lunes, 30 de mayo de 2011

EFESIOS 1: LOS LUGARES CELESTIALES EN CRISTO.

“3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, / 5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, / 6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”

El Espíritu Santo nos invita a todos los cristianos, en esta carta de San Pablo, a bendecir a Dios por Su gran bondad. Lo llama el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. De tal modo que, si Jesús es nuestro Amo, Dueño y Señor, entonces Su Padre es también nuestro Padre.

Este Padre amoroso está muy satisfecho y complacido por la obra de Su Hijo, al punto que además nos bendice a nosotros como al Primogénito de toda creación: “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. El Hijo ocupa un lugar importante, el más elevado dentro de la creación, en los lugares celestiales. Y nosotros, como hemos sido redimidos por Él y somos Sus seguidores, también tenemos reservado ese lugar para nosotros, no en tal nivel de señorío pero sí dentro de los llamados “lugares celestiales”.

Actualmente habitamos en la Tierra, un planeta ubicado dentro del universo creado por Dios. Podemos decir que vivimos en “lugares terrenales”. Tal nominación no aparece en la Biblia, mas por ser lo contrario a celestial, bien podríamos llamar terrenal al lugar que ocupamos ahora. En esta tierra somos bendecidos cada día por el Buen Dios, con alimentos, vestuario, habitación, salud, esposa, hijos, trabajo y sobre todo la salvación. Sin embargo el Apóstol dice que Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”

Aunque viajáramos muy lejos por este universo, jamás encontraríamos esos “lugares celestiales” en esta creación material, pues ellos corresponden a una creación espiritual, otro nivel o dimensión de lo creado por Dios. Algunos hombres santos pudieron ver o ser trasladados a esa dimensión. San Pablo la nombra como “tercer cielo”, ya que el primero es el que vemos durante el día, el segundo es el cosmos que vislumbramos en las noches, mas hay otro cielo o cielos que están más allá de esta creación.

En esos “lugares celestiales”, de naturaleza sobrenatural, fuimos bendecidos por el Padre. Allí recibimos “toda bendición espiritual”. Dios nos pensó a cada uno de los cristianos antes de la fundación del mundo, porque Él es Eterno y Omnisciente. En esa eternidad nos bendijo. Y lo hizo para que fuésemos bendecidos “en los lugares celestiales en Cristo” con el propósito de que “fuésemos santos y sin mancha delante de él”. De este modo nos sumaríamos a la multitud de seres celestiales que le adoran en el cielo. Sin embargo la calidad de nuestra alabanza será mejor que la de los ángeles porque nosotros provenimos de lo más bajo de la tierra, hemos sido rescatados del pecado y la tiniebla, de las garras de Satanás, redimidos por la sangre de Su Hijo, y le adoramos como pecadores arrepentidos.

“Toda bendición espiritual” se refiere a capacidades y dones dados por Dios en el aspecto espiritual: las virtudes de Jesucristo, los poderes de Jesucristo y el amor y espíritu de Jesucristo. “Toda bendición espiritual” es que Él nos escogiera para ser parte del Cuerpo de Cristo, que nos justificara, redimiese, salvase, renovara, transformase y santificase “para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”. “Toda bendición espiritual” es que se haya propuesto llevarnos al más elevado lugar de Su creación junto a Su Hijo “para alabanza de la gloria de su gracia”. Es por ello que dice “que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”.

Hemos sido bendecidos “en” Cristo. Estamos dentro de Cristo, desde el momento que pasamos a ser células de Su mismo Cuerpo. No es poca cosa ser parte de la Iglesia, no es una cuestión de palabras decir que ésta es el “Cuerpo de Cristo” o que ésta es Su Esposa, la novia del Cordero. Desde el momento en que morimos a nuestra vieja vida y nos entregamos a Cristo, Él nos mete dentro de Sí y ya estamos “en Cristo” para eternidad “a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.” Fuimos creados y rescatados “para alabanza de la gloria de su gracia”, para unirnos a los coros celestiales y proclamar en Su creación que Él es Santo, Misericordioso y Justo. Somos la Iglesia creada y rescatada para adorar en lugares celestiales.

viernes, 6 de mayo de 2011

GÁLATAS 6: JUZGADOS EN LA GRACIA.



“1 Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”

Casi al término de su epístola, el Apóstol advierte “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”. ¿Quién no comete alguna falta alguna vez? Puede ser que un hermano esté cometiendo pecado en secreto, pero de pronto sea “sorprendido”. ¿No somos a veces “pillados” en mentira o en hipocresía? Cuando eso nos sucede nos da mucha vergüenza, porque sabemos que son conductas que a Dios le desagradan. Ya la vergüenza es un castigo para nosotros, quedar en evidencia.

“Vosotros que sois espirituales” nos dice San Pablo, apelando a la misericordia de Dios, la que anima al Espíritu Santo que vive dentro de cada cristiano. Si no somos carnales, sabremos actuar con espíritu comprensivo, perdonador, restaurador. “Vosotros que sois espirituales, restauradle”. Un hermano ha sido sorprendido robando de las finanzas de la Iglesia. Ese hermano ha de saber que ese comportamiento es muy malo, pues son los dineros que los hijos de Dios han entregado de todo corazón para el Señor, para sostener Su Casa y Su obra. No ha robado a los hombres, no ha robado a unja organización, sino que ha robado a Dios. Ha de sentir el hermano todo lo grave que es su mala acción. Pero esa sanción verbal debe ser hecha con mansedumbre. Aunque no justifica nada tal conducta, debe pensarse y escuchar las razones por las cuales él llegó a actuar así. Habrá que restaurarle. ¿Cómo? 1) Que tal discípulo reconozca su falta contra el Señor y Su Iglesia; 2) Que pida perdón con sinceridad; 3) Que reciba el amor misericordioso y restaurador de la Iglesia; 4) Que se rehabilite reponiendo el dinero en un plazo justo. Para cada situación, sea robo, adulterio, mentira, irrespeto, desobediencia, etc, debemos actuar bajo el mismo principio: “si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”

No juzguemos desde la perfección. No seamos dueños de la Ley. No nos sentemos en el sillón del Juez, sino que pongámonos en el lugar del acusado. ¿No es eso lo que hace un abogado? El Espíritu Santo Consolador es como un abogado que nos defiende ante Cristo. Dice el Espíritu: “considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Todos podemos caer tan bajo como el hermano que yerra el blanco. “El que está libre de culpa, que lance la primera piedra” dijo una vez el Señor. Jesucristo es nuestro abogado defensor ante el Padre. Dios no mira nuestro pecado, sino el corazón misericordioso de Su Hijo. Del mismo modo debemos actuar con el que peca en la Iglesia. ¡Cuántas veces el tribunal eclesiástico es demasiado duro y legalista para con el pecador! Todo ser humano merece otra oportunidad: “Ni yo te condeno. Vete y no peques más”.

Al juzgar considérate “a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Y la gran tentación puede ser ponerte en el lugar de Dios, juzgar y condenar. No sea que te condenes a ti mismo. La Gracia ha de ser el espíritu de todo comportamiento y relación en la Casa de Dios. En definitiva, esto es lo que nos enseña la carta a los Gálatas.