domingo, 2 de diciembre de 2012

1 TESALONICENSES 3: MAESTROS Y DISCÍPULOS UNIDOS EN EL AMOR




"1 Por lo cual, no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas,  / 2 y enviamos a Timoteo nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe, / 3 a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos. / 4 Porque también estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis. 5 Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano.

6 Pero cuando Timoteo volvió de vosotros a nosotros, y nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos, como también nosotros a vosotros, / 7 por ello, hermanos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe; / 8 porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor. / 9 Por lo cual, ¿qué acción de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, / 10 orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe?

11 Mas el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros. / 12 Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, / 13 para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos."

 

Destacan en este capítulo los sentimientos profundos del maestro hacia sus discípulos. En ellos están contenidos las motivaciones y los propósitos de su discipulado, como la relación paternal que les unen.

1) Es su deseo que ellos (los tesalonicenses) profundicen su fe y se establezcan firmemente sobre la Roca (Jesucristo). Para ello envía a  Timoteo, su colaborador, con este propósito: “para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe”

2) Con los mismos sentimientos que ligan a un padre con sus hijos amados, el maestro y Apóstol se mueve para edificar y cuidar a sus discípulos y escribe: “yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe” El auténtico maestro no abandona sino que siempre está informado del progreso de sus aprendices.

3) Teme que el diablo arrebate a sus ovejas con las astucias que le son propias; por tanto las protege con amoroso y delicado cuidado, “no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano.” Por otro lado, no quiere perder todo el esfuerzo que ha dedicado a ellas.

4) ¡Qué contento se pone cuando sabe de sus hijos espirituales! Timoteo le “dio buenas noticias de vuestra fe y amor”, dos cualidades cristianas importantísimas, virtudes llamadas “teologales” porque las planta Dios en el corazón y se dirigen hacia Él. Sin la fe en Cristo no somos salvos ni avanzamos en el desarrollo cristiano. Sin el amor a Cristo y a nuestro prójimo como a Él, no se aprecia un carácter cristiano.

5) Un padre se siente dichoso cuando sus hijos le añoran y sólo desean verlo: “siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos” Estos sentimientos son resultado del gran amor que él les ha prodigado, hay gratitud en sus corazones hacia el maestro. Son un reflejo de la generosidad que él les ha demostrado.

6)  A un padre no le importa sufrir si ve que sus hijos progresan en sus estudios y trabajos; del mismo modo al que guía almas. Todos sus desvelos son recompensados cuando ve el desarrollo de los discípulos. Ahí vale la pena sufrir penalidades: “en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe”.

7) La satisfacción y alegría delante de Dios, las acciones de gracias en la oración del maestro es grande cuando crecen los discípulos en fe y en amor: “nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios”. El mejor pago que puede otorgar un creyente a su director espiritual es obedecer a sus consejos y progresar en el camino de Cristo.

8) La oración del maestro por su discípulo debe ser persistente, “orando de noche y de día con gran insistencia”. Ruega para que éste crezca en el conocimiento espiritual de Cristo, para que le sea revelada la Verdad, para que no tuerza su camino y se dirija a la meta segura; pide que pueda crecer en virtudes cristianas, en obras de misericordia y pueda multiplicarse en nuevos discípulos.

9) ¡Cuánto desea el maestro visitar a sus discípulos y edificarlos, completando en la medida de lo posible el reflejo de Jesucristo en ellos! Siempre hay una virtud que desarrollar, una cualidad que agregar, un pecado que corregir, un camino que desechar y otro que asumir, “para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe”

10) El propósito principal de un discipulador es que la persona de Jesús sea formada en el discípulo. Por supuesto esta es tarea que realiza el Espíritu Santo. El maestro es sólo un guía, un facilitador que, con su experiencia en la fe y en el conocimiento de la Palabra, ayuda al hermano a avanzar en su camino de santificación. La principal virtud cristiana es el amor, la que en sí encierra nueve sub-virtudes: paciencia, bondad, humildad, delicadeza, altruismo, serenidad, jovialidad, compasión, magnanimidad (1 Corintios 13:4-7). Por ello aconseja Pablo: “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos”

11) La santidad es, en definitiva, el estado que se debe alcanzar y en el que todo cristiano debe permanecer hasta la venida del Señor. Necesitamos afirmar nuestros corazones en un modo de vida y en una actitud correcta, de tal modo que Dios no pueda reprendernos a la hora del juicio. El maestro dice a sus discípulos: “que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.”

miércoles, 5 de septiembre de 2012

1 TESALONICENSES 2: SIERVOS ENVIADOS Y APROBADOS.


 
 
 
1 Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; 2 pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición. 3 Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, 4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. 5 Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; 6 ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. 7 Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. 8 Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.
 

El Apóstol reconoce a los tesalonicenses la respuesta de ellos a su predicación: “nuestra visita a vosotros no resultó vana”. Es lo que todo predicador quisiera decir de sus oyentes, que ellos hicieron caso a la enseñanza y ésta tuvo un buen resultado en ellos, produciendo cambios en sus vidas. No siempre sucede de ese modo. A veces se desoye al predicador, se le considera un “palabrero” (Hechos 17:18), una voz sin autoridad o alguien que habla por su propia cuenta y no de parte de Dios. Hacer que los sermones y enseñanzas de nuestros pastores y maestros no resulten vanos, es deber de todo creyente. El Señor ha puesto a Sus ministros para nuestra edificación y ésta será posible sólo por nuestra obediencia (Efesios 4:11,12)

Pablo dice algunas cosas que hoy en día no se acostumbra hacer. Habla de sí mismo con gran valoración de su conducta. Si alguien hoy día hace esto, le consideramos engreído, pero estas son las palabras de un cristiano con una autoestima equilibrada. Es capaz de reconocer sus virtudes como sus yerros ante otros (Romanos 7:21-24), y cuando es preciso demostrar quién es él, lo hace sin tapujos, valientemente. No es falta de humildad sino una actitud asertiva.

Cuenta que padeció y fue ultrajado, junto a sus compañeros, por la causa de Jesús, lo que fue un ejemplo para los discípulos y sigue siéndolo para todo aquel que sufre por la expansión del Evangelio. Luego, con denuedo, predicó “en medio de gran oposición”. ¡Qué lección para nosotros que sólo deseamos hacerlo con una audiencia dispuesta y simpática a nuestra persona! Al comparar la obra de nuestro hermano Apóstol con la que hacemos hoy día, me avergüenzo al considerar cuan débiles y poco dispuestos a sufrir que somos los creyentes de este siglo. Salvo un puñado de misioneros esparcidos en naciones hostiles al cristianismo demuestran lo contrario. Pero aquí, en nuestra cómoda sociedad occidental, también hay enemigos: la hipocresía, el rechazo del mensaje de Jesucristo, la ciencia positivista que se opone a la fe, el materialismo, el hedonismo, la acomodación de la fe al gusto humano, los afanes de poder temporal de algunos cristianos, etc.

La predicación de San Pablo fue “el evangelio de Dios”, la buena nueva de que Dios Padre había enviado a Su Hijo Jesucristo a morir por los pecadores, que somos todos, y que era preciso arrepentirnos, creer en Él y reconocerlo como Señor y Salvador, para ser salvo e iniciar una nueva vida, guiada por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Este mensaje poderoso era tanto para el judío como para el gentil (Romanos 1:16), mas a él, Jesús le mandaba a los gentiles (Gálatas 2:7-9).

En cuanto a lo que motiva la predicación de este apóstol, dice él que “no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño”, sino que fue una comisión dada por Dios mismo, quien le aprobó para ello. Si creemos que Él nos ha entregado una misión en la fe, necesitamos preguntarnos si ya hemos sido “aprobados por Dios para que se nos confiase” ese encargo. ¿Cómo nos daremos cuenta de ello? La oración, la transparencia, la humildad, la franqueza con nosotros mismos para reconocer errores y también virtudes, la permanente lectura de la Biblia, nos habilitarán para percatarnos de la autenticidad de ese llamado. No basta con que un líder o un grupo de hermanos me digan que he sido llamado por Dios; es preciso escuchar internamente el llamado y la confirmación de Dios. Así lo hizo el Apóstol de los gentiles: “15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, / 16 revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, / 17 ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.” (Gálatas 1:15-17)

¿De qué forma realizó su trabajo Pablo? Es la manera en que todo siervo de Dios, grande o pequeño, debe hacerlo:

a)     Fiel a Dios: “no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones”

b)    Francos y sobrios: “nunca usamos de palabras lisonjeras”

c)     Desinteresados y honestos: “ni encubrimos avaricia”

d)    No vanagloriosos: “ni buscamos gloria de los hombres”

e)     Amorosos y paternales: “fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos”

f)      Fervorosos en el servicio: “hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas”
 
Así son los siervos enviados y aprobados por Dios.

sábado, 25 de agosto de 2012

1 TESALONICENSES 1: DISCÍPULOS QUE SON EJEMPLO.



Ruinas del antiguo Teatro de Tesalónica.
 


7 de tal manera que habéis sido ejemplo a todos los de Macedonia y de Acaya que han creído. 8 Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada; 9 porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, 10 y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera.

Los hermanos de la populosa y cosmopolita ciudad de Tesalónica, centro comercial y estratégico de Grecia, llegaron a ser un ejemplo para los cristianos de toda la región de Macedonia y Acaya, del primer siglo. La Palabra de Dios, agua de Vida más refrescante que las fuentes termales de la ciudad, fue divulgada y extendida con entusiasmo, fe y amor, más allá de sus fronteras. A tal punto llegó el compromiso de ellos que los apóstoles no necesitaban proclamar el testimonio de los tesalonicenses, pues era evidente su profunda conversión al Dios vivo.

De inmediato surge en el corazón esta pregunta: ¿Estoy siendo como los tesalonicenses, un ejemplo de vida para mi familia, amigos, vecinos y compañeros de trabajo? ¿Pueden decir ellos que, desde que me convertí a Jesucristo, soy una persona distinta, sin vicios ni malos hábitos, con un carácter afable, siempre dispuesto a servir? Y en relación a mis hermanos cristianos ¿Soy un discípulo de Jesucristo digno de ser puesto como ejemplo para los más nuevos?

Habían recibido al Apóstol Pablo con extrema solicitud y el mensaje de Jesucristo caló hondo en ellos. Rápidamente aceptaron a Jesús como Salvador y Señor pues habían sufrido largo tiempo una religión supersticiosa y sin poder. Ellos, que habitaban a los pies  del Monte Olimpo, sabían con certeza que en su cumbre no estaban los dioses, como planteaba la religión pagana de los griegos, sino que era un lugar vacío. Les atrajo la gratuidad y universalidad del Evangelio. Y por último, la fe cristiana no era como el judaísmo nacionalista ni propiciaba ritos repugnantes para ellos, como la circuncisión y el sacrificio de animales. Como gentiles paganos, se convirtieron de los ídolos a Dios. Los que antes hacían ofrendas y adoraban a iconos hechos de madera, piedra y metal por sus propias manos, ahora se habían encontrado con un Dios que sí era real, que podía escucharles, comprenderles, tener misericordia de ellos y responderles, perdonándoles sus pecados y bendiciéndolos. Ahora ellos tenían una esperanza cierta: el regreso de su Salvador Jesucristo y la vida eterna junto al Dios de Amor.

Si me comparo con aquellos esforzados hermanos del primer siglo, considero muy débil la obra que hago. Entonces me pregunto: ¿Estoy divulgando la Palabra del Señor en todo lugar donde voy o escondo mi fe para no ser ridiculizado o porque no me he capacitado lo suficiente para darla a conocer y entender? ¿Recibo a los ministros del Señor con respeto, admiración y avidez por saber más acerca de Dios? ¿Tengo mi esperanza puesta en Jesucristo, que ha de regresar desde los cielos a buscar a Su pueblo o aún mis esperanzas descansan mayormente en este mundo, en mis éxitos y proyectos personales?

 La actual Salónica o Tesalónica.
 
 
 

miércoles, 13 de junio de 2012

COLOSENSES 4: ¿CÓMO SON TUS PALABRAS?



“6 Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”

¡Qué importantes son las palabras en el ser humano! He ahí una de las grandes diferencias que tenemos con los animales, la capacidad de comunicarnos con palabras. Somos capaces de expresar sentimientos, emociones, ideas, reflexiones, valores, deseos, etc. con el lenguaje que Dios nos dio. En casa podemos tener un loro o papagayo y divertirnos enseñándole a repetir y memorizar palabras y frases cortas, pero eso no será una auténtica comunicación. Para el ave esos sonidos son sólo eso, ruidos emitidos como repetición de un estímulo ambiental. En cambio si hacemos lo mismo con un niño, pasará un tiempo y él logrará comunicarse, en su cerebro se irán produciendo una serie de relaciones con esos sonidos y significados, hasta llegar a hilvanar ideas y hasta construir una gramática elemental. El lenguaje aparece tempranamente en el ser humano. Ya en el Edén vemos como Adán, este hombre hecho de barro, tenía por encargo de Dios poner nombre (sustantivo) a cada animal. Nominar es una empresa que implica pensar, observar, identificar características. Con el tiempo el Señor ordenó a sus siervos dejar un registro escrito de Sus palabras. Lenguaje, pensamiento y escritura son operaciones propias del ser humano. Tienen el propósito de hacernos buenos administradores de la vida y transmitir la voluntad de Dios. Sin estas capacidades no habría Evangelio, Biblia ni conocimiento concreto de Dios.

Vista la importancia de nuestras palabras, podríamos pesar el poder de ellas. Las palabras como los silencios (ausencia de palabras o palabras que no se dicen) han tenido enormes repercusiones en la Historia del Hombre: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del  varón fue tomada”; “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera, me dio del árbol, y yo comí” (Adán); “Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Caín); “Y volvió a decir: No se enoje ahora mi Señor, si hablare solamente una vez: quizá se hallarán allí diez” (Abraham); “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?” (Moisés). De esas palabras han dependido las relaciones entre hombres y mujeres, entre los seres humanos y entre la Humanidad y Dios. La Biblia está llena de palabras, de hecho es “LA PALABRA DE DIOS”. Ahí podemos leer las palabras de Jesús y Sus apóstoles, como también las palabras de inicuos como Faraón, la esposa de Potifar, Absalón, Amán el amalecita, los hijos de Elí, Jezabel, Judas Iscariote, etc. Todo lo que el hombre habla tiene un resultado, ya lo dice Santiago: “la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”

No hay nada esotérico o misterioso en el hablar, la palabra humana puesto que es un don de Dios, tiene el poder de dar vida o dar muerte al que la escucha. Una palabra imprudente puede acongojar y sumir en profunda depresión a otro (“Los labios del justo saben hablar lo que agrada; Mas la boca de los impíos habla perversidades”, Proverbios 10:32); una palabra de felicitación y ánimo es capaz de dar fuerza al hermano; una mentira perjudica la vida de los demás (“El testigo verdadero libra las almas; Mas el engañoso hablará mentiras”, Proverbios 14:25); la palabra recta alivia, aclara la mente y la conciencia, alegra tanto al hombre como a Dios (“Mis entrañas también se alegrarán cuando tus labios hablaren cosas rectas”, Proverbios 23:16).

Por estas razones el Apóstol aconseja “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.” Tres enseñanzas podemos obtener de este consejo, que nuestras palabras sean:

a) Dirigidas por el Señor, con Su gracia, “siempre con gracia”. Dice un letrero en un bus “Antes de poner su lengua en movimiento, ponga su cerebro en funcionamiento.” Me causó risa este aviso, pero es muy cierto. Solemos hablar por hablar, y en esa conversación muchas veces ofendemos, herimos, causamos daño a los demás. Cuidado con la murmuración, la mentira, la palabra liviana, la grosería, la palabra áspera y sin amor.

b) Agradables y conforme al espíritu del Evangelio. La sal preserva los alimentos. Sin sal muchas comidas se descomponen. ¿Salen palabras descompuestas, hediondas y contaminadas de nuestros labios? ¡Cuidado! Podemos enfermar a otros del alma. Somos la sal del mundo, damos sabor a lo insípido, por tanto nuestra conversación debe estar “sazonada con sal”.

c) De acuerdo al interlocutor, el o los oyentes. Al niño no hablaremos igual que al adulto o al anciano. Cada persona es una individualidad distinta, tiene su propia sensibilidad, cultura, historia, necesidad, autoridad, etc. ¿Hablaremos igual a nuestros hermanos que a las autoridades espirituales? ¿Hablaremos igual al jefe que a los subalternos? ¿Hablaremos igual a un enfermo que a una persona sana? No, necesitamos desarrollar una sensibilidad para relacionarnos con la diversidad de personas que nos rodean. Jesucristo es el experto en este arte de la comunicación, Él es el Maestro que debemos imitar. Adquirir ese amor es preciso “para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.”  

El Señor nos ayude a ser varones y varonas de labios prudentes: “Hay oro y multitud de piedras preciosas; mas los labios prudentes son joya preciosa.” (Proverbios 20:15)

domingo, 29 de abril de 2012

COLOSENSES 3: ¿DÓNDE ESTÁ TU VIDA?


“1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.”

Antes estabais muertos, nos dice el Apóstol. Aparentemente teníamos vida porque hablábamos, trabajábamos o estudiábamos, incluso amábamos a nuestras familias y reaccionábamos ante cosas que nos parecían mal, pero todo ello lo hacíamos prescindiendo de Dios. Donde Cristo está ausente, allí no hay vida sobrenatural, está todo muerto, no hay posibilidad de salvación ni trascendencia. Quienes viven o tan sólo “existen” –cosa muy distinta- sin Dios, necesitan resucitar espiritualmente. Los que aceptan el llamado de Jesús creyendo a Su Evangelio (literalmente Nueva Vida) resucitan para vivir una nueva vida bajo un gobierno espiritual distinto, son trasladados del reino de las tinieblas al Reino de la Luz.

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo” entonces busquen lo celestial, lo que interesa a ese Reino de los Cielos, desechando todo propósito que no apunte a ello. ¿Qué es lo que le interesa a Cristo? Él está muy preocupado de que todos los habitantes del planeta escuchen y entiendan Su mensaje de salvación eterna y que la mayor cantidad de personas de este mundo se arrepientan de sus pecados y conviertan a Él. No se trata, como mucha gente piensa, de un cambio de religión o pertenecer a cierta iglesia, sino de seguirlo a Él, morir a la antigua vida y renacer para ser una nueva persona, viviendo bajo Sus principios y mandamientos. El mayor interés de Dios es la salvación del alma, pasando toda otra preocupación humana –familia, dinero, trabajo, descanso, estudios, etc.- a un segundo plano. En cuanto a la forma de vivir durante el tiempo que permanezcamos en esta tierra, Él ya nos ha dado a conocer Su voluntad en Su Palabra: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, / el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” (1 Timoteo 2:3,4) “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. / Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.” (Eclesiastés 12:13,14)

El Espíritu Santo nos insta en este texto a privilegiar en nuestros intereses siempre lo que es de carácter espiritual y favorece al Reino de Dios. Dice “buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.” Eso es lo que debemos buscar. ¡Cuántas veces ponemos en nuestra vida  más énfasis en adquirir un vehículo o una casa, cosas que no son inútiles, pero no pueden superar al desarrollo de la espiritualidad! ¿Cuánto tiempo dedicamos a la vida devocional, a la oración, la reflexión bíblica, el ayuno, etc.? Tal vez nuestra carga horaria está más concentrada en trabajar mucho para adquirir dinero. “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” nos advierte San Pablo.

¿Cuáles son las cosas de arriba? La salvación del alma (la mía y la de mi prójimo); la evangelización del mundo; el amor de Dios; el desarrollo de las virtudes de Jesucristo; la comprensión y práctica de las Escrituras; la comunión con Dios, en fin todo lo que nos conduce a la eternidad.

¿Por qué es tan importante poner la mira en las cosas de arriba y no en las de la tierra? La respuesta bíblica es: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Los bautizados fuimos sepultados en las aguas del bautismo, por tanto ya no vivimos para nosotros sino para el Señor. La vida del cristiano reposa en la misión de Jesucristo en la tierra: salvar las vidas. Esa es la principal preocupación que todo cristiano debe tener. Nuestra mayor gloria será la resurrección. Ese día Cristo se manifestará para todos aquellos que creyeron en Él y le entregaron sus vidas completamente a Él. Si hoy nos dedicamos a Sus propósitos, Él nos tendrá en Su propósito eterno. La vida del discípulo está “escondida” en Cristo. ¿Dónde está tu vida?

domingo, 11 de marzo de 2012

COLOSENSES 2: ¿QUÉ ES LO IMPORTANTE?


“16 Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, / 17 todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo. / 18 Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, / 19 y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. / 20 Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos / 21 tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques / 22 (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? / 23 Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.”
Como cristianos a veces nos sentimos acosados por un medio que tiene costumbres opuestas a las nuestras, como ingestión de ciertos alimentos, bebidas alcohólicas, formas de vestir, etc. Pero también podemos encontrar diferencias con personas de otras iglesias y sectas. Esto suele ocasionar problemas en las relaciones interpersonales. No falta quien nos critica porque no bebemos vino, o porque no comemos algo que consideramos nocivo o prohibido. Pero si lo hacemos se nos tildará de falsos cristianos o hipócritas. Si la crítica viene de labios de un “hermano” esto es peor. ¡Qué mal nos sentimos de ser puestos en el asiento de los acusados! Incluso tendremos que soportar que se nos predique, Biblia en mano, acerca de la herejía que practicamos. ¿Por qué guardamos un día y no otro? ¿Por qué no cumplimos toda la Ley del Señor? ¿Por qué no estamos en la “iglesia verdadera”? Es casi una tortura vivir esta experiencia, que bien podríamos catalogar como “persecución”. Sólo así será para nosotros una bendición.
Mas el problema mayor está dentro de nosotros. Es que aún vivimos como lo hacíamos antes de conocer al Señor, por la opinión de otros y no por el juicio de Dios. Si Él es nuestro Padre y Señor, sólo a Él es a quien debemos explicación de nuestros actos, y por supuesto a nuestras autoridades eclesiales, ministros de Dios. La Palabra de Dios es clara en este punto: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo”. Usted y yo podemos tener distintas interpretaciones o puntos de vista acerca de lo que debemos comer, beber, vestir o días que guardar; pero la última Palabra la tiene Dios. Va a ser muy difícil que todos los cristianos y todas las iglesias nos pongamos de acuerdo totalmente sobre estos puntos, hasta que Cristo regrese y nos diga la Verdad. Lo importante es que vivamos de acuerdo a nuestros principios y respetemos al que piensa o interpreta diferente la Biblia. Discutir sobre esos asuntos es tiempo perdido que sólo conduce a disensión, división y rencor. Mejor es seguir el consejo del apóstol: “Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Timoteo 2:16) y “Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho” (Tito 3:9).
Es muy propio de la ley la prohibición de ciertas cosas y la amenaza de castigo para el que las infringe. Entonces nos preguntamos ¿Seguimos viviendo bajo una rígida Ley que nos amedrenta y acusa siempre como culpables? ¿Es que si cumpliéramos aquellas cosas que la ley –sea de Dios o de nuestros hermanos o de otra iglesia- ya dejaríamos de ser culpables? ¿Acaso no somos siempre pecadores pues somos de la raza caída de Adán? El cumplimiento de tales cosas no nos salva ni nos hace mejores. Nuestra salvación se apoya en la muerte de Jesucristo en la cruz, que entregó su vida por nosotros los pecadores y en Su resurrección que certifica que ese sacrificio ya fue aceptado por Dios. Lo anterior: los días que se deben guardar, la comida que se debe ingerir, los líquidos que no se deben beber, son cosa del pasado, una sombra de lo que realmente Dios desea de nosotros. El Texto dice de esas prohibiciones: “todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.” Nuestros cuerpos, estómagos, bocas, cerebros, ojos, etc. ya no nos pertenecen ni pertenecen a otras personas, como para ser administrados y juzgados por ellos. Ahora mi cuerpo y su cuerpo son de Cristo.
Así es que “Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, / y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios.” No nos sintamos superiores a otros, ni salgan palabras de vanidad de nuestros labios, porque guardamos mejor la Ley o porque estamos en la Gracia, porque descansamos en el verdadero día de reposo o porque no bebemos alcohol o lo bebemos con libertad.  
Si decimos que hemos “muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo” significa que ya no vivimos por el “qué dirán” o juicio de otros, no vivimos hipócritamente para parecer bien a otras personas o para que crean que somos de una forma y en verdad somos lo contrario. Esos rudimentos o principios no son los de un cristiano, pues son cosas externas. ¿Por qué empeñarse tanto “preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres)” y no preocuparse más por ser veraces, auto controlados, honestos, de buen hablar, como aconseja la Biblia? (Efesios 4:25-29)
Con el tiempo nos relajamos y todas esas normas humanas “se destruyen con el uso”. Lo más válido es la lucha contra la mentira, falsedad, hipocresía, doble standard, falta de dominio propio, intemperancia, glotonería, lujuria, murmuración, chisme, hablar grosero o en doble sentido, maldiciones, negativismo, etc.  La lucha diaria contra nuestras bajas pasiones, “los apetitos de la carne” y debilidades es lo que más debiera preocuparnos. Si así lo hiciéramos no tendríamos valor ni tiempo para criticarnos por comidas, bebidas, días de fiesta, lunas nuevas o días de reposo. Ocupémonos de lo que es importante y nos conduce a la vida eterna.

martes, 24 de enero de 2012

COLOSENSES 1: ¿QUIÉN ES EL CRISTO?



LA EPÍSTOLA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES

“15 El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. / 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. / 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; / 18 y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; / 19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, / 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”

Abraham, llamado el padre de la fe, no necesitó de un ícono para representar a Dios ni para relacionarse con Él. Sencillamente se comunicaba con Jehová por medio de la fe. Los pueblos sumerios, los egipcios, los griegos y luego los romanos, todos hicieron dioses visibles y palpables. Los hebreos fueron los únicos que conocieron al Dios Invisible, el Dios Verdadero. Sin embargo, conociendo el Creador nuestra humana necesidad de tener una clara representación de la Divinidad, nos dio a Jesucristo, “la imagen del Dios invisible”. El Señor Jesucristo satisface plenamente nuestra curiosidad de saber cómo es Dios y de poder verlo en nuestra oración. Obviamente esto no justifica que hagamos esculturas o pinturas de Él para poder orarle; en verdad no lo necesitamos porque la fe trasciende a lo concreto. La fe y la poderosa imaginación del ser humano superan toda realidad concreta. Por medio de la fe en Jesucristo nuestra alma vuela hacia la realidad sobrenatural y se comunica con el Creador.

Pero la “imagen” que necesitamos ver con mayor intensidad no es la imagen visual, sino la espiritual, aquella que trasunta todo el amor de Dios, como lo describe la Palabra: “4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; / 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; / 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. / 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13:4-7). Vemos al Señor en esta descripción: Cristo es sufrido, es benigno; Cristo no tiene envidia, Cristo no es jactancioso, no se envanece; Cristo no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; Cristo no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Cristo todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Este Mesías (voz hebrea que significa “Ungido”) o Cristo (voz griega), es también “el primogénito de toda creación.” En el término “primogénito” se incluyen dos aspectos: primero que Cristo existe antes de toda criatura, es decir que es anteriormente engendrado; y segundo que Él tiene total autoridad o preeminencia sobre todo lo creado, como cualquier hijo mayor sobre sus hermanos. No debemos entender la frase “el primogénito de toda creación” como que Él sea una creatura o creación de Dios “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. / Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (versos 16 y 17). Cristo es un Ser Superior y Único, no es una criatura creada sino que es Dios, la Segunda Persona de la Trinidad.

Agrega la Palabra en su descripción de nuestro Salvador y Señor, que “él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia”. Sin Cristo, la Iglesia no tiene Cabeza. Ningún hombre puede hacer de cabeza de la Iglesia, sólo Jesucristo. Una iglesia sin Cristo es un cuerpo sin vida, como un hombre decapitado no puede tener vida. Cuando a San Pablo le fue cortada la cabeza, murió como humano, pero fue a estar con su Señor, que es Cabeza de la Iglesia en la tierra y en los cielos. La única forma que el apóstol siguiera vivo para Dios era sometiéndose a Cristo, Cabeza de la Iglesia. Él vivió sometido a Cristo hasta la muerte, nunca dejó de ser Cristo su Cabeza. Curioso es que el que nos enseñó que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Jesucristo es su Cabeza, muriese decapitado. Tal vez Dios nos quiso dar una última lección con la muerte de Pablo: que un verdadero discípulo no tiene por cabeza su propia cabeza humana sino que su verdadera Cabeza es su Señor.

Este Cristo, “que es el principio”, es por último “el primogénito de entre los muertos”, porque todos los pecadores estábamos muertos espiritualmente en delitos y pecados, hasta que vino el Salvador a morir por nosotros. Él murió y resucitó, volvió a la vida llegando a ser  “el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia”. Esto sucedió así por voluntad del Padre. Dios quería “que en él habitase toda plenitud”, que Él fuera la respuesta a toda interrogante humana. Cristo es la puerta para nuestra salvación; Cristo es el camino de nuestra salvación; Cristo es la meta de nuestra salvación; Cristo es la salvación. Por medio de Jesucristo el Padre reconcilió a los hombres con Dios trayendo la paz “mediante la sangre de su cruz.”