sábado, 26 de noviembre de 2011

EN PAZ.

Pintura de René Magritte.

4 Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! 5 Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. 6 Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. 7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Regocijaos en el Señor siempre.
Esta Palabra de Dios me invita al regocijo, la alegría de tener a Dios en el corazón, la alegría de vivir. ¿Por qué amargarnos, por qué andar tristes cuando hay tantos motivos para permanecer felices? Ser cristiano no es algo amargo ni dramático. En verdad tenemos los mismos problemas de todo el mundo. Se nos enferman nuestros seres queridos, a veces sufrimos el duelo, perdemos el trabajo en ocasiones, etc. pero la actitud optimista que nos da la fe es lo que hace la diferencia.
Otra vez digo: ¡Regocijaos!
Estar contento es algo tan importante, que el Apóstol lo reitera, para que no lo olvidemos. Seamos siempre alegres. Estemos contentos todo el tiempo, gozosos porque somos salvos, porque pertenecemos al Señor. Jesucristo ha demostrado a la Humanidad que el ser humano no está solo en el universo sino que hay un Dios Inmutable, Todopoderoso y Eterno que lo acompaña. Además le ha demostrado Su gran amor dando Su vida a todo el que le reconoce y cree en Él.
Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres.
Ser gentiles, amables, educados, no groseros, comedidos, delicados, es propio de gente feliz y que quiere hacer feliz a su entorno. Gentileza se define como urbanidad y cortesía, pero es algo más que una buena costumbre, es una actitud de amor al prójimo. Una persona gentil es alguien amable y cortés, considerado con las necesidades y debilidades de los demás.
El Señor está cerca.
Con regocijo por la vida y ejerciendo gentileza con el prójimo, esperamos el regreso de Jesús. En otras palabras tenemos los pies bien puestos en la tierra y la mirada en el cielo. Se aproxima la venida del Señor, tengamos esto siempre en mente. Jamás perdamos la esperanza de que Aquél que tanto bien nos hace en esta vida, un día volverá a gobernar el planeta.
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.
Una práctica importante en la espiritualidad es la oración y confianza en Dios. El Texto invita a descansar en Dios, entregándole a Él todas nuestras inquietudes. Hay personas que piensan que no hay que pedirle a Dios, porque sus problemas son insignificantes y que Él tiene cosas más importantes de que ocuparse. Esto es un error. El Padre está muy interesado en conocer los problemas de sus hijos, por pequeños que éstos sean. Eso es tener confianza en Dios. En este verso se comprueba lo contrario. El Espíritu Santo mismo nos dice que es muy importante que siempre Él conozca nuestras peticiones. Además Él ha dicho: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” (San Mateo 7:7) También: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.” (San Juan 14:13) Otro aspecto de la oración son las acciones de gracias. El cristiano es una persona eternamente agradecida de Dios.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Si hacemos lo anterior, es decir si somos personas con: a) Alegría regocijándonos por las bondades de Dios y la vida; b) Gentileza para con todos, sin excepción; c) Esperanza puesta enteramente en la promesa del Maestro; y d) Práctica de la oración y confianza en Dios; obtendremos como resultado la paz de Dios, el que vive en el reposo eterno. Haciendo estas cuatro cosas llevaremos interiormente la paz superior, aquélla que otorga Dios. Tal gracia del Señor guardará y protegerá nuestros pensamientos y sentimientos en Cristo.
 

viernes, 11 de noviembre de 2011

FILIPENSES 3: ATLETAS DE DIOS.


“12 No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. / 13 Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, / 14 prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. / 15 Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. / 16 Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.”

Ningún ser humano puede afirmar que es perfecto, por muy bueno y prudente que sea. Los cristianos, que hemos lavado nuestros pecados en la sangre de Jesús y que por ello nos sentimos perdonados y en buena relación con Dios, tampoco podemos decir que ya hayamos alcanzado la perfección, la completa santidad. Seguimos siendo pecadores, personas que muchas veces cometen infracciones a la ley de Dios, porque tenemos una naturaleza humana caída y tendiente a desobedecer al Señor. La única diferencia entre los no creyentes que pecan y los cristianos que pecan es que nosotros somos pecadores arrepentidos y ellos no. Ni siquiera el Apóstol Pablo se sintió con el derecho de declarar que él fuese perfecto, ya que escribió: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto”. ¿Por qué, entonces, actuamos a veces con tanta vanidad considerándonos superiores a nuestro prójimo? Ser cristiano o pertenecer a una Iglesia no nos da el derecho para menospreciar a otras personas. ¿Acaso no fuimos una vez nosotros personas ignorantes de las cosas de Dios? ¿Acaso no tuvimos dudas o no renegamos contra el Autor de la Vida?

Todos los seres humanos, frente a Dios, estamos como en una carrera. Todos corremos en las mismas condiciones. Todos necesitamos ubicarnos en el punto de inicio de la pista; tal vez hay muchas personas no creyentes, ateas, agnósticas o indecisas, que ni siquiera están en la pista de carreras, pero nada asegura que nosotros, los que ya corremos en la pista de Cristo, lleguemos a la meta con pleno éxito. ¿Cuál debiera ser la actitud correcta para con aquellos que aún no se han ubicado en la pista? Ayudarlos a acercarse a la entrada, hablarles de Jesús, no asustarles con el Evangelio sino atraerlos a Dios, predicarles el plan de salvación, mostrarles el gran amor del Señor, entregarles afecto fraternal e incentivarles en la fe.

¿Y qué de nosotros, los que corremos la carrera? Pablo nos responde: “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, / prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” Sistematizado sería así: 1) Olvidar el pasado perdonando a los que nos dañaron, dejando atrás amarguras y resentimientos, no viviendo de recuerdos ni éxitos pasados; 2)  Extenderse a lo que está delante, proyectarse hacia el logro de metas positivas con respecto a mi persona, la familia, amigos, compañeros de trabajo, hermanos en la fe e Iglesia; 3) Proseguir a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús; dicha meta es llegar a ser como Jesús, cumplir la misión que Él nos ha encomendado y gozarse acariciando el galardón que podremos alcanzar si somos obedientes.

Cuando el Apóstol, ejemplo a imitar, reflexiona “prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”, se está planteando una meta, un propósito, un objetivo. La meta es el fin del camino; el objetivo es qué se quiere lograr; y el propósito es para qué se quiere lograr. La meta de todo discípulo de Jesucristo es pasar la eternidad con Él; el objetivo es dar cumplimiento a la voluntad de Dios; y el propósito es alcanzar el galardón que Cristo prometió a todo cristiano. Jesús ha conquistado la meta para nosotros en la cruz y nos ha dado la salvación, pero ahora nos queda “agarrar” aquello para lo cual fuimos “atrapados” por Cristo Jesús. ¿Qué será aquello? Para los apóstoles fue dar sus vidas por Jesús y llenar el imperio con el Evangelio del Reino. ¿Qué será para nosotros? Es un pregunta que cada cristiano debe responder con mucha oración y la guía del Espíritu Santo.

Todos los que estamos en esta carrera de perfección espiritual cristiana, cual atletas de Dios, sintamos como Pablo. Si alguien siente distinto, no será por capricho suyo, sino porque Dios se lo ha revelado, y nadie podría criticarle, pero que sea por convicción del Espíritu, “si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.” Pero en las cosas de la doctrina, en lo que concierne a la Verdad de Jesucristo, “sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.” Amén.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

FILIPENSES 2: OCUPADOS CON TEMOR Y TEMBLOR.


“12 Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”

¡Con qué delicadeza nos trata el Señor en este pasaje! Porque indudablemente ésta no es sólo una epístola del apóstol Pablo a los hermanos de la Iglesia de Filipos del primer siglo, sino también una carta del Espíritu Santo para los cristianos de todas las épocas, y entre ellos a nosotros. Es Cristo mismo, Apóstol de nuestra fe, quien nos dice “amados míos”. Cuando leo este versículo, siento que el Señor me dice “tú eres mi amado hijo”.

El líder de la comunidad cristiana sabe bien quienes han tomado en cuenta sus consejos y enseñanzas y quiénes no. Por eso puede decirles “como siempre habéis obedecido”. Y qué importante es ser fieles a nuestros pastores y obispos, que cuidan nuestras almas como padres, no solamente cuando ellos están presentes sino también en su ausencia. En verdad servimos a Jesucristo en la persona de los líderes de la comunidad cristiana, les respetamos porque son representantes del Señor en la Iglesia, han sido ungidos por Dios para cumplir esa misión. A Dios no le vemos mas está presente. Pareciera que Él estuviera ausente, pero igualmente le servimos, sin verle. Podemos verle en la figura de las autoridades de la Iglesia. Servir a los ministros de Dios es servir al Señor.

Luego de declararnos Su amor y pedirnos que le sirvamos sin verle, pero mirándolo en el rostro de nuestros pastores, demanda: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Esta es la principal ocupación del cristiano, su salvación. ¿Es acaso más importante el trabajo que realizamos en este siglo que nuestra salvación? ¿Es más importante la crianza de los hijos, la relación de los esposos y la economía de la familia, que la salvación del alma? ¿Es más importante nuestro cuidado físico o el desarrollo del intelecto y la educación, que la eterna salvación del alma? ¡Evidentemente no! Nada hay más relevante en la vida de una persona que la salvación del alma. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (San Mateo 16:26)  Necesitamos salvarnos de las garras del pecado, de la maldad del diablo, de la condenación a las llamas del infierno. Si no nos “ocupamos” en esto, en vano será toda otra ocupación. Por cierto es bueno trabajar responsablemente, amar y servir a nuestras familias y procurar prosperar en todas las cosas, pero ello será inútil y sin sentido a la hora de comparecer ante Dios, si primero no nos ocupamos de lo primordial: la salvación.

También es cierto que muchos hermanos se “preocupan” de su salvación, gimiendo por sus pecados, lamentándose de su débil condición espiritual, pero jamás se “ocupan” en superar ese estado. Con preocuparnos nada avanzamos, tenemos que ocuparnos, hacernos a la tarea, decidirnos y actuar. San Pablo es muy claro con su discípulo: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 2:1) El Nuevo Pacto no contradice al Antiguo Pacto que dictamina: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1:9) Ambos textos nos demandan esforzarnos, actuar, es decir “ocuparnos”. La vida cristiana, si bien es cierto reposa en Cristo, también es una vida de acción: oración, adoración, discipulado, evangelización, servicio, etc. Reposar en el Señor y esforzarse en la gracia es ocuparse en la salvación.

Esta ocupación debe ser cumplida con dos actitudes fundamentales: temor y temblor. La primera es conocida de todos: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Proverbios 1:7) La verdadera sabiduría se inicia en esta actitud de sumo respeto a Dios; el temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu de Jesucristo: sabiduría, inteligencia, consejo, poder, conocimiento, temor de Jehová y justicia (Isaías 11:2-5). Al tener el Espíritu Santo poseemos ese don de temor, pero lamentablemente no siempre lo ponemos en acción y somos orgullosos, irrespetuosos y rebeldes al Señor y Su Iglesia. Debemos ocuparnos en la vida cristiana básicamente con humildad y temor de Dios.

La segunda actitud es el “temblor”. Tiembla quien se percata ante Quien se enfrenta. Nos enfrentamos al Todopoderoso, al Dueño y Señor de nuestras vidas. El temor está en el corazón del esclavo y el temblor en su actitud externa ante su amo. Asimismo el temor de Jehová es la actitud interna del discípulo y la pronta obediencia su actitud externa ante el Señor.  

Como a los filipenses, Jesús nos ama, y nos pide que le sirvamos sin verle, que obedezcamos al consejo de nuestros pastores, y que seamos cristianos activos con un corazón temeroso del Señor y obedientes a Él.