miércoles, 13 de junio de 2012

COLOSENSES 4: ¿CÓMO SON TUS PALABRAS?



“6 Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”

¡Qué importantes son las palabras en el ser humano! He ahí una de las grandes diferencias que tenemos con los animales, la capacidad de comunicarnos con palabras. Somos capaces de expresar sentimientos, emociones, ideas, reflexiones, valores, deseos, etc. con el lenguaje que Dios nos dio. En casa podemos tener un loro o papagayo y divertirnos enseñándole a repetir y memorizar palabras y frases cortas, pero eso no será una auténtica comunicación. Para el ave esos sonidos son sólo eso, ruidos emitidos como repetición de un estímulo ambiental. En cambio si hacemos lo mismo con un niño, pasará un tiempo y él logrará comunicarse, en su cerebro se irán produciendo una serie de relaciones con esos sonidos y significados, hasta llegar a hilvanar ideas y hasta construir una gramática elemental. El lenguaje aparece tempranamente en el ser humano. Ya en el Edén vemos como Adán, este hombre hecho de barro, tenía por encargo de Dios poner nombre (sustantivo) a cada animal. Nominar es una empresa que implica pensar, observar, identificar características. Con el tiempo el Señor ordenó a sus siervos dejar un registro escrito de Sus palabras. Lenguaje, pensamiento y escritura son operaciones propias del ser humano. Tienen el propósito de hacernos buenos administradores de la vida y transmitir la voluntad de Dios. Sin estas capacidades no habría Evangelio, Biblia ni conocimiento concreto de Dios.

Vista la importancia de nuestras palabras, podríamos pesar el poder de ellas. Las palabras como los silencios (ausencia de palabras o palabras que no se dicen) han tenido enormes repercusiones en la Historia del Hombre: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del  varón fue tomada”; “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera, me dio del árbol, y yo comí” (Adán); “Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Caín); “Y volvió a decir: No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez” (Abraham); “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?” (Moisés). De esas palabras han dependido las relaciones entre hombres y mujeres, entre los seres humanos y entre la Humanidad y Dios. La Biblia está llena de palabras, de hecho es “LA PALABRA DE DIOS”. Ahí podemos leer las palabras de Jesús y Sus apóstoles, como también las palabras de inicuos como Faraón, la esposa de Potifar, Absalón, Amán el amalecita, los hijos de Elí, Jezabel, Judas Iscariote, etc. Todo lo que el hombre habla tiene un resultado, ya lo dice Santiago: “la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”

No hay nada esotérico o misterioso en el hablar, la palabra humana puesto que es un don de Dios, tiene el poder de dar vida o dar muerte al que la escucha. Una palabra imprudente puede acongojar y sumir en profunda depresión a otro (“Los labios del justo saben hablar lo que agrada; Mas la boca de los impíos habla perversidades”, Proverbios 10:32); una palabra de felicitación y ánimo es capaz de dar fuerza al hermano; una mentira perjudica la vida de los demás (“El testigo verdadero libra las almas; Mas el engañoso hablará mentiras”, Proverbios 14:25); la palabra recta alivia, aclara la mente y la conciencia, alegra tanto al hombre como a Dios (“Mis entrañas también se alegrarán cuando tus labios hablaren cosas rectas”, Proverbios 23:16).

Por estas razones el Apóstol aconseja “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” Tres enseñanzas podemos obtener de este consejo, que nuestras palabras sean:

a) Dirigidas por el Señor, con Su gracia, “siempre con gracia”. Dice un letrero en un bus “Antes de poner su lengua en movimiento, ponga su cerebro en funcionamiento.” Me causó risa este aviso, pero es muy cierto. Solemos hablar por hablar, y en esa conversación muchas veces ofendemos, herimos, causamos daño a los demás. Cuidado con la murmuración, la mentira, la palabra liviana, la grosería, la palabra áspera y sin amor.

b) Agradables y conforme al espíritu del Evangelio. La sal preserva los alimentos. Sin sal muchas comidas se descomponen. ¿Salen palabras descompuestas, hediondas y contaminadas de nuestros labios? ¡Cuidado! Podemos enfermar a otros del alma. Somos la sal del mundo, damos sabor a lo insípido, por tanto nuestra conversación debe estar “sazonada con sal”.

c) De acuerdo al interlocutor, el o los oyentes. Al niño no hablaremos igual que al adulto o al anciano. Cada persona es una individualidad distinta, tiene su propia sensibilidad, cultura, historia, necesidad, autoridad, etc. ¿Hablaremos igual a nuestros hermanos que a las autoridades espirituales? ¿Hablaremos igual al jefe que a los subalternos? ¿Hablaremos igual a un enfermo que a una persona sana? No, necesitamos desarrollar una sensibilidad para relacionarnos con la diversidad de personas que nos rodean. Jesucristo es el experto en este arte de la comunicación, Él es el Maestro que debemos imitar. Adquirir ese amor es preciso “para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”  

El Señor nos ayude a ser varones y varonas de labios prudentes: “Hay oro y multitud de piedras preciosas; mas los labios prudentes son joya preciosa.” (Proverbios 20:15)