noviembre de 2013

2 TESALONICENSES 3: OBEDIENTES, PARA GLORIFICAR LA PALABRA.

“1 Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros, 2 y para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe. 3 Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal. 4 Y tenemos confianza respecto a vosotros en el Señor, en que hacéis y haréis lo que os hemos mandado. 5 Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo.”



Orar por los que predican la Palabra de Dios. ¡Qué importante es orar por los ministros de Dios, encargados del ministerio de la Palabra! El propósito es que la Palabra del Señor sea comunicada a la mayor cantidad de personas, sea para que se salven o para que edifiquen sus vidas.

La predicación de la Palabra transmite el Evangelio, la buena nueva de salvación en Cristo y produce conversiones cada día en el mundo. ¿Cuántos se estarán convirtiendo en este preciso instante y entrando en el Reino de Dios? ¡Alabado sea el Espíritu Santo que ha capacitado a ministros de Dios para transmitir Su Verdad!

Cada sermón, exhortación, prédica, estudio bíblico y todas las formas diversas de expresar la Palabra de Dios, permiten también la edificación del alma, el crecimiento en la fe en Cristo y Su Evangelio, y el desarrollo de la esperanza. A medida que sabemos más de Dios y Sus promesas celestiales, no sólo las que nos hacen felices o consuelan en esta vida, sino también aquellas que nos aseguran la vida eterna, más grande y fuerte es nuestra esperanza.

Dios merece toda gloria, exaltación y alabanza. Cuando el Apóstol expresa su deseo de que la Palabra de Dios “sea glorificada” quiere decir que sea respetada, porque proviene de Cristo, el Verbo de Dios, el Logos o Palabra Divina. Hacer la voluntad de Dios es glorificar la Palabra. Nada sacamos con decir que amamos a Dios y Su Palabra, si no lo obedecemos ni ponemos por obra Sus mandamientos. Otro Apóstol, San Juan, lo repite hasta el cansancio en sus epístolas:
  • “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4
  • “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24)  
  • “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos” (1 Juan 5:2
  • “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.”  (1 Juan 5:3)
Pero también Dios nos exhorta a orar por los predicadores, para que sean librados de los enemigos. Dice textual: “y para que seamos librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe.” Como vivimos en un mundo pagano e incrédulo, hay personas que aborrecen el Evangelio, desprecian toda forma de fe, se burlan del cristianismo y odian a los creyentes, sobre todo a los que publican la Palabra del Señor en radio, televisión, periódicos, revistas, templos y otras formas de difusión. Estos tratarán de desacreditar, burlarse, dejar en ridículo y hasta tenderán trampas para que los predicadores caigan en pecado y así el mensaje de Dios no continúe propagándose.

Esta realidad que con humildad plantea San Pablo, está absolutamente vigente y debe instar a cada cristiano a incluir en sus oraciones personales, el ruego por los siervos de Dios. El objetivo no es el éxito del pastor, maestro o evangelista, sino el resguardo de la Palabra de Dios. Hay una urgencia en el mundo de que la Verdad de Cristo, Salvador y Señor, sea dada a conocer con autoridad, amor y sencillez, para que muchas vidas sean afirmadas en Jesús y guardadas del mal. Si obedecemos a esta sugerencia del Espíritu Santo, el Señor encaminará nuestros corazones al amor de Dios y a la paciencia de Jesucristo. Así sea.

 

jueves, 3 de octubre de 2013

2 TESALONICENSES 2: ATENTOS A LAS SEÑALES DE LOS TIEMPOS.

 
 
“1 Pero con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, 2 que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca. 3 Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, 4 el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”

Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron con siglos de anticipación el advenimiento de un Mesías o Cristo a la tierra, que nacería de una mujer virgen de la estirpe del rey David, del pueblo hebreo, en Belén. Con estos y otros numerosos detalles, se cumplió la venida de Jesucristo en el año uno de nuestra era. Él anduvo por Tierra Santa predicando el Evangelio del Reino, sanando y haciendo milagros; formó a doce hombres para el apostolado, con el fin de establecer Su Iglesia; pero lo más importante es que entregó Su vida en la cruz del monte Calvario o de la Calavera, para lavar con Su sangre la herida del pecado de la Humanidad. Prueba de que Su sacrificio fue aceptado por Dios Padre, es que Él resucitó y ascendió hasta el trono de los cielos.

Pero esa es sólo la primera parte de la maravillosa historia del Hijo de Dios. San Pablo comprendió que Jesucristo volvería a este planeta en una segunda venida. Tal cosa también es anunciada en la Escrituras antiguas; el mismo Jesús lo prometió a los apóstoles y fue anunciado por ángeles.

a)      La segunda venida del Mesías es anunciada en el Antiguo Testamento por el profeta Daniel: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. / Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Daniel 7:13,14)

a)      Jesús lo prometió a los apóstoles en Su profecía sobre el fin del mundo, cuando anuncia “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.  / Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.” (San Mateo 24:30,31)

b)      Lo anunciaron los ángeles cuando Jesús estaba ascendiendo a los cielos y los apóstoles le miraban subir. Dice el libro de Hechos “Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,  / los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 2:10,11)

Quizás para algunas mentes incrédulas esto pueda parecer fantasía o ciencia ficción, pero no lo es. Está en la Sagrada Escritura y es “profecía”. Si se cumplieron las numerosas profecías acerca de la primera venida del Mesías ¿por qué no habrá de cumplirse el anuncio de Su segunda venida?

Con respecto a esa segunda venida o regreso de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, no cambiemos fácilmente nuestro modo de pensar, tampoco nos desanimemos ni confundamos. No pensemos tampoco que ese día es mañana, aunque alguien nos diga lo contrario. Tengamos en cuenta que hay tres requisitos previos señalados por el Apóstol en esta carta:  

a)      La segunda venida de Jesús no sucederá sin que antes venga la apostasía. Ésta es un completo abandono de la fe por los creyentes. Algo de ello se puede constatar en la actualidad con el surgimiento en la sociedad de una actitud agnóstica y atea.

b)      Antes debe antes manifestarse “el hombre de pecado”, llamado también “el hijo de perdición”. Este es el Anticristo, un líder poderoso y admirado que se opondrá contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto. Aborrecerá de los cristianos.

c)      Previo a la segunda venida, el Anticristo llegará a sentarse en el templo de Dios para ser adorado como tal. Se piensa que ese templo no es cualquiera, sino el templo de Jerusalén. Sabemos que tal templo está destruido y de él sólo queda el llamado “muro de los lamentos”. Por tanto deberá ser reconstruido.

Estemos atentos a las señales de los tiempos y no olvidemos lo que profetiza y advierte la Palabra de Dios.

sábado, 27 de julio de 2013

2 TESALONICENSES 1: PACIENTES, PARA ALCANZAR LA PROMESA.





“3 Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás; 4 tanto, que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis.”

El apóstol observa que la fe de sus discípulos crece paulatinamente, y que el amor también se desarrolla, individual y colectivamente. Dice que ese amor es abundante. Esto llena de orgullo a Pablo, como maestro de ellos, que llega incluso a comunicar este crecimiento en las iglesias que visita. Él se “gloría” de ellos como un padre “chocho” se enorgullece de sus hijos. Resaltan, además, la paciencia y la fe de los tesalonicenses a pesar de las persecuciones y tribulaciones que viven por ser discípulos de Jesucristo.

Hablemos de la paciencia, una hermosa y necesaria virtud cristiana. ¡Cuánto necesito desarrollar la paciencia en el ministerio y en mi vida en sus distintos ámbitos: personal, familiar, laboral, eclesial! Es que la virtud de la paciencia permite, además, la adquisición de otras virtudes. Teniendo paciencia puedo ser misericordioso con los que sufren, teniendo paciencia puedo crecer en conocimiento y sabiduría, teniendo paciencia puedo alcanzar una mejor comprensión de los demás, etc. Sin paciencia no podemos lograr los propósitos de largo alcance, los planes trazados en la vida. Por falta de paciencia he fracasado reiteradas veces, no he podido cruzar la barrera de la dificultad, no superamos las deficiencias de los demás como tampoco las nuestras. ¿Cómo vamos a ser discipuladores y transformadores de vidas si no tenemos paciencia? Un profesor necesita paciencia, un ministro de Dios requiere paciencia, los padres deben ser pacientes, un jefe debe ser paciente.

Esta virtud tiene íntima relación con la fortaleza. Su misión es vencer la tristeza para no decaer ante los sufrimientos que surgen en el camino del cristiano. Podemos tener sufrimientos físicos, como una enfermedad crónica o un trabajo agotador, o sufrimientos psicológicos, cual la incomprensión o abuso de los superiores o compañeros de labor. Nos esmeramos por desarrollar las virtudes de Jesucristo, por ser personas “buenas”, pero chocamos contra las injusticias, burlas, malos tratos y todo tipo de dolencias internas y externas. ¿Qué nos ayudará a ser “fuertes” ante ello? La virtud de la paciencia, dada por el Espíritu Santo, que cubrirá con alegría y buen ánimo nuestra lucha diaria. Cuando se fracasa en una tarea, cuando vienen las pruebas, se levanta la “paciencia” como una fuerza que nos ayuda a vencer.

Dios nos ha concedido la virtud de la paciencia para desarrollarla, con el fin de no dejar de hacer lo que nos conviene, de acuerdo a la voluntad de Dios, aquello que es razonable. La paciencia fortalece el alma para enfrentar lo difícil o doloroso y no deprimirse. Hoy en día, que prolifera la depresión en nuestra sociedad, necesitamos tanto de esta virtud, la paciencia, como nunca antes: “porque es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36), y “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (San Lucas 21:19)





 

viernes, 19 de julio de 2013

1 TESALONICENSES 5: RESPETUOSOS CON SUS LÍDERES.

“12 Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; 13 y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.”

Los ministros de Dios y todos aquellos hermanos que se preocupan del rebaño del Señor, merecen la gratitud y reconocimiento de los fieles. No se trata de adularlos ni “pagarles” por su labor –aunque algunos vivan del ministerio– sino de respetarlos y tenerlos en alta estima, porque están haciendo el trabajo que el Señor encargó a los apóstoles.

Ellos hacen un trabajo espiritual muy importante al conducir a la gente a la fe en Jesús, brindarles oportunidades de sanación espiritual, enseñándoles la Palabra de Dios, acompañándoles en la vida devocional, preocupándose de sus necesidades y orientándoles en la vida cristiana.

Algunos ocupan cargos de autoridad, presidiendo en la comunidad cristiana en sus diversos ámbitos, sea el presbiterio o ancianos de la iglesia, las mujeres, los varones, los jóvenes o los distintos ministerios. Esos cargos no son fáciles; cualquier liderazgo de personas significa problemas, pues los seres humanos, cristianos y no cristianos, somos diversos y complejos. Nunca se da gusto a todos los miembros y no pocas veces se viven experiencias amargas. La Biblia registra esos aspectos, para que no nos engañemos. Un botón de muestra son estas palabras del apóstol Pablo: “9 Procura venir pronto a verme,  / 10 porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia.  / 11 Sólo Lucas está conmigo… / 14 Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. / 15 Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras. / 16 En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta.” (2 Timoteo 4:9-16)

Pastores y líderes de la Iglesia tienen el deber necesario de amonestar a los creyentes. En el mundo de hoy las personas quieren vivir libremente, sin recibir dirección ni menos reprensión de otros. Tal actitud no ayuda al crecimiento espiritual. Todos necesitamos que a veces se nos “aprieten las clavijas” para sonar mejor y que se nos “limen las asperezas” para ser mejores cristianos. Una amonestación adecuada, no en público para no avergonzar, la requerimos todos; que se nos haga presente algún aspecto de nuestro comportamiento, para que lo consideremos y cambiemos de actitud. No necesariamente es la reprensión de un superior, sino el buen consejo y la advertencia del hermano-pastor o hermano-líder que con amor nos ayuda a superarnos y adquirir las virtudes de Jesucristo, que es a fin de cuentas el propósito.

El respeto entre hermanos será siempre el principio que dirija las relaciones entre cristianos. No hay superiores ni inferiores, sino, tal como en una familia, unos mayores que otros, pero el que se considere mayor será servidor de los demás. Jesús enseña en el Evangelio: “14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.  / 15 Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. / 16 De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.” (San Juan 13:)

Si el apóstol Pablo, líder de la iglesia apostólica, viviera hoy nos escribiría algo más o menos así: Por favor, hermanos, les ruego que reconozcan la autoridad de los que hacen un trabajo espiritual con ustedes y les enseñan a ser mejores creyentes. Respétenlos y aprécienlos por su esfuerzo en el servicio. Vivan en armonía.


lunes, 13 de mayo de 2013

1 TESALONICENSES 4: CRISTIANOS EXHORTADOS A LA SANTIDAD.


 
 
“1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. 2 Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; 3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; 4 que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; 5 no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; 6 que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. 7 Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. 8 Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo.”
 

La exhortación del apóstol Pablo no es sólo para los cristianos de Tesalónica, sino también para nosotros. Sin perder la autoridad del Señor, él nos ruega humildemente que nos conduzcamos como buenos seguidores de Jesucristo. ¿No es acaso el mismo Señor que nos está rogando que nos portemos bien, por medio de Su instrumento que es el apóstol Pablo? ¡Cuántas veces escuchamos a los ministros de Dios exhortarnos y también rogarnos algo semejante, y nosotros sólo vemos al hombre! Aún más, los cuestionamos y criticamos, sin advertir que son la boca de Dios que nos llama a hacer Su voluntad. El Señor ha puesto a Sus Pablos, Pedros y Juanes, hombres imperfectos pero llenos de fe, para que nos exhorten y rueguen que hagamos como Él quiere. Usted no critique al hombre, obedezca a la Palabra de Dios que está en la boca de ese hombre, o de esa mujer, si es una Priscila, María o Débora.

Lo desafiante de estas palabras del apóstol es que él se pone como ejemplo. Lo digo porque algunos de nosotros jamás nos atreveríamos a decir compórtense  “de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios”. Hay quienes dicen hagan lo que digo pero no lo que hago. Esto no debe ser en la Iglesia. Necesitamos, los líderes, pastores y sacerdotes, ser tan coherentes como lo fueron los apóstoles, discípulos de Jesucristo.

El nivel de exigencia que aplicaban los apóstoles a sus seguidores era de la más alta excelencia: “así abundéis más y más.” Actualmente la mayoría de los cristianos no somos así, exigentes con nosotros mismos, sino más bien conformistas y livianos en la manera de vivir el cristianismo. Abunden más y más en el amor, dice el Apóstol, no descansen y exíjanse para ser verdaderos “Cristos”, o sea auténticos cristianos. Hay una palabra más fea y dura para llamar a los que se conforman con lo mínimo, lo suficiente, los que hacen lo que la mayoría hace y con eso se quedan, “mediocres” porque están en la media. ¡Perdónanos Señor por faltar a tu medida de santidad! Reconozco que me falta paciencia, bondad, humildad, delicadeza, altruismo, serenidad, jovialidad, compasión, magnanimidad, para llenar la medida superior de Jesucristo. ¡Llénanos de Tu Espíritu para obtener tales virtudes!

El Apóstol no habla por sí mismo, porque a él se le hubiera ocurrido caprichosamente exigir esos comportamientos de sus discípulos, sino que está transmitiendo un mandato de lo alto: “Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús”. Lo dice con toda claridad: “la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación”. Dios es Santo, por tanto sus hijos debemos ser de la misma forma, santos, limpios de toda inmundicia. ¿Está teniendo hoy día la Iglesia estás conductas? No hablo de guardar determinados días, vestirse de cierta manera, dejar de hablar y tocar algunos asuntos. No, no hablo de cosas externas sino de actitudes interiores que determinan comportamientos externos.

¿Somos pacientes con los que tardan en aprender o con los que el Señor aún no ha tocado? ¿Actuamos con bondad ante las desgracias del prójimo o más bien somos indiferentes? ¿Está nuestro corazón inclinado a la humildad o somos orgullosos y no escuchamos al otro porque nos consideramos más sabios, santos y predilectos del Señor? ¿Tratamos con delicadeza a nuestros hijos, esposa, hermanos en la fe, o somos rudos y groseros en el modo de dirigirnos a las personas? Se puede ser grosero sin hablar groserías. ¿Cuánto altruismo hay en la Iglesia? ¿Conservamos la serenidad ante las graves circunstancias que hoy ocurren en el mundo, o somos tan exaltados y violentos como los que aún no se han encontrado con Jesús? ¿Somos personas joviales o amargadas, graves, tristes, melancólicas…?  ¿Cuánta compasión encierra nuestra alma para el planeta que sufre, hablo de la Humanidad y también de los animales y todo ser viviente… o sencillamente los dejamos que se hundan, se enfermen, sufran y mueran, mientras el dolor y la muerte no toque a los nuestros? ¿Cuánta magnanimidad hemos adquirido del Espíritu; realmente nuestro amor todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta; o en realidad no tenemos esa grandeza de ánimo y las circunstancias nos sobrepasan?

Continúa el Espíritu Santo exhortando a los cristianos a llevar una vida matrimonial ordenada, en santidad y honor, evitando la concupiscencia, es decir el apetito desordenado de placeres deshonestos, sensuales o sexuales. Señala la importancia de la honestidad entre hermanos y prójimos, y advierte que el mismo Señor se encargará de vengar al agraviado. Dios no nos ha llamado a vivir una existencia sucia en lo ético y moral, sino que a una vida santa.

Desechar estas palabras es desechar al Espíritu Santo que las ha pronunciado por intermedio de un hombre, mas no por ello dejan de ser Palabra de Dios.