sábado, 26 de noviembre de 2011

EN PAZ.

Pintura de René Magritte.

4 Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! 5 Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. 6 Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. 7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Regocijaos en el Señor siempre.
Esta Palabra de Dios me invita al regocijo, la alegría de tener a Dios en el corazón, la alegría de vivir. ¿Por qué amargarnos, por qué andar tristes cuando hay tantos motivos para permanecer felices? Ser cristiano no es algo amargo ni dramático. En verdad tenemos los mismos problemas de todo el mundo. Se nos enferman nuestros seres queridos, a veces sufrimos el duelo, perdemos el trabajo en ocasiones, etc. pero la actitud optimista que nos da la fe es lo que hace la diferencia.
Otra vez digo: ¡Regocijaos!
Estar contento es algo tan importante, que el Apóstol lo reitera, para que no lo olvidemos. Seamos siempre alegres. Estemos contentos todo el tiempo, gozosos porque somos salvos, porque pertenecemos al Señor. Jesucristo ha demostrado a la Humanidad que el ser humano no está solo en el universo sino que hay un Dios Inmutable, Todopoderoso y Eterno que lo acompaña. Además le ha demostrado Su gran amor dando Su vida a todo el que le reconoce y cree en Él.
Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres.
Ser gentiles, amables, educados, no groseros, comedidos, delicados, es propio de gente feliz y que quiere hacer feliz a su entorno. Gentileza se define como urbanidad y cortesía, pero es algo más que una buena costumbre, es una actitud de amor al prójimo. Una persona gentil es alguien amable y cortés, considerado con las necesidades y debilidades de los demás.
El Señor está cerca.
Con regocijo por la vida y ejerciendo gentileza con el prójimo, esperamos el regreso de Jesús. En otras palabras tenemos los pies bien puestos en la tierra y la mirada en el cielo. Se aproxima la venida del Señor, tengamos esto siempre en mente. Jamás perdamos la esperanza de que Aquél que tanto bien nos hace en esta vida, un día volverá a gobernar el planeta.
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.
Una práctica importante en la espiritualidad es la oración y confianza en Dios. El Texto invita a descansar en Dios, entregándole a Él todas nuestras inquietudes. Hay personas que piensan que no hay que pedirle a Dios, porque sus problemas son insignificantes y que Él tiene cosas más importantes de que ocuparse. Esto es un error. El Padre está muy interesado en conocer los problemas de sus hijos, por pequeños que éstos sean. Eso es tener confianza en Dios. En este verso se comprueba lo contrario. El Espíritu Santo mismo nos dice que es muy importante que siempre Él conozca nuestras peticiones. Además Él ha dicho: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” (San Mateo 7:7) También: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.” (San Juan 14:13) Otro aspecto de la oración son las acciones de gracias. El cristiano es una persona eternamente agradecida de Dios.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Si hacemos lo anterior, es decir si somos personas con: a) Alegría regocijándonos por las bondades de Dios y la vida; b) Gentileza para con todos, sin excepción; c) Esperanza puesta enteramente en la promesa del Maestro; y d) Práctica de la oración y confianza en Dios; obtendremos como resultado la paz de Dios, el que vive en el reposo eterno. Haciendo estas cuatro cosas llevaremos interiormente la paz superior, aquélla que otorga Dios. Tal gracia del Señor guardará y protegerá nuestros pensamientos y sentimientos en Cristo.
 

viernes, 11 de noviembre de 2011

FILIPENSES 3: ATLETAS DE DIOS.


“12 No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. / 13 Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, / 14 prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. / 15 Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. / 16 Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.”

Ningún ser humano puede afirmar que es perfecto, por muy bueno y prudente que sea. Los cristianos, que hemos lavado nuestros pecados en la sangre de Jesús y que por ello nos sentimos perdonados y en buena relación con Dios, tampoco podemos decir que ya hayamos alcanzado la perfección, la completa santidad. Seguimos siendo pecadores, personas que muchas veces cometen infracciones a la ley de Dios, porque tenemos una naturaleza humana caída y tendiente a desobedecer al Señor. La única diferencia entre los no creyentes que pecan y los cristianos que pecan es que nosotros somos pecadores arrepentidos y ellos no. Ni siquiera el Apóstol Pablo se sintió con el derecho de declarar que él fuese perfecto, ya que escribió: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto”. ¿Por qué, entonces, actuamos a veces con tanta vanidad considerándonos superiores a nuestro prójimo? Ser cristiano o pertenecer a una Iglesia no nos da el derecho para menospreciar a otras personas. ¿Acaso no fuimos una vez nosotros personas ignorantes de las cosas de Dios? ¿Acaso no tuvimos dudas o no renegamos contra el Autor de la Vida?

Todos los seres humanos, frente a Dios, estamos como en una carrera. Todos corremos en las mismas condiciones. Todos necesitamos ubicarnos en el punto de inicio de la pista; tal vez hay muchas personas no creyentes, ateas, agnósticas o indecisas, que ni siquiera están en la pista de carreras, pero nada asegura que nosotros, los que ya corremos en la pista de Cristo, lleguemos a la meta con pleno éxito. ¿Cuál debiera ser la actitud correcta para con aquellos que aún no se han ubicado en la pista? Ayudarlos a acercarse a la entrada, hablarles de Jesús, no asustarles con el Evangelio sino atraerlos a Dios, predicarles el plan de salvación, mostrarles el gran amor del Señor, entregarles afecto fraternal e incentivarles en la fe.

¿Y qué de nosotros, los que corremos la carrera? Pablo nos responde: “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, / prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” Sistematizado sería así: 1) Olvidar el pasado perdonando a los que nos dañaron, dejando atrás amarguras y resentimientos, no viviendo de recuerdos ni éxitos pasados; 2)  Extenderse a lo que está delante, proyectarse hacia el logro de metas positivas con respecto a mi persona, la familia, amigos, compañeros de trabajo, hermanos en la fe e Iglesia; 3) Proseguir a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús; dicha meta es llegar a ser como Jesús, cumplir la misión que Él nos ha encomendado y gozarse acariciando el galardón que podremos alcanzar si somos obedientes.

Cuando el Apóstol, ejemplo a imitar, reflexiona “prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”, se está planteando una meta, un propósito, un objetivo. La meta es el fin del camino; el objetivo es qué se quiere lograr; y el propósito es para qué se quiere lograr. La meta de todo discípulo de Jesucristo es pasar la eternidad con Él; el objetivo es dar cumplimiento a la voluntad de Dios; y el propósito es alcanzar el galardón que Cristo prometió a todo cristiano. Jesús ha conquistado la meta para nosotros en la cruz y nos ha dado la salvación, pero ahora nos queda “agarrar” aquello para lo cual fuimos “atrapados” por Cristo Jesús. ¿Qué será aquello? Para los apóstoles fue dar sus vidas por Jesús y llenar el imperio con el Evangelio del Reino. ¿Qué será para nosotros? Es un pregunta que cada cristiano debe responder con mucha oración y la guía del Espíritu Santo.

Todos los que estamos en esta carrera de perfección espiritual cristiana, cual atletas de Dios, sintamos como Pablo. Si alguien siente distinto, no será por capricho suyo, sino porque Dios se lo ha revelado, y nadie podría criticarle, pero que sea por convicción del Espíritu, “si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.” Pero en las cosas de la doctrina, en lo que concierne a la Verdad de Jesucristo, “sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.” Amén.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

FILIPENSES 2: OCUPADOS CON TEMOR Y TEMBLOR.


“12 Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”

¡Con qué delicadeza nos trata el Señor en este pasaje! Porque indudablemente ésta no es sólo una epístola del apóstol Pablo a los hermanos de la Iglesia de Filipos del primer siglo, sino también una carta del Espíritu Santo para los cristianos de todas las épocas, y entre ellos a nosotros. Es Cristo mismo, Apóstol de nuestra fe, quien nos dice “amados míos”. Cuando leo este versículo, siento que el Señor me dice “tú eres mi amado hijo”.

El líder de la comunidad cristiana sabe bien quienes han tomado en cuenta sus consejos y enseñanzas y quiénes no. Por eso puede decirles “como siempre habéis obedecido”. Y qué importante es ser fieles a nuestros pastores y obispos, que cuidan nuestras almas como padres, no solamente cuando ellos están presentes sino también en su ausencia. En verdad servimos a Jesucristo en la persona de los líderes de la comunidad cristiana, les respetamos porque son representantes del Señor en la Iglesia, han sido ungidos por Dios para cumplir esa misión. A Dios no le vemos mas está presente. Pareciera que Él estuviera ausente, pero igualmente le servimos, sin verle. Podemos verle en la figura de las autoridades de la Iglesia. Servir a los ministros de Dios es servir al Señor.

Luego de declararnos Su amor y pedirnos que le sirvamos sin verle, pero mirándolo en el rostro de nuestros pastores, demanda: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Esta es la principal ocupación del cristiano, su salvación. ¿Es acaso más importante el trabajo que realizamos en este siglo que nuestra salvación? ¿Es más importante la crianza de los hijos, la relación de los esposos y la economía de la familia, que la salvación del alma? ¿Es más importante nuestro cuidado físico o el desarrollo del intelecto y la educación, que la eterna salvación del alma? ¡Evidentemente no! Nada hay más relevante en la vida de una persona que la salvación del alma. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (San Mateo 16:26)  Necesitamos salvarnos de las garras del pecado, de la maldad del diablo, de la condenación a las llamas del infierno. Si no nos “ocupamos” en esto, en vano será toda otra ocupación. Por cierto es bueno trabajar responsablemente, amar y servir a nuestras familias y procurar prosperar en todas las cosas, pero ello será inútil y sin sentido a la hora de comparecer ante Dios, si primero no nos ocupamos de lo primordial: la salvación.

También es cierto que muchos hermanos se “preocupan” de su salvación, gimiendo por sus pecados, lamentándose de su débil condición espiritual, pero jamás se “ocupan” en superar ese estado. Con preocuparnos nada avanzamos, tenemos que ocuparnos, hacernos a la tarea, decidirnos y actuar. San Pablo es muy claro con su discípulo: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 2:1) El Nuevo Pacto no contradice al Antiguo Pacto que dictamina: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” (Josué 1:9) Ambos textos nos demandan esforzarnos, actuar, es decir “ocuparnos”. La vida cristiana, si bien es cierto reposa en Cristo, también es una vida de acción: oración, adoración, discipulado, evangelización, servicio, etc. Reposar en el Señor y esforzarse en la gracia es ocuparse en la salvación.

Esta ocupación debe ser cumplida con dos actitudes fundamentales: temor y temblor. La primera es conocida de todos: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Proverbios 1:7) La verdadera sabiduría se inicia en esta actitud de sumo respeto a Dios; el temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu de Jesucristo: sabiduría, inteligencia, consejo, poder, conocimiento, temor de Jehová y justicia (Isaías 11:2-5). Al tener el Espíritu Santo poseemos ese don de temor, pero lamentablemente no siempre lo ponemos en acción y somos orgullosos, irrespetuosos y rebeldes al Señor y Su Iglesia. Debemos ocuparnos en la vida cristiana básicamente con humildad y temor de Dios.

La segunda actitud es el “temblor”. Tiembla quien se percata ante Quien se enfrenta. Nos enfrentamos al Todopoderoso, al Dueño y Señor de nuestras vidas. El temor está en el corazón del esclavo y el temblor en su actitud externa ante su amo. Asimismo el temor de Jehová es la actitud interna del discípulo y la pronta obediencia su actitud externa ante el Señor.  

Como a los filipenses, Jesús nos ama, y nos pide que le sirvamos sin verle, que obedezcamos al consejo de nuestros pastores, y que seamos cristianos activos con un corazón temeroso del Señor y obedientes a Él.

viernes, 14 de octubre de 2011

FILIPENSES 1: SIERVOS DE JESUCRISTO.


LA EPÍSTOLA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS FILIPENSES

“1 Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos: / 2 Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.”

Llama la atención en la “salutación” o saludo, de esta carta, como Pablo y Timoteo nombran a sus destinatarios. La carta está dirigida a las siguientes personas:

1) A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, es decir a todos los cristianos de la ciudad de Filipos. Desconocemos cuántos serían. Se calcula que la población de Filipos en esa época era de unos 2.000 habitantes. Si San Pablo la visitó entre los años 49 y 50, y esta carta fue enviada cinco años después entre el 54 y 55, es muy probable que la iglesia de Filipos ya fuera una comunidad cristiana crecida en número. Comenzó con la familia de Lidia (Hechos 16:15) y la del carcelero de Filipos (Hechos 16:33,34). La familia o casa la constituían en esa época los esposos, los hijos, los abuelos, los hermanos y sus proles, además de los sirvientes, si los había, es decir que eran aproximadamente unas 15 o 20 personas por oikos o casa. Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que esa iglesia comenzó con treinta personas. Si pensamos que cada año se sumarían dos familias –aunque de seguro fueron más-  al cabo de cinco años alcanzarían unas doscientas personas. 

2) A los obispos y diáconos. El concepto de obispo no es el concebido actualmente. Este “episkopos” es un líder encargado de servir a los hermanos y supervisar el desarrollo de la iglesia, conforme a lo señalado por la Palabra de Dios. Es muy probable que se refiera a los actuales “pastores” a cargo de un grupo de barrio o sector de la ciudad. Nótese que al escribir a la iglesia de la ciudad de Filipos, se dirige no a un solo obispo, sino a varios. También en el caso de los diáconos, la función era diferente a la actual. Hoy día muchas veces se les limita a ejercer responsabilidades administrativas, financieras o de servicio. Parece que en la primera iglesia, eran colaboradores en la dirección espiritual de la obra y no tan sólo encargados de “servir a las mesas”.

Teniendo claro ya los destinatarios de esta epístola, veamos quienes son los remitentes:

1) Pablo, nombre griego de Saulo de Tarso, israelita de la tribu de Benjamín, del partido fariseo, llamado por Jesucristo Resucitado a ser Apóstol de los gentiles. Además fue el fundador de la comunidad cristiana de Filipos cerca del año 50 d.C., durante su segundo viaje misionero. Escribe esta carta alrededor del año 61 d.C. en una prisión de Roma, con el propósito principal de agradecer a los cristianos de Filipos la ofrenda que ellos le enviaron.

2) Timoteo, discípulo del apóstol Pablo, hijo de madre judía y padre griego (Hechos 16:1). Originario de la ciudad de Listra, su madre se llamó Eunice y su abuela Loida (2 Timoteo 1:5). El vocablo Timoteo es una palabra griega que significa el que honra a Dios (timo Theus). Pablo le circuncidó, pues en aquella época había judíos celosos del rito y para que Timoteo fuese bien aceptado en esos círculos debió hacerlo. Acompañó a Pablo en sus viajes misioneros, existiendo relatos del año 49 d.C. donde se menciona. Timoteo representaba la primera generación de cristianos que no habían tenido relación directa con los hechos de Jesús. Conoció la Fe por medio del testimonio de su madre y de su abuela (2da Timoteo 1:5), judeocristianas.

Tanto Pablo como Timoteo, se presentan como “siervos de Jesucristo”, son esclavos del Kirios, el Señor, y servidores de todos los cristianos a quienes envían esta carta. No quieren ostentar títulos ni grados, sino tan sólo presentarse como siervos. Que todos nosotros podamos guardar el mismo sentimiento y actitud hacia nuestros hermanos y prójimos.

jueves, 18 de agosto de 2011

EFESIOS 6: GUERREROS VICTORIOSOS EN CRISTO.

"12 Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”

La vida cristiana es una lucha, una batalla o combate permanente, una verdadera guerra. Así lo dice la Biblia: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne”. De inmediato aclara que esta confrontación no es contra personas de carne y hueso. El enemigo o los enemigos no son el vecino que tira basura delante de mi puerta, el compañero de estudios que me hace “bulling” en el colegio, el jefe que me discrimina por ser cristiano o las personas que tratan de tentarme a que haga cosas que van contra nuestra moral. No, ellos no son los enemigos, son sencillamente los instrumentos o armas de combate que usa el “enemigo de nuestras almas” para sacarnos de nuestras casillas, para enojarnos y hacernos perder la paz, para que caigamos en aquello que nosotros sabemos no debemos ser débiles. Estos “tanques” que embisten contra los cristianos, con sus “dardos encendidos”, con sus bombas homicidas apenas son las incautas almas que ese enemigo malo, astuto y mentiroso, utiliza para debilitarnos.

No desestimemos la fuerza ni la organización del enemigo en esta guerra. Nótese, es más que un combate cuerpo a cuerpo, aislado, el que tendremos que enfrentar. Es una campaña completa, una guerra espiritual la que libramos diariamente los cristianos. La Escritura nos dice que “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad”. No son pocos estos enemigos y están muy bien organizados. Tal vez su principal estrategia de combate sea la invisibilidad. Y no me refiero a que no podamos verles, porque ciertamente son espíritus malignos, sino en esa persistencia en convencernos de que no existen. Por eso es que el Espíritu Santo nos recuerda siempre esta Palabra, que tenemos una lucha contra seres que no son de carne y hueso, de “carne y sangre”. Los veintiún siglos de cristianismo muchos cristianos han vivido ignorantes de esta realidad, burlándose del diablo y sus huestes, caricaturizándolos, pensando que son sólo imaginación y tema para literatura o películas de Harry Potter; bajándole el perfil a algo muy serio: hay un enemigo que controla y dirige huestes en contra de los santos. Su propósito es arrastrarnos al infierno o, a lo menos, debilitarnos e inmovilizarnos para que no cumplamos la misión que Jesucristo nos ha encargado, cual es sacar y salvar vidas de las tinieblas.

De acuerdo al presente Texto, el enemigo está organizado en los siguientes niveles:

1) Principados, son los príncipes o principales que ayudan a Satanás a cumplir sus planes en las naciones (Daniel 10:18-20)

2) Potestades, son los espíritus poderosos que permanecen en nuestro plano finito de realidad y se encargan de romper todo equilibrio. Son guardianes de las tinieblas (Colosenses 2:15)

3) Gobernadores de las tinieblas de este siglo, son los que mandan un territorio y están en operación en el sistema social, político, y cultural del mundo (Génesis 41:34)

4) Huestes espirituales de maldad, son los demonios que como soldados obedecen a los gobernadores de las tinieblas y atacan con: enfermedades, accidentes, tentaciones y todo tipo de calamidad a los humanos, en especial a los cristianos (San Marcos 1:23-26) 

Finalmente el Libro Santo declara que estos ángeles caídos o demonios, actúan “en las regiones celestes”. Tales regiones no son la dimensión de Jesucristo y Sus ángeles, es decir “los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3), sino una dimensión inferior, donde nos movemos los seres humanos con nuestros espíritus. Gracias a Dios que ya somos vencedores en Cristo, que estamos en una posición superior sentados con Él, y que tenemos las armas necesarias para vencer, a saber: 1) la Verdad del Evangelio; 2) la Justicia que nos trae la fe en Jesús; 3) la Paz, fruto del perdón de Dios; 4) la Fe en Jesucristo; 5) la Salvación eterna; 6) la Palabra de Dios; y 7) la oración en el Espíritu Santo.

lunes, 8 de agosto de 2011

EFESIOS 5: LUCES EN CRISTO.

Ágora o plaza pública de la ciudad de Éfeso.


“1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. 2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

3 Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; 4 ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. 5 Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. 6 Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. 7 No seáis, pues, partícipes con ellos. 8 Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz 9 (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), 10 comprobando lo que es agradable al Señor. 11 Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; 12 porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. 13 Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. 14 Por lo cual dice:

Despiértate, tú que duermes,
Y levántate de los muertos,
Y te alumbrará Cristo.”

En otro tiempo éramos de las tinieblas. En cierto modo éramos –como señala este texto-fornicarios, inmundos y avaros. El fornicario es aquél que practica el sexo en forma desordenada. Inmunda es la persona de pensamientos y actos sucios. El avaro es un egoísta que sólo piensa en sí mismo y nunca comparte con el prójimo. Desde el punto de vista espiritual, fornicario es aquél que no es fiel en su amor a Dios; inmunda es una persona sin santidad; avaro es alguien sin amor al prójimo ni a Dios. Un inconverso es alguien que no ha entregado su vida a Jesucristo, por tanto su corazón  no es fiel a Dios, tampoco busca ni aprecia la santidad, ni practica el amor al prójimo. Perfectamente podemos decir que es, espiritualmente, un fornicario, inmundo y avaro.

Al avaro, el Espíritu Santo lo consigna como idólatra, ya que tal persona ha hecho de sus pertenencias (cosas, dinero, personas, talentos) verdaderos dioses. Todo su corazón está puesto en ellos y no en el Dios verdadero.

El reino de Cristo, que es un Reino de Luz y no tinieblas, no tiene cabida para fornicarios, inmundos ni avaros. La persona que se convierte al Señor, abandona toda fornicación sexual o espiritual; toda inmundicia de cuerpo o alma, y toda avaricia e idolatría. Es el Espíritu de Santidad quien le guía en esa dirección, impulsándole a dejar el pecado en todas sus expresiones. Ciertamente el Espíritu nos habita y genera en nosotros, los cristianos, una nueva forma de pensar, sentir y actuar. Pero esto requiere de una actitud, una disposición, un deseo y esfuerzo por cambiar. De allí las palabras de exhortación:

“Despiértate, tú que duermes,
Y levántate de los muertos,
Y te alumbrará Cristo.”

Ya no somos de las tinieblas, por lo tanto no debemos comportarnos como ellos, sino como hijos de luz. De lo contrario es que aún estamos muertos en delitos y pecados, o que estamos dormidos a la fe.

Los discípulos de Jesucristo estamos llamados a andar en amor; abandonando toda fornicación, inmundicia y avaricia; sin siquiera nombrarlas porque es vergonzoso; dejar de pronunciar palabras deshonestas; dejar las necedades del mundo, sus truhanerías; vivir con acciones de gracias; dejar la idolatría; no participar con las tinieblas sino más bien reprenderlas; ser luz en el Señor, andando como hijos de luz, en bondad, justicia y verdad.

En el aspecto negativo, los discípulos de Jesucristo debemos: 1) abandonar la idolatría; 2) no participar con las tinieblas sino más bien reprenderlas; 3) dejar toda fornicación, inmundicia y avaricia; sin siquiera nombrarlas porque es vergonzoso; 4) dejar de pronunciar palabras deshonestas; 5) dejar las necedades del mundo y sus truhanerías;

En el aspecto positivo, estamos llamados a: 1) andar en amor; 2) vivir con acciones de gracias; 3) ser luz en el Señor, andando como hijos de luz, en bondad, justicia y verdad. ¡El Señor nos ayude!
 

jueves, 21 de julio de 2011

EFESIOS 4: CAUTIVOS EN CRISTO.


Teatro de Éfeso

“7 Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. 8 Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.”

El Espíritu Santo revela al Apóstol el significado de las palabras escritas en el Salmo 68:17,18, que dice: “Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares; El Señor viene del Sinaí a su santuario. / 18 Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste dones para los hombres, Y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios.” ¿Cómo es eso de  “cautivaste la cautividad”? Él está cautivo de Dios, encerrado en una cárcel física y sometido a un Rey espiritual. Él, mejor que nadie, entiende lo que es vivir en cautividad.

El pueblo de Israel había estado cautivo 400 años en Egipto, trabajando como esclavos para el Faraón. Siglos después, Jerusalén, en el 607 A.C., fue sitiada por el ejército babilonio de Nabucodonosor II, hasta que en el año 537 el rey Ciro los dejó en libertad. Pasaron 70 años en el cautiverio. Los judíos sí que sabían de cautividad. Sufrieron muchas humillaciones, de las que aprendieron el valor de la libertad, como también a guardar su confianza en el Dios que liberta.

Pero nada hay peor que estar cautivos del pecado, vivir en ignorancia de Dios es la mayor pena para un ser humano. ¡Y qué desolador es vivir sintiéndose culpable, siempre acusado por la conciencia de que hizo mal, ofendió, fue una persona mala con el prójimo o que está atentando contra Dios! Hay quienes niegan al Creador para dejar de sentir esa culpa pero esto es imposible ya que Él mismo escribió Su Ley en nuestras conciencias, seamos creyentes o no. Esos que dicen ser ateos tienen en su interior grandes dudas y quizás son los más creyentes, puesto que se preocupan de declarar siempre su ateísmo o agnosticismo. Es muy lamentable que la existencia de una persona transcurra sumida en el egoísmo, pensando sólo en su propia satisfacción y provecho, sin jamás dar amor a su prójimo. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El Señor no es indiferente al ser humano, sino que está preocupado de él, tiene misericordia del impío, lo ama, aunque éste no lo reconozca. Una vida sin fe es una vida sin convicción, sin revelación espiritual, sin confianza, una vida de inseguridad. Así viven el hombre y la mujer sin Dios, cautivos de la inseguridad, la culpa, el egoísmo y la ignorancia. Cristo vino a salvarnos de esa cautividad, “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad”.


martes, 5 de julio de 2011

EFESIOS 3: PRISIONEROS EN CRISTO.

“1 Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles”

Pablo, preso en una casa en Roma – en “arresto domiciliario” diríamos hoy día – se considera preso por Jesucristo, por causa de predicar el Evangelio a nosotros, los gentiles. ¿Podemos decir como el Apóstol que estamos “presos” por la causa de Jesucristo? Muchas veces somos prisioneros de nuestras preocupaciones personales, estamos más ocupados en proteger nuestra salud, atender a las necesidades de hijos y cónyuges, que a la comisión que el Señor nos ha encargado. También podemos estar presos de un vicio, una mala costumbre o deudas contraídas; de una ideología política o de prejuicios religiosos.

Desde aquel glorioso día en que recibimos la Palabra del Evangelio, cuando abrimos la puerta a Jesucristo en nuestra vida y le aceptamos como Salvador y Señor, fuimos libertados de la esclavitud del diablo. Antes éramos presos de Satanás, estábamos dominados por el pecado y no éramos felices, ya que arrastrábamos una conciencia culpable. Llegó la libertad a nuestra vida, conocimos la Verdad y esta Verdad nos rescató de las tinieblas, del pecado y del mundo. ¿Por qué, entonces, dice San Pablo que es “prisionero de Cristo Jesús”?

La relación que debe haber entre un cristiano y su Señor es la de un súbdito. No es que Jesús esté a nuestro servicio, para atender a todas las necesidades por las que le pidamos en oración; no es que Él esté obligado a darnos protección; tampoco es que Él nos necesite para ser adorado y satisfacer alguna egolatría “divina”; sino que somos Sus discípulos quienes nos ponemos a su servicio, para atender a Sus demandas, quienes le tratamos como al Amo de nuestras vidas, y le adoramos porque Él se merece nuestra gratitud y adoración. Desde este punto de vista somos Sus esclavos, prisioneros de Cristo Jesús.

lunes, 6 de junio de 2011

EFESIOS 2: LA UNIDAD DE LOS PUEBLOS EN CRISTO.

Biblioteca de Celso en Éfeso.

“11 Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. 12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. 13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. 14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, 16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.”

El Apóstol recuerda a sus destinatarios, los habitantes de la ciudad de Éfeso, en la actual Turquía, que antes de que se convirtieran al cristianismo ellos eran llamados “gentiles”. Esta palabra significa “gente” que no es judía. Para el pueblo judío la humanidad se dividía en dos grandes grupos humanos: el pueblo escogido por Dios y el resto del mundo. ¿No tenemos hoy en día esta misma visión del ser humano? Hablamos de los cristianos y los no cristianos (a veces utilizamos términos como “inconversos”, no creyentes o unos tan despectivos como “paganos”). Para algunos, los cristianos se dividen en católicos y protestantes. Según el lado en que uno se ubique, podrá decir los verdaderos y los “herejes”. Otros dicen “los hermanos separados”. Al leer este Texto nos da la impresión de que el sentir del Espíritu Santo es muy diferente. Los judíos se circuncidaban, desde los tiempos de Abraham, como una señal en su carne de que eran del pueblo escogido por Dios. Quienes no tenían esa señal eran llamados sencillamente “incircuncisos”. Los islámicos suelen llamar “infieles” a los que no creen en Alá ni siguen a Mahoma. En un mundo global como el que habitamos ¿seguiremos teniendo estas odiosas distinciones?

Describe San Pablo la condición en que se encontraban los llamados “gentiles” antes de que les fuese anunciado el Evangelio: 1) Vivían sin Cristo, pues nunca habían oído hablar del Evangelio ni de Su sacrificio por la Humanidad, eran ignorantes de Él pero no se les puede hacer responsables de ello, pues nadie les predicaba; 2) Estaban totalmente “alejados de la ciudadanía de Israel” -es interesante hacer notar que la ciudadanía al pueblo de Dios es espiritual, es decir que usted puede no ser de sangre judía pero pertenecer por su fe a ese pueblo-; 3) Eran “ajenos a los pactos de la promesa”, no tenían conocimiento de los pactos hechos entre Dios y los hombres como Noé, Abraham, Moisés, ni de las promesas de salvación y de un Mesías, dadas por medio de los profetas; 4) Carecían de la esperanza cristiana, una vida eterna junto a Dios, pues no habían conocido aún la salvación; y 5) Estaban “sin Dios en el mundo”

Pero ya convertidos a Cristo Jesús, los que en otro tiempo estaban lejos, del pueblo judío se entiende, ahora se han acercado por la acción de Jesús en sus vidas. Les dice Pablo a los Efesios “habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” Nos dice el Espíritu Santo a nosotros “habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” Esto puede entenderse de dos maneras: a) Cristo nos acercó al Padre, al morir por nosotros y lavar nuestros pecados con Su sangre; y b) el Salvador y Señor nos ha hecho parte de la familia de Dios y ahora somos hermanos del pueblo judío.

¿Quién es nuestra paz? Jesucristo, el Hijo de Dios, el Intermediario entre Dios y los hombres, nuestro Sumo Sacerdote intercesor ante el Padre. Su obra en la cruz es una obra de paz. Siempre estamos muy dispuestos a creer que Jesucristo nos ha acercado a Dios Padre, que nos ha reconciliado con Él, pero muy pocas veces aceptamos que Su voluntad es unirnos a otros hermanos. Actualmente muchos cristianos piensan que su iglesia es la que tiene la correcta doctrina y sigue el dogma verdadero, catalogando de herejes, falsos cristianos, y otros epítetos similares a los que no están en sus filas. Los judíos fariseos, saduceos, maestros de la Ley y fervientes hebreos de Yahveh, menospreciaban a los gentiles y fue muy difícil el proceso de aceptación de ellos en la Iglesia de los primeros tiempos. Mas en esa época ambos pueblos se asimilaron, en cambio hoy día nos separamos por ideología o definiciones diferentes de la fe cristiana. Si Cristo es nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno ¿querrá Dios que nosotros seamos tan intransigentes y no aceptemos a Sus hijos de otros colores o pensamientos?

lunes, 30 de mayo de 2011

EFESIOS 1: LOS LUGARES CELESTIALES EN CRISTO.

“3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, / 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, / 5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, / 6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”

El Espíritu Santo nos invita a todos los cristianos, en esta carta de San Pablo, a bendecir a Dios por Su gran bondad. Lo llama el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. De tal modo que, si Jesús es nuestro Amo, Dueño y Señor, entonces Su Padre es también nuestro Padre.

Este Padre amoroso está muy satisfecho y complacido por la obra de Su Hijo, al punto que además nos bendice a nosotros como al Primogénito de toda creación: “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. El Hijo ocupa un lugar importante, el más elevado dentro de la creación, en los lugares celestiales. Y nosotros, como hemos sido redimidos por Él y somos Sus seguidores, también tenemos reservado ese lugar para nosotros, no en tal nivel de señorío pero sí dentro de los llamados “lugares celestiales”.

Actualmente habitamos en la Tierra, un planeta ubicado dentro del universo creado por Dios. Podemos decir que vivimos en “lugares terrenales”. Tal nominación no aparece en la Biblia, mas por ser lo contrario a celestial, bien podríamos llamar terrenal al lugar que ocupamos ahora. En esta tierra somos bendecidos cada día por el Buen Dios, con alimentos, vestuario, habitación, salud, esposa, hijos, trabajo y sobre todo la salvación. Sin embargo el Apóstol dice que Dios “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”

Aunque viajáramos muy lejos por este universo, jamás encontraríamos esos “lugares celestiales” en esta creación material, pues ellos corresponden a una creación espiritual, otro nivel o dimensión de lo creado por Dios. Algunos hombres santos pudieron ver o ser trasladados a esa dimensión. San Pablo la nombra como “tercer cielo”, ya que el primero es el que vemos durante el día, el segundo es el cosmos que vislumbramos en las noches, mas hay otro cielo o cielos que están más allá de esta creación.

En esos “lugares celestiales”, de naturaleza sobrenatural, fuimos bendecidos por el Padre. Allí recibimos “toda bendición espiritual”. Dios nos pensó a cada uno de los cristianos antes de la fundación del mundo, porque Él es Eterno y Omnisciente. En esa eternidad nos bendijo. Y lo hizo para que fuésemos bendecidos “en los lugares celestiales en Cristo” con el propósito de que “fuésemos santos y sin mancha delante de él”. De este modo nos sumaríamos a la multitud de seres celestiales que le adoran en el cielo. Sin embargo la calidad de nuestra alabanza será mejor que la de los ángeles porque nosotros provenimos de lo más bajo de la tierra, hemos sido rescatados del pecado y la tiniebla, de las garras de Satanás, redimidos por la sangre de Su Hijo, y le adoramos como pecadores arrepentidos.

“Toda bendición espiritual” se refiere a capacidades y dones dados por Dios en el aspecto espiritual: las virtudes de Jesucristo, los poderes de Jesucristo y el amor y espíritu de Jesucristo. “Toda bendición espiritual” es que Él nos escogiera para ser parte del Cuerpo de Cristo, que nos justificara, redimiese, salvase, renovara, transformase y santificase “para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”. “Toda bendición espiritual” es que se haya propuesto llevarnos al más elevado lugar de Su creación junto a Su Hijo “para alabanza de la gloria de su gracia”. Es por ello que dice “que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”.

Hemos sido bendecidos “en” Cristo. Estamos dentro de Cristo, desde el momento que pasamos a ser células de Su mismo Cuerpo. No es poca cosa ser parte de la Iglesia, no es una cuestión de palabras decir que ésta es el “Cuerpo de Cristo” o que ésta es Su Esposa, la novia del Cordero. Desde el momento en que morimos a nuestra vieja vida y nos entregamos a Cristo, Él nos mete dentro de Sí y ya estamos “en Cristo” para eternidad “a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.” Fuimos creados y rescatados “para alabanza de la gloria de su gracia”, para unirnos a los coros celestiales y proclamar en Su creación que Él es Santo, Misericordioso y Justo. Somos la Iglesia creada y rescatada para adorar en lugares celestiales.

viernes, 6 de mayo de 2011

GÁLATAS 6: JUZGADOS EN LA GRACIA.



“1 Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”

Casi al término de su epístola, el Apóstol advierte “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”. ¿Quién no comete alguna falta alguna vez? Puede ser que un hermano esté cometiendo pecado en secreto, pero de pronto sea “sorprendido”. ¿No somos a veces “pillados” en mentira o en hipocresía? Cuando eso nos sucede nos da mucha vergüenza, porque sabemos que son conductas que a Dios le desagradan. Ya la vergüenza es un castigo para nosotros, quedar en evidencia.

“Vosotros que sois espirituales” nos dice San Pablo, apelando a la misericordia de Dios, la que anima al Espíritu Santo que vive dentro de cada cristiano. Si no somos carnales, sabremos actuar con espíritu comprensivo, perdonador, restaurador. “Vosotros que sois espirituales, restauradle”. Un hermano ha sido sorprendido robando de las finanzas de la Iglesia. Ese hermano ha de saber que ese comportamiento es muy malo, pues son los dineros que los hijos de Dios han entregado de todo corazón para el Señor, para sostener Su Casa y Su obra. No ha robado a los hombres, no ha robado a unja organización, sino que ha robado a Dios. Ha de sentir el hermano todo lo grave que es su mala acción. Pero esa sanción verbal debe ser hecha con mansedumbre. Aunque no justifica nada tal conducta, debe pensarse y escuchar las razones por las cuales él llegó a actuar así. Habrá que restaurarle. ¿Cómo? 1) Que tal discípulo reconozca su falta contra el Señor y Su Iglesia; 2) Que pida perdón con sinceridad; 3) Que reciba el amor misericordioso y restaurador de la Iglesia; 4) Que se rehabilite reponiendo el dinero en un plazo justo. Para cada situación, sea robo, adulterio, mentira, irrespeto, desobediencia, etc, debemos actuar bajo el mismo principio: “si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”

No juzguemos desde la perfección. No seamos dueños de la Ley. No nos sentemos en el sillón del Juez, sino que pongámonos en el lugar del acusado. ¿No es eso lo que hace un abogado? El Espíritu Santo Consolador es como un abogado que nos defiende ante Cristo. Dice el Espíritu: “considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Todos podemos caer tan bajo como el hermano que yerra el blanco. “El que está libre de culpa, que lance la primera piedra” dijo una vez el Señor. Jesucristo es nuestro abogado defensor ante el Padre. Dios no mira nuestro pecado, sino el corazón misericordioso de Su Hijo. Del mismo modo debemos actuar con el que peca en la Iglesia. ¡Cuántas veces el tribunal eclesiástico es demasiado duro y legalista para con el pecador! Todo ser humano merece otra oportunidad: “Ni yo te condeno. Vete y no peques más”.

Al juzgar considérate “a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Y la gran tentación puede ser ponerte en el lugar de Dios, juzgar y condenar. No sea que te condenes a ti mismo. La Gracia ha de ser el espíritu de todo comportamiento y relación en la Casa de Dios. En definitiva, esto es lo que nos enseña la carta a los Gálatas.

martes, 12 de abril de 2011

GÁLATAS 5: LIBERTADOS POR GRACIA.


“1 Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. / 2 He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.”

Cristo nos ha libertado de la condenación eterna. ¡Alabado sea Jesucristo! En la cruz del monte de la Calavera, Él sufrió lo indecible por nosotros. El propósito de Su muerte fue pagar el precio de nuestros pecados y liberarnos para siempre del Infierno y la condenación. Desde el momento que hacemos nuestra la muerte de Jesús en la cruz, somos libertados del pecado, de la culpa, de la condenación, del dominio de Satanás y del Reino de Tinieblas.

Si Él nos hizo libres ¿por qué habremos de esclavizarnos nuevamente? Debemos mantenernos firmes en “la libertad con que Cristo nos hizo libres”. Si Dios nos ha liberado del pecado ¿por qué seguir pecando?; si Él perdonó nuestros pecados ¿para qué seguir culpándonos por lo que hicimos hace ya tanto tiempo atrás?; si el Señor olvidó aquello malo que hicimos antaño ¿seguiremos recordando nuestra maldad?; ¿para qué seguir sintiéndonos culpables si tenemos la posibilidad de arrepentirnos y ser perdonados? La sangre que Cristo derramó en la cruz tiene todo el poder para lavar la conciencia de todo pecado. Si insistimos en seguir pecando, culpándonos por algo que ya pasó, recordando nuestras maldades, sintiéndonos culpables y no queriendo recibir de Dios la gracia de Su perdón, es que aún somos unos orgullosos, que nos hemos arrepentido ni reconocido a Jesús como Salvador y Señor. Todavía no valoramos el sacrificio perfecto y misericordioso del Calvario.

“No estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.” Continuar creyendo en un dios castigador, que no perdona sino que todo lo cobra “ojo por ojo y diente por diente, y que nos obliga a cumplir una ley que jamás podremos cumplir totalmente, es porfiar en nuestra religiosidad y despreciar el camino de Jesucristo. Él marchó hacia la cruz para liberarnos de esa antigua forma de creer; El abrió un camino nuevo hacia el Padre; Él tuvo misericordia de nosotros y nos mostro al Dios de amor. ¡No le despreciemos!

Ciertamente la salvación es un regalo y es de gente educada y noble de corazón jamás rechazar un regalo. No rechacemos el regalo que Dios nos ha ofrecido con tanto amor: a Su Hijo Jesucristo.

Cuando los judíos insistían en seguir guardando la ley ritual y circuncidarse para ser salvos, estaban rechazando a Dios y despreciando a Jesucristo, el Regalo del Padre, queriendo relacionarse con la Divinidad todavía con sus propias obras. ¡Cuántos cristianos de hoy hacen lo mismo! Se apegan a sus tradiciones religiosas, quieren salvarse a sí mismos por sus propios méritos y obras, no aceptan el sencillo camino de la fe y quieren hacer valer sus opiniones personales. Si Pablo estuviese ahora mismo con ellos, les diría lo mismo que a los judíos de esa época: “He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.” Si desobedecemos a Dios siguiendo formas religiosas y tradiciones humanas, aunque nos llamemos cristianos, de nada nos aprovechará Cristo

lunes, 28 de marzo de 2011

GÁLATAS 4: HEREDEROS POR GRACIA.

"1 Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; / 2 sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. /3 Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. /4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, /5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. /6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! /7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.”


El primer ejemplo que nos da San Pablo es más comprensible para quien habita en una sociedad esclavista. La esclavitud se ha abolido en nuestra civilización hace ya bastante tiempo, aún cuando todavía hay tráfico de esclavos en algunos países africanos mas esto es ilegal. Sin embargo hay otro tipo de esclavitudes que sobreviven en el tiempo. Con las distancias que corresponden vamos a considerar al esclavo como al empleado o criado, y al hijo del esclavo como si fuese un hijo de la criada. Leamos:

“ 1 Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo;” Se nos presenta aquí el hijo del dueño de casa, cuidado por los criados junto a todos los demás niños. No hay diferencia entre los niños del patrón y los de la empleada. En aquellos tiempos de esclavitud sucedía igual. El niño, aunque fuese hijo del dueño de casa, debía obedecer al esclavo que estaba a cargo de él. A ese esclavo se le nombraba “pedagogo”. Hoy en día es el nombre dado a los maestros de escuela. También sucede en la sala de clases, que los alumnos deben obedecer a su profesor como si fuera su padre o madre.


Volvamos al Texto: “2 sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre.” El tutor es aquella caña o estaca que se clava al pie de una planta para mantenerla derecha en su crecimiento. Por esa característica de sostenedor y ayuda al crecimiento, en esa época se llamaba tutor al profesor privado que se encargaba de la educación general de los hijos de una familia. Los padres estaban ocupados en sus negocios y las madres en labores domésticas, en tanto el tutor se dedicaba a la formación de los niños.


En cuanto a los curadores, se trataba de las personas elegidas o nombradas para cuidar de los bienes o negocios de un menor, o de quien no estaba en estado de administrarlos por sí. Tal cuidado, sea el de tutores, sea el de curadores, tenía un plazo de término. Dado el ejemplo, San Pablo explica: “3 Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.” La vida que llevábamos antes de conocer a Jesucristo equivale a ese período de infancia, bajo el cuidado de empleadas y profesores. La vieja vida es nuestra infancia, al contrario hoy es nuestra madurez.


No podíamos vivir así, en ignorancia, en dependencia, sometidos a una gran cantidad de normas que a veces no entendíamos pero que debíamos cumplir, sencillamente porque hay que obedecer a los mayores. De modo que esa etapa tuvo un término. “4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” Cuando se cumplió el tiempo señalado por Dios, conocimos al Hijo de Dios, Jesucristo hijo de María y educado en la Ley. Igual que los hijos de los esclavos, igual que los hijos de los criados o empleadas, Él recibió la misma educación, fue formado en la Ley. Pero Él tenía una misión: liberar a los esclavos de su esclavitud del pecado y el diablo. Por ellos murió en la cruz, lo que permitió que fuesen perdonados por Dios y adoptados como hijos por Él, con iguales derechos que Su Hijo Jesucristo.


Por lo tanto, quienes antes éramos esclavos de preceptos no siempre verdaderos, esclavos de prejuicios, esclavos de ideas falsas, esclavos de nuestras propias pasiones, esclavos de nuestras culpas y traumas, quienes éramos esclavos del pecado, del diablo y del mundo, ahora ya somos libres. Y no sólo eso, antes éramos hijos de la esclava, mas hoy hemos sido adoptados por el Padre como hijos legítimos. “6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” La presencia del Espíritu Santo en mi corazón es la mayor evidencia que ahora soy hijo de Dios.


Por eso dentro de cada cristiano auténtico, el Espíritu dice: ¡Papito, Papá! Concluye el Sagrado Texto: “7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.” Como todo hijo, tenemos derecho a recibir la herencia que Él nos ha legado. ¿Cuál es esa herencia? ¡Enorme fortuna! Comienza con la salvación eterna de nuestras almas, continua con la santificación de nuestras vidas, sigue con la sanidad y los miles de promesas que Él ha dejado estampadas en Sus dos Testamentos. ¡Hagamos nuestra y disfrutemos la herencia!


viernes, 18 de marzo de 2011

GÁLATAS 3: JUSTIFICADOS POR SU GRACIA.


“21 ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. / 22 Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.”

Cuando la Escritura habla de la Ley podemos entenderla de varias maneras: 1) Se refiere a los 10 mandamientos entregados por Jehová a Moisés en el monte del Sinaí; 2) Se trata de todos los mandatos, tanto morales como rituales, entregados al pueblo hebreo y llamada Ley mosaica, que incluye los 10 mandamientos; 3) La totalidad de preceptos, normas, mandamientos y estatutos dados por Dios en la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento; o 4) Cualquier regla externa dada por la religión al ser humano.

En este caso la Biblia dice: “21 ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley.” Entendemos que se trata de toda la Ley mosaica, la cual fue entregada al pueblo de Dios para encaminarlo hacia la salvación que es en Cristo. Ellos aún no veían al Salvador, si bien es cierto esperaban al Mesías; pero podían cumplir ese conjunto de normas éticas, religiosas y hasta higiénicas, dadas por Dios, para agradarlo y sentirse perdonados por Él.

Dios mismo le había entregado al pueblo judío Su Ley. Ellos procuraban cumplirla y amaban esa Ley como expresión de Él, pero en algún minuto se desviaron y privilegiaron la Ley por sobre el Autor de ella. Nos preguntamos ¿Qué es más importante: la Palabra de Dios o Dios mismo? Tal vez dudemos en nuestra respuesta… Más claro: ¿qué está primero: la Biblia o el Autor de la Biblia? Evidentemente Dios es el más importante en nuestra fe. La Biblia no es contraria ni a las promesas de Dios ni a la fe en Jesucristo, pero la Biblia no es la que nos vivifica pues, si así fuera, nuestra salvación sería por la lectura del Libro Sagrado. Entiéndase bien: la salvación la recibimos por el Autor de la Biblia, quien es, como dice la Escritura, “Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2)

La Ley era importante para el pueblo escogido; aún más, es importante también para nosotros, los gentiles, pero sólo en aquellos aspectos que apunten a nuestro desarrollo espiritual interno. La Ley mosaica tenía muchos ritos que apuntaban a Cristo y que luego, con su advenimiento, caducarían para dar lugar a otro sistema: la Gracia. Ya no necesitamos circuncidarnos, ni guardar determinados días, ni hacer abluciones y otros actos sagrados para obtener perdón y ser reconciliados con Dios. Basta solamente la acción salvadora, redentora, justificante, santificadora, que hizo Jesucristo por nosotros en la cruz del Gólgota. Si nos reconocemos pecadores y tenemos fe en Él y Su sacrificio expiatorio por nuestras culpas, somos salvos.

El Apóstol Pablo dice que “la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.” Esta palabrita “pecado” que tanto molesta a los humanos de hoy, que se procura borrar del vocabulario, que se la considera muy dura, humillante o injusta, resulta ser un término favorito del Evangelio. Aparece 386 veces en la Biblia contra 217 que figura la palabra amor, es decir 169 veces más. Pecado definido por la misma Escritura es “transgresión de la ley” (1 Juan 3:4) “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley.” (Biblia de las Américas) Para poder calificar una acción como infracción, es preciso tener una medida o vara, un reglamento o ley. Para que el ser humano pueda identificar el pecado es necesario que conozca la Ley. Jesús hizo un breve resumen de la Ley cuando dijo: “37 …Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. / 38 Este es el primero y grande mandamiento. / 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. / 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (San Mateo 22:37-40) San Pablo citó en una de sus cartas estas palabras (Gálatas 5:14) La palabra pecado responde a una realidad que hasta el día de hoy vivimos los humanos: no estamos obedeciendo a Dios sino que actuamos contra Su voluntad. ¡Por eso está tan mal el mundo! Dicha palabra ofende al orgullo humano, hiere su vanidad y autonomía, pone justo el dedo de Dios en la yaga del hombre y la mujer, su falta. Pecado es algo más que un error, es una infracción contra Dios.

El versículo termina con estas palabras: “para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.” Todo en la Biblia, como en la vida, tiene un por qué, una razón de ser, un propósito. ¿Para qué la Ley? Para mostrarnos que somos pecadores. ¿Para qué hablar tanto de pecado y pecados y pecadores? Para que por fin reconozcamos nuestra condición y nos declaremos desesperados: ¡¡¿Qué haremos?!! ¿Para qué provocar esta desesperación? Para que nos sea declarada la promesa de la fe, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo; / porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9,10)

Ninguna obra humana, por más buena y honesta que sea, puede justificar al hombre porque la naturaleza de éste está corrompida por el pecado; es evidente, entonces que requerimos la acción salvadora de un agente externo al universo, Santo, sin mancha, Perfecto, que nos vuelva a hacer justos, como lo fueron nuestros primeros padres Adán y Eva. Sólo Jesucristo puede limpiarnos del pecado de orgullo, incredulidad y rebelión; sólo el Hijo de Dios puede salvarnos de eterna condenación; sólo el Señor puede transformarnos en nuevas criaturas. Esto sólo requiere que nos abandonemos a la fe pues “ … por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11)

viernes, 11 de marzo de 2011

GÁLATAS 2: ACEPTADOS POR SU GRACIA.

Jesús cena con pecadores.


“6 Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron.”

Lo que un cristiano haya sido antes de su conversión no nos debe importar mucho. No podemos vivir pensando en el pasado de pecado e incredulidad de alguien, sino más bien alegrarnos de que esa persona fue salvada de esa vida de tinieblas y ahora es alguien de bien con una esperanza eterna. Quizás es interesante saber el pasado de un cristiano para dimensionar el gran cambio que ha habido en su vida, lo maravillosa que es la obra redentora y santificadora del Señor, el testimonio de Jesucristo en la vida de un hombre, pero como dice el Apóstol: “lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas”

No debería importarnos tanto si un hermano o hermana fue antes de conocer a Jesucristo un ladrón, asesino, borracho, drogadicto, prostituta, travesti, jugador, brujo, lujurioso, estafador o ejercía algún tipo de actividad pecaminosa. Dios, en Su bondad y misericordia, igual los amó y los salvó. Nosotros comúnmente no hacemos eso con el pecador, sino que lo juzgamos, lo despreciamos, aborrecemos y lo hacemos ya en el Infierno. ¡Cuánto amor necesitamos desarrollar en nosotros para con los hombres y mujeres que están en tinieblas! ¿Deseamos que los asesinos, estafadores y ladrones sean capturados y encarcelados para siempre, o queremos que ellos se conviertan a Jesucristo para que sean transformados? ¿Sentimos rabia, menosprecio y asco cuando nos encontramos por la noche con un travesti prostituyéndose en una esquina de la ciudad, o nuestro sentir es de conmiseración y misericordia por su alma perdida?

“Dios no hace acepción de personas” ha dicho San Pablo. Este término que se ha traducido como “acepción” significa, según la Real Academia Española de la Lengua, “Acción de favorecer o inclinarse a unas personas más que a otras por algún motivo o afecto particular, sin atender al mérito o a la razón.” Los seres humanos, sean los incrédulos o los cristianos carnales, actuamos de esa manera injusta; favorecemos a algunos y a otros los rechazamos, sea porque nos agradan, porque aspiramos algún favor de ellos, porque les estamos en deuda o sencillamente por prejuicio. Así para un trabajo alguien prefiere contratar a un amigo o familiar; o una autoridad actuará con más dureza con un extranjero o quien tiene un color de piel diferente o es de otro sexo.

Nuestro amoroso Padre Celestial no actúa de este modo porque Él no es humano sino Divino. “Dios es amor”, “el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” (1 San Juan 4:8; 1 Timoteo 2:4) Tampoco posee el Señor prejuicios sociales como muchos de nosotros que rechazamos a los pobres o a los ricos y nos inclinamos más por la clase media. Dios no es arribista, dedicándose más a los de la clase alta; tampoco es un revolucionario que sólo defienda a los pobres; porque Dios no es clasista. Él no mira el mundo con los lentes nuestros sino con un corazón de Padre. Por eso llamó al ministerio a hombres tan disímiles como el pescador Pedro, el recaudador de impuestos Mateo, el médico Lucas y el intelectual Pablo. Si “Dios no hace acepción de personas” ¡Líbranos Señor de actuar con favoritismos con el prójimo!

(Para no malinterpretar a San Pablo, analicemos estas palabras: “Pero de los que tenían reputación de ser algo… a mí… nada nuevo me comunicaron.” Los once Apóstoles nombrados por Jesucristo tenían el prestigio y la estima de toda la comunidad cristiana de esa época; eran considerados los portadores auténticos del Evangelio, que habían compartido con Jesús Hombre y luego con Jesús Resucitado. San Pablo, nombrado apóstol por Jesús Glorificado, tuvo largas charlas con los apóstoles Pedro, Jacobo y Juan; y llegó a la conclusión que existía una perfecta concordancia entre lo que el Señor enseñó a ellos con lo que le reveló a él. Por eso dice “… nada nuevo me comunicaron.” La mirada de San Pablo es totalmente coincidente con la de San Pedro. Ambos predican el mismo Evangelio: el Evangelio de la Gracia de Dios)







jueves, 3 de marzo de 2011

GÁLATAS 1: PERDONADOS POR SU GRACIA.

Ubicación de Siria en el Medio Oriente.

Mapa Topográfico de Turquía.


“13 Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; / 14 y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. / 15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, / 16 revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, / 17 ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco. / 18 Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días; / 19 pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor. / 20 En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento. / 21 Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia, / 22 y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; / 23 solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. / 24 Y glorificaban a Dios en mí.”

El apóstol Pablo antes de convertirse y de comenzar su ministerio en Antioquía, era conocido como Saulo de Tarso. Era un judío de la tribu de Benjamín, discípulo de “un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo,” (Hechos 5:34) Fue un encarnizado y furioso perseguidor de los primeros cristianos, hasta llegar a consentir el asesinato del primer mártir de la Iglesia, Esteban. “Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel.” (Hechos 8:3)

El Apóstol reconoce en esta carta dirigida a los hermanos de Galacia, su conducta judía acorde con las tradiciones de sus padres, las que practicaba con gran celo. La fe ciega, sin considerar la dignidad de la persona humana, puede llevarnos a extremos fanáticos y a actuar en contra de Dios mismo. Sin duda Saulo de Tarso tuvo que pedir perdón y arrepentirse de haberse opuesto a Dios y Su Evangelio. El Señor le dijo algo así como “Al perseguir a los cristianos estás dañándote a ti mismo, igual que el caballo que pega patadas al aguijón”. El apóstol fue obediente a la visión celestial y siguió al llamado de Jesucristo, entendió que había sido apartado por Dios desde el vientre de su madre. ¡Quién mejor que él, perdonado de tanto daño hecho a la Iglesia, como para reconocer la misericordia de Dios! Desde el comienzo comprendió la gracia del Señor, supo el significado que ésta tiene en la salvación del hombre. Por eso dice “me apartó, y me llamó por su gracia”

El Espíritu Santo reveló a Jesucristo en Saulo de Tarso, que llegó a ser el Apóstol Pablo. Esta revelación comenzó en el camino a Damasco, continuó en Tarso y Arabia, y se completó en Antioquía, donde comienza el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó: “que yo le predicase entre los gentiles”. Tal misión le fue dada por el mismo Señor. He aquí una de las pruebas de que él es un verdadero apóstol. Nos cuenta: “ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.” Lo señala no por orgullo sino para demostrar que su misión no le fue encomendada por hombre alguno sino por el mismo Hijo del Hombre.

Posterior a su viaje a Arabia y Damasco, acudió recién a la ciudad santa de Jerusalén para visitar al Apóstol Pedro. Con él estuvo quince días; ¡qué de cosas conversarían! ¡Cuántas preguntas le haría Pablo a Pedro, acerca de la Persona del Maestro! También el Pescador escucharía de San Pablo las últimas revelaciones del Señor. Indudablemente fue el encuentro de dos gigantes de la fe. A ningún otro apóstol vio, “sino a Jacobo el hermano del Señor.”

Después de visitar a San Pedro, fue a las regiones de Siria y Cilicia, actual Turquía (ver mapas). Nadie le conocía en persona aún, en las iglesias cristianas de Judea; solamente habían oído decir que “Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba.” Tal cosa les impulsaba a dar gloria a Dios, el Único capaz de volver a sus enemigos en verdaderos amigos. No como los seres humanos sin Cristo, que jamás perdonan y odian a sus enemigos, nunca les aman y menos los convierten en amigos, salvo que sean unos hipócritas. Pero Dios no es hipócrita y Sus sentimientos y valores son verdaderos. Él llama lo que no es como si fuera y vuelve las tinieblas en luz.

Cuando los hombres vemos a un pecador que ahora dice creer en Jesús, no le creemos del todo. Si encontramos a un hombre que era malo, egoísta, dañino, incrédulo, que ahora dice ser ministro de Dios, tendemos a desconfiar de él y a creer que está fraguando algo, es uno más de sus engaños. En los tiempos de los primeros apóstoles, si alguien que hablaba en contra de Dios, se burlaba de los cristianos y se reía de la Iglesia, ahora predicaba a favor del Señor, elogiaba a los hermanos y ponía muy en alto a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, ¿lo recibirían con alegría, espíritu de perdón y plena confianza? De seguro muchos desconfiarían. Cuando Pablo predicó por primera vez a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios; los hermanos “que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?” Los oyentes estaban confundidos al escuchar su testimonio (Hechos 9:20-22)

El mundo no confía en la conversión de los pecadores pues tiene un falso concepto de la santidad y total desconocimiento de la salvación. He escuchado a muchas personas hablar mal de los pecadores arrepentidos pues no comprenden que Dios ama a todos los hombres, incluyendo los más malvados, y desea dar de Su perdón al que acude a Él arrepentido, al que reconoce que es pecador, sin importar obra alguna.

lunes, 28 de febrero de 2011

2 CORINTIOS 13: SIERVOS CON AUTORIDAD.

“1 Esta es la tercera vez que voy a vosotros. Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto. / 2 He dicho antes, y ahora digo otra vez como si estuviera presente, y ahora ausente lo escribo a los que antes pecaron, y a todos los demás, que si voy otra vez, no seré indulgente; / 3 pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí, el cual no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros. / 4 Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros.”

Pablo ya ha viajado dos veces a Corinto. Él mismo estableció con mucho esfuerzo, durante dos años, la Iglesia en esa ciudad. Después se trasladó a Éfeso, en Asia, desde donde les escribió su primera carta.

La Iglesia de Corinto sufría diversos problemas espirituales y morales, entre ellos el más fuerte era la introducción de la doctrina legalista judía que, despreciando la gracia predicada por San Pablo, obligaba a los nuevos cristianos a cumplir el rito de la circuncisión y guardar todos los requisitos de la Ley. Al parecer en su segundo viaje los judaizantes no le permitieron enseñar a la Iglesia y él tuvo que regresar a Éfeso. El Apóstol expresa la profunda tristeza que le produjo este rechazo, con estas palabras: “Porque por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas, no para que fueseis contristados, sino para que supieseis cuán grande es el amor que os tengo.” (2 Corintios 2:4) Se piensa que hay una segunda carta a los corintios, extraviada, que fue enviada por medio de Tito.

Ahora viajará a ellos por tercera vez, pero antes le escribe esta epístola, en que les ha instruido sobre diversos asuntos, para que estén preparados para su visita. Él desea encontrar resueltos ya algunos problemas, de modo que no tenga que usar una mano demasiado dura. Es un hombre de recio carácter, pero con mucho amor en su corazón; considera a los corintios como verdaderos hijos espirituales y no desea herirles.

Por tercera vez va a visitar el apóstol a sus discípulos y les advierte que todo será muy serio. Los problemas no se resolverán a escondidas sino teniendo dos o tres testigos, como siempre aconteció en el pueblo judío cuando se trataba de dirimir un asunto y como el mismo Jesús lo aconseja en caso de disciplina eclesial. Recalca que lo dicho por escrito es tan serio y contundente como lo oral, lo que antes estando presente ya lo dijo: no seré indulgente con los que pecaron. Al parecer los corintios dudan del apostolado y la autoridad de Pablo; “pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí” les dice. El Señor no es débil para tratar a Sus hijos, por el contrario es muy fuerte y autoritario ¿Por qué el siervo de Cristo, entonces, habrá de tratarlos a ellos con debilidad? Es cierto que Jesús fue “crucificado en debilidad” pero Él aún vive y vivirá eternamente “por el poder de Dios”. San Pablo les dice que los apóstoles, los ministros de Dios, también somos débiles, pero débiles en Cristo y, como Él, viviremos eternamente con el Señor, por el mismo poder del Espíritu Santo que actúa en todos los cristianos. ¿Cómo habremos, entonces, de ser débiles en nuestras palabras y acciones? ¡Sobre todo cuando se trata de poner orden en la Casa de Dios!

sábado, 19 de febrero de 2011

2 CORINTIOS 12: CONFIDENTES DEL SEÑOR.

“1 Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. / 2 Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. / 3 Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), / 4 que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.”

Me resulta increíble pensar que una persona pueda guardar por tanto tiempo en secreto una experiencia sobrenatural como la que relata el apóstol Pablo en este capítulo. Fue llevado en el espíritu al tercer cielo, a la mismísima presencia de Dios, y él se lo guarda como un tesoro, por 14 años. Es decir durante ese tiempo él disfrutaba de una comunión íntima con el Señor y mantenía esa complicidad con Él como los esposos no cuentan a nadie su vida marital. Hay una fuerza muy grande en ese secreto guardado celosamente. Antes no fue necesario que el apóstol contase acerca de esta vivencia mística.

¡Qué distinto a nosotros que somos tan vanidosos y locuaces, tan poco controlados para guardar los misterios que el Señor amorosamente comparte con cada cristiano! Tenemos un sueño y corremos a contarlo; recibimos una revelación del Señor y nos impacientamos si no la damos a conocer; incluso competimos con otros cristianos para demostrar que somos más espirituales que los demás. Tal vez esto se deba a que consideramos que todo lo que el Señor nos manifiesta, habla, revela, entrega, es para ser transmitido a la Iglesia y el mundo. No nos detenemos a pensar ¿será el tiempo? ¿No será esto para 14 años más? ¿Es para mí, para mi familia, para la Iglesia o para el mundo? Actuamos impulsivamente y tiramos la semilla en cualquier terreno, sin medir las consecuencias.

Puede ser que muchos cristianos ven la obra de Dios sólo en términos de “evangelización” y creen que lo único que necesitamos hacer después de convertirnos a Jesucristo, es predicar, predicar y predicar. Mas olvidan la otra cara de la medalla ¿Cómo podremos predicar las virtudes de Jesús si ni siquiera hemos desarrollado la virtud de la paciencia? La otra cara de la moneda es la “edificación”; tan importante como evangelizar, y tal vez previo a ello, es edificar mi persona a la imagen de Cristo, crecer como persona cristiana. Así es que si sólo estoy ocupado en hablar y hablar a otros del Señor, jamás voy a preocuparme y darme a la tarea de ser un buen cristiano; por lo tanto no tomaré los sueños y revelaciones como una tarea personal que Dios me da para crecer en lo interior, sino que lo veré como algo externo, Dios me está ordenando ir y contar esta experiencia.

Señor: ayúdame a ser un cristiano interno, que echa raíces profundas en Ti, capaz de guardar el secreto y ser leal a Tu Persona; hazme una persona que pueda representar bien Tu Reino, un verdadero embajador de Jesucristo, que vive las virtudes de ese Gobierno. Sólo así llegaré a ser un verdadero evangelista.

San Pablo guardó el secreto de Dios, su Confidente (1), por 14 años y, como si fuese un loco, al cabo de ese tiempo lo reveló en parte. Con esto nos dice que sólo un cristiano poco cuerdo e inmaduro es el que va y cuenta lo que el Señor le ha dado recién. Primero averigua para qué se lo ha ministrado Dios. Fue necesario que le dijese a los corintios algo así como “Miren, ustedes son unos carnales llenos de pecado, que se creen muy superiores porque han recibido algún don de Dios, se atreven incluso a hablar mal de mí a mis espaldas y reciben a cualquiera como apóstol porque no tienen una mínima gota de discernimiento. Pues, yo les digo que hablo en lenguas más que cualquiera de ustedes y además hace años atrás fui arrebatado al paraíso donde escuché cosas que ustedes no pueden entender. Discúlpenme que les hable así, es una locura, pero con sus actitudes, yo que les di a luz y les he amamantado con la Palabra de Dios, tengo todo el derecho a decírselos”

Verdaderamente, como dice el Espíritu en este pasaje, no nos conviene gloriarnos, no es bueno envanecerse y enorgullecerse de las visiones y revelaciones del Señor. El propósito de ellas no es para considerarnos superiores o especiales, sino para que tengamos una vida interior profunda y amplia. El mundo tiene el corazón y la mente llena de preocupaciones mundanas, superficiales, a veces intelectuales, pero sin Dios. Nosotros nos alimentamos y llenamos nuestra alma de las riquezas de la Palabra de Dios y las experiencias espirituales que Él nos otorga. Todo ello no es para envanecernos ni tampoco para tirarlo a los cerdos, sino para la necesaria edificación personal y luego de la Iglesia. Seamos prudentes en lo que comunicamos, seamos sabios al evangelizar, seamos leales al Señor en la comunión íntima que vivimos con Él.

Perdónanos, Señor, porque muchas veces hemos pecado siendo indiscretos con Tus confidencias. Danos la sabiduría necesaria para ser fieles a Tu amistad. Amén.

(1) Confidente: Fiel, seguro, de confianza. / Persona a quien otra fía sus secretos o le encarga la ejecución de cosas reservadas.