lunes, 28 de marzo de 2011

GÁLATAS 4: HEREDEROS POR GRACIA.

"1 Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; / 2 sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. /3 Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. /4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, /5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. /6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! /7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.”


El primer ejemplo que nos da San Pablo es más comprensible para quien habita en una sociedad esclavista. La esclavitud se ha abolido en nuestra civilización hace ya bastante tiempo, aún cuando todavía hay tráfico de esclavos en algunos países africanos mas esto es ilegal. Sin embargo hay otro tipo de esclavitudes que sobreviven en el tiempo. Con las distancias que corresponden vamos a considerar al esclavo como al empleado o criado, y al hijo del esclavo como si fuese un hijo de la criada. Leamos:

“ 1 Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo;” Se nos presenta aquí el hijo del dueño de casa, cuidado por los criados junto a todos los demás niños. No hay diferencia entre los niños del patrón y los de la empleada. En aquellos tiempos de esclavitud sucedía igual. El niño, aunque fuese hijo del dueño de casa, debía obedecer al esclavo que estaba a cargo de él. A ese esclavo se le nombraba “pedagogo”. Hoy en día es el nombre dado a los maestros de escuela. También sucede en la sala de clases, que los alumnos deben obedecer a su profesor como si fuera su padre o madre.


Volvamos al Texto: “2 sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre.” El tutor es aquella caña o estaca que se clava al pie de una planta para mantenerla derecha en su crecimiento. Por esa característica de sostenedor y ayuda al crecimiento, en esa época se llamaba tutor al profesor privado que se encargaba de la educación general de los hijos de una familia. Los padres estaban ocupados en sus negocios y las madres en labores domésticas, en tanto el tutor se dedicaba a la formación de los niños.


En cuanto a los curadores, se trataba de las personas elegidas o nombradas para cuidar de los bienes o negocios de un menor, o de quien no estaba en estado de administrarlos por sí. Tal cuidado, sea el de tutores, sea el de curadores, tenía un plazo de término. Dado el ejemplo, San Pablo explica: “3 Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.” La vida que llevábamos antes de conocer a Jesucristo equivale a ese período de infancia, bajo el cuidado de empleadas y profesores. La vieja vida es nuestra infancia, al contrario hoy es nuestra madurez.


No podíamos vivir así, en ignorancia, en dependencia, sometidos a una gran cantidad de normas que a veces no entendíamos pero que debíamos cumplir, sencillamente porque hay que obedecer a los mayores. De modo que esa etapa tuvo un término. “4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” Cuando se cumplió el tiempo señalado por Dios, conocimos al Hijo de Dios, Jesucristo hijo de María y educado en la Ley. Igual que los hijos de los esclavos, igual que los hijos de los criados o empleadas, Él recibió la misma educación, fue formado en la Ley. Pero Él tenía una misión: liberar a los esclavos de su esclavitud del pecado y el diablo. Por ellos murió en la cruz, lo que permitió que fuesen perdonados por Dios y adoptados como hijos por Él, con iguales derechos que Su Hijo Jesucristo.


Por lo tanto, quienes antes éramos esclavos de preceptos no siempre verdaderos, esclavos de prejuicios, esclavos de ideas falsas, esclavos de nuestras propias pasiones, esclavos de nuestras culpas y traumas, quienes éramos esclavos del pecado, del diablo y del mundo, ahora ya somos libres. Y no sólo eso, antes éramos hijos de la esclava, mas hoy hemos sido adoptados por el Padre como hijos legítimos. “6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” La presencia del Espíritu Santo en mi corazón es la mayor evidencia que ahora soy hijo de Dios.


Por eso dentro de cada cristiano auténtico, el Espíritu dice: ¡Papito, Papá! Concluye el Sagrado Texto: “7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.” Como todo hijo, tenemos derecho a recibir la herencia que Él nos ha legado. ¿Cuál es esa herencia? ¡Enorme fortuna! Comienza con la salvación eterna de nuestras almas, continua con la santificación de nuestras vidas, sigue con la sanidad y los miles de promesas que Él ha dejado estampadas en Sus dos Testamentos. ¡Hagamos nuestra y disfrutemos la herencia!


viernes, 18 de marzo de 2011

GÁLATAS 3: JUSTIFICADOS POR SU GRACIA.


“21 ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. / 22 Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.”

Cuando la Escritura habla de la Ley podemos entenderla de varias maneras: 1) Se refiere a los 10 mandamientos entregados por Jehová a Moisés en el monte del Sinaí; 2) Se trata de todos los mandatos, tanto morales como rituales, entregados al pueblo hebreo y llamada Ley mosaica, que incluye los 10 mandamientos; 3) La totalidad de preceptos, normas, mandamientos y estatutos dados por Dios en la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento; o 4) Cualquier regla externa dada por la religión al ser humano.

En este caso la Biblia dice: “21 ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley.” Entendemos que se trata de toda la Ley mosaica, la cual fue entregada al pueblo de Dios para encaminarlo hacia la salvación que es en Cristo. Ellos aún no veían al Salvador, si bien es cierto esperaban al Mesías; pero podían cumplir ese conjunto de normas éticas, religiosas y hasta higiénicas, dadas por Dios, para agradarlo y sentirse perdonados por Él.

Dios mismo le había entregado al pueblo judío Su Ley. Ellos procuraban cumplirla y amaban esa Ley como expresión de Él, pero en algún minuto se desviaron y privilegiaron la Ley por sobre el Autor de ella. Nos preguntamos ¿Qué es más importante: la Palabra de Dios o Dios mismo? Tal vez dudemos en nuestra respuesta… Más claro: ¿qué está primero: la Biblia o el Autor de la Biblia? Evidentemente Dios es el más importante en nuestra fe. La Biblia no es contraria ni a las promesas de Dios ni a la fe en Jesucristo, pero la Biblia no es la que nos vivifica pues, si así fuera, nuestra salvación sería por la lectura del Libro Sagrado. Entiéndase bien: la salvación la recibimos por el Autor de la Biblia, quien es, como dice la Escritura, “Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2)

La Ley era importante para el pueblo escogido; aún más, es importante también para nosotros, los gentiles, pero sólo en aquellos aspectos que apunten a nuestro desarrollo espiritual interno. La Ley mosaica tenía muchos ritos que apuntaban a Cristo y que luego, con su advenimiento, caducarían para dar lugar a otro sistema: la Gracia. Ya no necesitamos circuncidarnos, ni guardar determinados días, ni hacer abluciones y otros actos sagrados para obtener perdón y ser reconciliados con Dios. Basta solamente la acción salvadora, redentora, justificante, santificadora, que hizo Jesucristo por nosotros en la cruz del Gólgota. Si nos reconocemos pecadores y tenemos fe en Él y Su sacrificio expiatorio por nuestras culpas, somos salvos.

El Apóstol Pablo dice que “la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.” Esta palabrita “pecado” que tanto molesta a los humanos de hoy, que se procura borrar del vocabulario, que se la considera muy dura, humillante o injusta, resulta ser un término favorito del Evangelio. Aparece 386 veces en la Biblia contra 217 que figura la palabra amor, es decir 169 veces más. Pecado definido por la misma Escritura es “transgresión de la ley” (1 Juan 3:4) “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley.” (Biblia de las Américas) Para poder calificar una acción como infracción, es preciso tener una medida o vara, un reglamento o ley. Para que el ser humano pueda identificar el pecado es necesario que conozca la Ley. Jesús hizo un breve resumen de la Ley cuando dijo: “37 …Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. / 38 Este es el primero y grande mandamiento. / 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. / 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (San Mateo 22:37-40) San Pablo citó en una de sus cartas estas palabras (Gálatas 5:14) La palabra pecado responde a una realidad que hasta el día de hoy vivimos los humanos: no estamos obedeciendo a Dios sino que actuamos contra Su voluntad. ¡Por eso está tan mal el mundo! Dicha palabra ofende al orgullo humano, hiere su vanidad y autonomía, pone justo el dedo de Dios en la yaga del hombre y la mujer, su falta. Pecado es algo más que un error, es una infracción contra Dios.

El versículo termina con estas palabras: “para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.” Todo en la Biblia, como en la vida, tiene un por qué, una razón de ser, un propósito. ¿Para qué la Ley? Para mostrarnos que somos pecadores. ¿Para qué hablar tanto de pecado y pecados y pecadores? Para que por fin reconozcamos nuestra condición y nos declaremos desesperados: ¡¡¿Qué haremos?!! ¿Para qué provocar esta desesperación? Para que nos sea declarada la promesa de la fe, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo; / porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9,10)

Ninguna obra humana, por más buena y honesta que sea, puede justificar al hombre porque la naturaleza de éste está corrompida por el pecado; es evidente, entonces que requerimos la acción salvadora de un agente externo al universo, Santo, sin mancha, Perfecto, que nos vuelva a hacer justos, como lo fueron nuestros primeros padres Adán y Eva. Sólo Jesucristo puede limpiarnos del pecado de orgullo, incredulidad y rebelión; sólo el Hijo de Dios puede salvarnos de eterna condenación; sólo el Señor puede transformarnos en nuevas criaturas. Esto sólo requiere que nos abandonemos a la fe pues “ … por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11)

viernes, 11 de marzo de 2011

GÁLATAS 2: ACEPTADOS POR SU GRACIA.

Jesús cena con pecadores.


“6 Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron.”

Lo que un cristiano haya sido antes de su conversión no nos debe importar mucho. No podemos vivir pensando en el pasado de pecado e incredulidad de alguien, sino más bien alegrarnos de que esa persona fue salvada de esa vida de tinieblas y ahora es alguien de bien con una esperanza eterna. Quizás es interesante saber el pasado de un cristiano para dimensionar el gran cambio que ha habido en su vida, lo maravillosa que es la obra redentora y santificadora del Señor, el testimonio de Jesucristo en la vida de un hombre, pero como dice el Apóstol: “lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas”

No debería importarnos tanto si un hermano o hermana fue antes de conocer a Jesucristo un ladrón, asesino, borracho, drogadicto, prostituta, travesti, jugador, brujo, lujurioso, estafador o ejercía algún tipo de actividad pecaminosa. Dios, en Su bondad y misericordia, igual los amó y los salvó. Nosotros comúnmente no hacemos eso con el pecador, sino que lo juzgamos, lo despreciamos, aborrecemos y lo hacemos ya en el Infierno. ¡Cuánto amor necesitamos desarrollar en nosotros para con los hombres y mujeres que están en tinieblas! ¿Deseamos que los asesinos, estafadores y ladrones sean capturados y encarcelados para siempre, o queremos que ellos se conviertan a Jesucristo para que sean transformados? ¿Sentimos rabia, menosprecio y asco cuando nos encontramos por la noche con un travesti prostituyéndose en una esquina de la ciudad, o nuestro sentir es de conmiseración y misericordia por su alma perdida?

“Dios no hace acepción de personas” ha dicho San Pablo. Este término que se ha traducido como “acepción” significa, según la Real Academia Española de la Lengua, “Acción de favorecer o inclinarse a unas personas más que a otras por algún motivo o afecto particular, sin atender al mérito o a la razón.” Los seres humanos, sean los incrédulos o los cristianos carnales, actuamos de esa manera injusta; favorecemos a algunos y a otros los rechazamos, sea porque nos agradan, porque aspiramos algún favor de ellos, porque les estamos en deuda o sencillamente por prejuicio. Así para un trabajo alguien prefiere contratar a un amigo o familiar; o una autoridad actuará con más dureza con un extranjero o quien tiene un color de piel diferente o es de otro sexo.

Nuestro amoroso Padre Celestial no actúa de este modo porque Él no es humano sino Divino. “Dios es amor”, “el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” (1 San Juan 4:8; 1 Timoteo 2:4) Tampoco posee el Señor prejuicios sociales como muchos de nosotros que rechazamos a los pobres o a los ricos y nos inclinamos más por la clase media. Dios no es arribista, dedicándose más a los de la clase alta; tampoco es un revolucionario que sólo defienda a los pobres; porque Dios no es clasista. Él no mira el mundo con los lentes nuestros sino con un corazón de Padre. Por eso llamó al ministerio a hombres tan disímiles como el pescador Pedro, el recaudador de impuestos Mateo, el médico Lucas y el intelectual Pablo. Si “Dios no hace acepción de personas” ¡Líbranos Señor de actuar con favoritismos con el prójimo!

(Para no malinterpretar a San Pablo, analicemos estas palabras: “Pero de los que tenían reputación de ser algo… a mí… nada nuevo me comunicaron.” Los once Apóstoles nombrados por Jesucristo tenían el prestigio y la estima de toda la comunidad cristiana de esa época; eran considerados los portadores auténticos del Evangelio, que habían compartido con Jesús Hombre y luego con Jesús Resucitado. San Pablo, nombrado apóstol por Jesús Glorificado, tuvo largas charlas con los apóstoles Pedro, Jacobo y Juan; y llegó a la conclusión que existía una perfecta concordancia entre lo que el Señor enseñó a ellos con lo que le reveló a él. Por eso dice “… nada nuevo me comunicaron.” La mirada de San Pablo es totalmente coincidente con la de San Pedro. Ambos predican el mismo Evangelio: el Evangelio de la Gracia de Dios)







jueves, 3 de marzo de 2011

GÁLATAS 1: PERDONADOS POR SU GRACIA.

Ubicación de Siria en el Medio Oriente.

Mapa Topográfico de Turquía.


“13 Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; / 14 y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. / 15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, / 16 revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, / 17 ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. / 18 Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; / 19 pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor. / 20 En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento. / 21 Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia, / 22 y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; / 23 solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. / 24 Y glorificaban a Dios en mí.”

El apóstol Pablo antes de convertirse y de comenzar su ministerio en Antioquía, era conocido como Saulo de Tarso. Era un judío de la tribu de Benjamín, discípulo de “un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo,” (Hechos 5:34) Fue un encarnizado y furioso perseguidor de los primeros cristianos, hasta llegar a consentir el asesinato del primer mártir de la Iglesia, Esteban. “Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel.” (Hechos 8:3)

El Apóstol reconoce en esta carta dirigida a los hermanos de Galacia, su conducta judía acorde con las tradiciones de sus padres, las que practicaba con gran celo. La fe ciega, sin considerar la dignidad de la persona humana, puede llevarnos a extremos fanáticos y a actuar en contra de Dios mismo. Sin duda Saulo de Tarso tuvo que pedir perdón y arrepentirse de haberse opuesto a Dios y Su Evangelio. El Señor le dijo algo así como “Al perseguir a los cristianos estás dañándote a ti mismo, igual que el caballo que pega patadas al aguijón”. El apóstol fue obediente a la visión celestial y siguió al llamado de Jesucristo, entendió que había sido apartado por Dios desde el vientre de su madre. ¡Quién mejor que él, perdonado de tanto daño hecho a la Iglesia, como para reconocer la misericordia de Dios! Desde el comienzo comprendió la gracia del Señor, supo el significado que ésta tiene en la salvación del hombre. Por eso dice “me apartó, y me llamó por su gracia”

El Espíritu Santo reveló a Jesucristo en Saulo de Tarso, que llegó a ser el Apóstol Pablo. Esta revelación comenzó en el camino a Damasco, continuó en Tarso y Arabia, y se completó en Antioquía, donde comienza el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó: “que yo le predicase entre los gentiles”. Tal misión le fue dada por el mismo Señor. He aquí una de las pruebas de que él es un verdadero apóstol. Nos cuenta: “ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.” Lo señala no por orgullo sino para demostrar que su misión no le fue encomendada por hombre alguno sino por el mismo Hijo del Hombre.

Posterior a su viaje a Arabia y Damasco, acudió recién a la ciudad santa de Jerusalén para visitar al Apóstol Pedro. Con él estuvo quince días; ¡qué de cosas conversarían! ¡Cuántas preguntas le haría Pablo a Pedro, acerca de la Persona del Maestro! También el Pescador escucharía de San Pablo las últimas revelaciones del Señor. Indudablemente fue el encuentro de dos gigantes de la fe. A ningún otro apóstol vio, “sino a Jacobo el hermano del Señor.”

Después de visitar a San Pedro, fue a las regiones de Siria y Cilicia, actual Turquía (ver mapas). Nadie le conocía en persona aún, en las iglesias cristianas de Judea; solamente habían oído decir que “Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba.” Tal cosa les impulsaba a dar gloria a Dios, el Único capaz de volver a sus enemigos en verdaderos amigos. No como los seres humanos sin Cristo, que jamás perdonan y odian a sus enemigos, nunca les aman y menos los convierten en amigos, salvo que sean unos hipócritas. Pero Dios no es hipócrita y Sus sentimientos y valores son verdaderos. Él llama lo que no es como si fuera y vuelve las tinieblas en luz.

Cuando los hombres vemos a un pecador que ahora dice creer en Jesús, no le creemos del todo. Si encontramos a un hombre que era malo, egoísta, dañino, incrédulo, que ahora dice ser ministro de Dios, tendemos a desconfiar de él y a creer que está fraguando algo, es uno más de sus engaños. En los tiempos de los primeros apóstoles, si alguien que hablaba en contra de Dios, se burlaba de los cristianos y se reía de la Iglesia, ahora predicaba a favor del Señor, elogiaba a los hermanos y ponía muy en alto a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, ¿lo recibirían con alegría, espíritu de perdón y plena confianza? De seguro muchos desconfiarían. Cuando Pablo predicó por primera vez a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios; los hermanos “que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?” Los oyentes estaban confundidos al escuchar su testimonio (Hechos 9:20-22)

El mundo no confía en la conversión de los pecadores pues tiene un falso concepto de la santidad y total desconocimiento de la salvación. He escuchado a muchas personas hablar mal de los pecadores arrepentidos pues no comprenden que Dios ama a todos los hombres, incluyendo los más malvados, y desea dar de Su perdón al que acude a Él arrepentido, al que reconoce que es pecador, sin importar obra alguna.