jueves, 21 de julio de 2011

EFESIOS 4: CAUTIVOS EN CRISTO.


Teatro de Éfeso

“7 Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. 8 Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.”

El Espíritu Santo revela al Apóstol el significado de las palabras escritas en el Salmo 68:17,18, que dice: “Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares; El Señor viene del Sinaí a su santuario. / 18 Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste dones para los hombres, Y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios.” ¿Cómo es eso de  “cautivaste la cautividad”? Él está cautivo de Dios, encerrado en una cárcel física y sometido a un Rey espiritual. Él, mejor que nadie, entiende lo que es vivir en cautividad.

El pueblo de Israel había estado cautivo 400 años en Egipto, trabajando como esclavos para el Faraón. Siglos después, Jerusalén, en el 607 A.C., fue sitiada por el ejército babilonio de Nabucodonosor II, hasta que en el año 537 el rey Ciro los dejó en libertad. Pasaron 70 años en el cautiverio. Los judíos sí que sabían de cautividad. Sufrieron muchas humillaciones, de las que aprendieron el valor de la libertad, como también a guardar su confianza en el Dios que liberta.

Pero nada hay peor que estar cautivos del pecado, vivir en ignorancia de Dios es la mayor pena para un ser humano. ¡Y qué desolador es vivir sintiéndose culpable, siempre acusado por la conciencia de que hizo mal, ofendió, fue una persona mala con el prójimo o que está atentando contra Dios! Hay quienes niegan al Creador para dejar de sentir esa culpa pero esto es imposible ya que Él mismo escribió Su Ley en nuestras conciencias, seamos creyentes o no. Esos que dicen ser ateos tienen en su interior grandes dudas y quizás son los más creyentes, puesto que se preocupan de declarar siempre su ateísmo o agnosticismo. Es muy lamentable que la existencia de una persona transcurra sumida en el egoísmo, pensando sólo en su propia satisfacción y provecho, sin jamás dar amor a su prójimo. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El Señor no es indiferente al ser humano, sino que está preocupado de él, tiene misericordia del impío, lo ama, aunque éste no lo reconozca. Una vida sin fe es una vida sin convicción, sin revelación espiritual, sin confianza, una vida de inseguridad. Así viven el hombre y la mujer sin Dios, cautivos de la inseguridad, la culpa, el egoísmo y la ignorancia. Cristo vino a salvarnos de esa cautividad, “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad”.


martes, 5 de julio de 2011

EFESIOS 3: PRISIONEROS EN CRISTO.

“1 Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles”

Pablo, preso en una casa en Roma – en “arresto domiciliario” diríamos hoy día – se considera preso por Jesucristo, por causa de predicar el Evangelio a nosotros, los gentiles. ¿Podemos decir como el Apóstol que estamos “presos” por la causa de Jesucristo? Muchas veces somos prisioneros de nuestras preocupaciones personales, estamos más ocupados en proteger nuestra salud, atender a las necesidades de hijos y cónyuges, que a la comisión que el Señor nos ha encargado. También podemos estar presos de un vicio, una mala costumbre o deudas contraídas; de una ideología política o de prejuicios religiosos.

Desde aquel glorioso día en que recibimos la Palabra del Evangelio, cuando abrimos la puerta a Jesucristo en nuestra vida y le aceptamos como Salvador y Señor, fuimos libertados de la esclavitud del diablo. Antes éramos presos de Satanás, estábamos dominados por el pecado y no éramos felices, ya que arrastrábamos una conciencia culpable. Llegó la libertad a nuestra vida, conocimos la Verdad y esta Verdad nos rescató de las tinieblas, del pecado y del mundo. ¿Por qué, entonces, dice San Pablo que es “prisionero de Cristo Jesús”?

La relación que debe haber entre un cristiano y su Señor es la de un súbdito. No es que Jesús esté a nuestro servicio, para atender a todas las necesidades por las que le pidamos en oración; no es que Él esté obligado a darnos protección; tampoco es que Él nos necesite para ser adorado y satisfacer alguna egolatría “divina”; sino que somos Sus discípulos quienes nos ponemos a su servicio, para atender a Sus demandas, quienes le tratamos como al Amo de nuestras vidas, y le adoramos porque Él se merece nuestra gratitud y adoración. Desde este punto de vista somos Sus esclavos, prisioneros de Cristo Jesús.