jueves, 30 de diciembre de 2010

GRATITUD A MIS LECTORES.


Querida hermana Elizabeth, estimado Julio, apreciado hermano Ítalo, amada Elena, recordado poeta y hermano David, y entrañable hermano y compañero de Seminario, Sixto:

Vaya para todos ustedes, que gentilmente me han acompañado durante todo un año de "Tesoro en los Cielos", mi más cariñoso abrazo y bendición. Espero que la Palabra del Señor en Hechos, Romanos y Corintios les haya fortalecido más y más en fe, paz, amor y esperanza, tanto como a mí.

Para este siervo ha sido un privilegio y agrado compartir con ustedes este pan casi diario, y lo seguiremos haciendo, con la ayuda del Señor.

Unos en Suecia, otros en Venezuela, otros en Iquique, otros en Valparaíso, y quizás en qué otros lugares del planeta, para Dios no hay distancias, todos hemos estado unidos en la fe, la oración y Su Palabra, durante esos minutitos de lectura.

¡El Señor les bendiga y regale un hermoso nuevo año 2011! Vuestro en Cristo,

Pastor Iván Tapia

P.S. Cuando puedan entre a la página e inscríbanse como "seguidores". Gracias!

2 CORINTIOS 5: MINISTROS DE RECONCILIACIÓN.

16 De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. 17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Desde el día que nos convertimos, ha de ser nuestra manera de vivir “en Cristo”; por lo tanto ninguna experiencia debemos vivirla con el sistema de valores y conocimientos del mundo, sino desde la mirada de Jesucristo, puesto que Él ahora vive dentro de nosotros. “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. A nadie debemos conocer según la carne sino según el espíritu. Todo lo antiguo: ese modo de sentir la vida (nostálgico, romántico, mágico, racional o emocional en exceso, etc.), como interpretábamos las experiencias (la suerte, el azar, la lógica científica, la superstición, etc.), los propósitos que abriga el alma (dinero, poder, fama, etc.), en fin lo que la mente carnal y el mundo habían depositado en nosotros; nada de eso debe estar ahora. Porque hemos nacido de nuevo, hemos sido regenerados, tenemos otra mente y otro corazón, llenos de Cristo, “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Lo que ahora somos como personas y vivimos como discípulos de Jesucristo, proviene de Dios. Nada ha sido ni será construido por mi carne. Es de esperar que sea guiado por el Espíritu Santo y así toda mi vida sea Él en mí. Dios nos llamó por medio de Su Hijo, el Espíritu nos convenció de pecado, puso arrepentimiento y fe en nuestro corazón y así fuimos trasladados al Reino de Dios. Ahora somos nuevas criaturas, reconciliadas con el Padre. No que Él estuviese en guerra con nosotros y nos hubiese vencido; no, jamás Dios Padre ha estado contra el Hombre. Es el ser humano quien que se puso en contra de su Creador. Fue tanto el amor de Dios que buscó nuestra reconciliación. Tanto más pecaba el Hombre, tanto más se alejaba de Él, y se cubría con todo tipo de hojas de higuera su vergüenza: filosofías, artes, pensamientos mágicos e irracionales, diversión, drogas y otros vicios, éxito, etc. Nada pudo acallar su conciencia, hasta que, al escuchar el mensaje del Evangelio, cayó humillado a Sus plantas, pidió perdón arrepentido y recibió la paz. ¿Cuál fue el precio de ese perdón? La muerte de Jesucristo en la cruz. La sangre de Su Hijo nos lavó de toda nuestra maldad. Aún no podemos comprender a cabalidad la profundidad y altura de ese amor del Padre. Nos reconcilió con Él porque nos amó.

A pesar de mi pecado, desobediencia, inconstancia, incredulidad… Él, además de perdonarme y aceptarme como Su hijo, me encarga el ministerio de la reconciliación. ¿Puede haber alguien menos capacitado para ello que el hombre? ¿Cómo podré decir “no pequen” si soy un pecador? Entonces tendré que confesar a todos “soy un pecador… pero arrepentido; ¡arrepiéntanse ustedes también y recibirán la eterna salvación! ¿Qué ejemplo podré dar yo de buen “discípulo de Jesucristo” si caigo tantas veces en pecado y en inconsistencia de mi fe? Ninguno, salvo cuando logro aprobar unas horas o unos minutos, por buena conducta. Pero no predicaré mis obras sino la obra de Él, Jesucristo, en la cruz; y todo aquello bueno que yo pueda hacer, no es obra mía sino el Espíritu Santo que vive en mí. Sí, los cristianos tenemos el privilegio de ser ministros de reconciliación.

Mas no sólo ministros sino también “embajadores en nombre de Cristo”. El Reino de Dios tiene su sede principal en los cielos, allí está el trono desde donde Cristo, a la diestra de Dios Padre, dirige toda operación en Su Reino. Quienes vivimos en la tierra todavía, venimos ser representantes de ese Reino, verdaderos embajadores de Cristo. Como tales, investidos estamos de Su autoridad y representación, y conforme a ese rango habremos de comportarnos. Necesitamos la inteligencia y astucia de un diplomático que debe dialogar con personas que no pertenecen al Reino de Dios; la gentileza de un embajador para conquistar la buena voluntad de los naturales del lugar; dar a conocer la cultura, los valores, principios y conocimientos del Reino de Dios; en fin ser fieles al Rey que nos ha dejado en Su representación. Es una tarea de gran paciencia, comprensión, perseverancia y misericordia; implica no obligar a los hombres y mujeres a creer y obedecer al Señor, sino rogar “en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.”

martes, 28 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 4: MINISTROS DE LA LUZ.

3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. 6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto;

Todavía hay muchísimas personas que no conocen a Jesucristo. Me refiero a los que nos rodean en la familia, amistades, vecinos, conocidos de la ciudad; no hablo de los de ultramar. Ya irán los misioneros por ellos, cosa ciertamente importante; pero nuestro trabajo como discípulos comunes y corrientes, que laboramos a diario por nuestras familias y por la Iglesia, está aquí, en el entorno. Piense siempre en este orden: mi esposo o esposa, mis hijos, hermanos y hermanas de sangre, padres, suegros, tíos y tías, primos y primas; luego los amigos y amigas, los vecinos y vecinas, los conocidos y los desconocidos de la ciudad que usted comparte. Para la mayoría de ellos aún el Evangelio está encubierto, es un misterio cubierto por desconocimiento, prejuicios, falsos conceptos, ignorancia espiritual. Todos necesitan de Jesucristo y la salvación que nos ofrece; nosotros somos los indicados para comunicarles el Camino.

- ¿Está usted orando por los perdidos?
- ¿Ha presentado a su familia el Evangelio y la Persona del Señor Jesucristo?
- ¿Está usted rogando por la salvación de sus amigos y conocidos?
- ¿Tiene usted en cuenta a esos desconocidos cuando camina por las calles de su ciudad?


4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo,

El “dios de este siglo” no es otro que el príncipe de las tinieblas. Es ese dios –con minúscula- en sentido figurado, que gobierna las mentes de tantas personas y a las cuales nosotros estamos llamados a anunciar el Evangelio. La gente piensa que es libre de toda influencia satánica y desmerece su poder; no sabe que al vivir así, sin Dios, pensando que es “libre” para ir donde quiera, pensar y sentir como quiera, hacer lo que les viene en gana, de ese modo están obedeciendo al dios de este siglo.

Cuando la Palabra de Dios dice “siglo” no se refiere a una centuria o cien años, sino que quiere decir el mundo material alejado de Dios. El propósito de Satanás siempre es que ningún ser humano reconozca a su Creador, que nadie busque a Jesucristo, que ninguna persona vaya a salvarse y reciba el Espíritu Santo. Él sabe que está perdido, que el veredicto de Dios ya ha sido dado, y está escrito en Su Palabra: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 20:10) Sólo le resta vengarse de Dios haciendo que se pierda la mayor cantidad de seres humanos posible. Para ello trabaja en la mente de las personas, convenciéndoles con mentiras como estas: Dios no existe; Cristo fracasó en su misión; la vida eterna es una ilusión pues el hombre muere y se pudre en la tierra; la resurrección es una fantasía; el pecado es un concepto anticuado ¡pásalo bien!

De esta manera ciega “el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo” Así el mensaje de Dios y nuestras creencias pasan a ser para ellos fantasías, debilidad y locura “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Corintios 1:18) ¿Dejaremos nosotros que la luz del Evangelio de Jesucristo no nos ilumine? ¿Permitiremos que la mente de nuestros hijos, esposo, esposa, hermanos, padres, se cierre a la Buena Nueva? ¿No haremos nada para que así el diablo siga encegueciendo a los incrédulos y se los lleve al infierno por eternidad?


4 … para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Dios es Luz, dice San Juan. “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5) Pablo en cierto modo nos dice algo similar. Jesucristo es la imagen visible de este Dios que es luz. El Evangelio, que es el mensaje de Dios para la humanidad, transmite esa luz o gloria, por medio de Jesucristo. Así es que Dios, Jesucristo y el Evangelio son eslabones luminosos de una misma cadena. Cuando Jesús nos dice “Ustedes son la luz de este mundo”, señala como paradero de esa luz nuestra persona. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (San Mateo 5:16) De modo que evangelizar o anunciar las buenas nuevas, es iluminar por medio del Evangelio a los que están en tinieblas, ciegos y sin luz.

- ¿Está usted iluminando con la Palabra de Dios a su entorno?
- ¿Aprovechamos todo momento para transmitir el Evangelio a los que nos rodean?
- ¿Hay en nuestra Iglesia un sentido de urgencia por anunciar a Jesucristo?

5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.

No nos anunciamos a nosotros, no hacemos una publicidad sobre nuestra persona, no es el interés que nos miren a nosotros sino a Jesucristo. Hoy por hoy se acostumbra exaltar a un líder muy carismático para anunciar el Evangelio, pero este no era el método de San Pablo. Él ni el Espíritu Santo querían ello sino ensalzar el Nombre del Señor. Prediquemos a Jesucristo, expongamos Su vida y obra, presentémoslo con Señor y Salvador de la Humanidad, el único Camino para alcanzar la salvación, el único Mediador entre Dios y los hombres. Y si hablamos de nosotros sea solamente para contar el testimonio de Jesús en nuestras vidas. Presentémonos como servidores del prójimo por amor a Jesucristo. No sea otro nuestro norte, sino tan sólo exaltar al Amado Jesucristo.

6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

Dios Creador del universo, cuando vio esta tierra en tinieblas bajo el poder del ángel caído, ordenó que aquí resplandeciera la luz, Su luz; entonces envió a Su Hijo a nacer en el pueblo Belén de Judea. Jesucristo, el Verbo Encarnado, anunció el Evangelio de la Gloria, un mensaje proveniente del mismo corazón del Creador. ¿Qué decía ese mensaje divino?
1º “…Este es mi Hijo amado; a él oíd.” (San Lucas 9:35);

2º “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (San Marcos 1:15);

3º “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. / Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. / El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (San Juan 3:16-18) y

4º “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (San Juan 3:5)

Estos cuatro enunciados son de Jesús. Nadie puede decir que sean creación de sus apóstoles o una interpretación de sus palabras. En las palabras y presencia de Jesús resucitado resplandece la Verdad de Dios, y los cristianos, sobre todo quienes hemos recibido el ministerio, somos ministros de ese Evangelio de luz.

lunes, 20 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 3: MINISTROS DEL NUEVO PACTO.

Baños termales de la ciudad de Corinto antigua.


“4 Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; / 5 no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, / 6 el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.”

Dios nos ha hecho Sus ministros. Si somos competentes en esta tarea, no es por nuestras capacidades o porque hayamos puesto gran esfuerzo de nuestra parte, sino porque Él nos ha capacitado y transformado en discípulos aptos y adecuados para la obra que Él nos encomendó. Dios nos hizo “ministros competentes de un nuevo pacto”. No somos ministros de la Ley de Moisés ni ninguno de los pactos anteriores al que se hizo por medio de Jesucristo. Tampoco somos ministros de un pacto inventado por hombres, sean éstos nuevos sacerdotes de un culto moderno o teólogos de una corriente diferente; no, somos ministros del Nuevo Pacto.

El Nuevo Pacto entre Dios y la Humanidad fue sellado con la sangre de Jesucristo. Él fue quien nos representó a todos los seres humanos en ese pacto con Dios. El Hijo de Dios actúa como nuestro Mediador y Representante, además es el Sumo Sacerdote en la relación que ahora tenemos en la adoración, culto y servicio de Dios. El Nuevo Pacto consiste en que Jesucristo como el Hijo del Hombre, entregó su vida por todos los seres humanos, para que sus pecados fueren perdonados; y que Dios perdona y considera justo a todo ser humano que acepta con fe ese sacrificio. El Nuevo Pacto, a diferencia del Antiguo, se basa en la fe del hombre en Jesucristo y la gracia de Dios para con la Humanidad. El Antiguo Pacto se fundamentaba en la letra, en el cumplimiento de la Ley, en la obediencia al mandamiento; en cambio el Nuevo es movido por el espíritu, es la fe en Jesucristo, la que está dentro del hombre y no en un acto externo. Por eso se dice que este Nuevo Pacto es espiritual.

La letra nos puede condenar, puesto que a cada momento faltamos a algún mandato del Señor. Sin embargo el espíritu nos da vida, ya que la fe nos lleva a reconocer que somos pecadores, a pedir perdón y recibir el Espíritu Santo que nos capacita para actuar cristianamente. El espíritu nos vivifica, en cambio la letra nos mata, nos manda al infierno. Si por medio de la letra de la Ley nos percatamos que somos muy pecadores, pues nadie la cumple totalmente, por medio del espíritu nos arrepentimos, cambiamos de actitud para con Dios, creemos en Su mensaje reconciliador y alcanzamos la salvación.




lunes, 6 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 2: MINISTROS DE LA VERDAD.

“9 Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, / Ni han subido en corazón de hombre, / Son las que Dios ha preparado para los que le aman. / 10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. / 11 Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. / 12 Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, / 13 lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.”

El Señor ha preparado para Sus hijos experiencias impensadas, cosas que nadie puede imaginar. “Cosas que ojo no vio” dice Su Palabra. Tal vez milagros, hechos portentosos, inexplicables racional o naturalmente. Lo que jamás experimentamos o pensamos vivir, es lo que todo cristiano ha de esperar de esta vida en el Reino de Dios. “Ni oído oyó”, ¿cuántas enseñanzas de la Palabra de Dios jamás habíamos comprendido así como el Espíritu Santo nos las ha dado a conocer? A veces nos sorprendemos con una interpretación diferente de las Escrituras o con el descubrimiento de una nueva mirada sobre el Texto. Indudablemente nuestro Señor tiene para cada cristiano un abundante depósito de dones y experiencias que nos sorprenderán al vivirlas. Nótese que dice “para los que le aman.” Amar al Señor es obedecer Sus mandamientos, respetar a las autoridades por Él instituidas, buscar permanentemente Su Presencia en oración, adorarle con gratitud, evangelizar, trabajar en Su obra con entusiasmo y esmero, en fin procurar siempre agradarle. Si le amo de ese modo, Él me hará disfrutar de “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, / Ni han subido en corazón de hombre”.

Estas “cosas”, como la salvación por medio de la fe en Jesucristo, la exaltación de Jesús como Señor y Cabeza de la Iglesia, el lugar de los cristianos como Cuerpo, y muchas más, fueron reveladas al Apóstol por el Espíritu “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” El Espíritu Santo es un Ojo escudriñador, un Investigador por naturaleza; es Dios mismo que todo lo sabe y todo lo ve, nadie puede esconderse de Él. Examina cada cosa, aún las de Él mismo. Y así también las puede transmitir, si es Su voluntad, a los hijos de Dios. Así como el ser humano pude conocerse a sí mismo, “porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?”, Dios se conoce mejor que cualquier criatura. Él sabe Quién es. “Yo Soy El Que Soy”, dice. Sabe perfectamente Quién es. No así el ser humano que, además cambia día a día, es cambiante, está en permanente desarrollo. Por lo tanto “nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.”

Si tenemos el Espíritu Santo, razona San Pablo, entonces nosotros deberíamos saber Quien es Dios, cómo piensa, cómo siente y qué planes tiene, porque tenemos la mente de Cristo. “No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios”. Consideremos cuán valioso tesoro llevamos dentro. Los cristianos contamos con una riqueza eterna en nuestro interior: el mismísimo Espíritu de Dios. ¡Valorémoslo viviendo a la altura de esa Posesión! Dios nos ha concedido nada más y nada menos que Su Espíritu y cuántas veces actuamos como si dentro de nosotros no hubiera más que basura: esas palabras necias que pronunciamos, esas groserías, esas frases de doble sentido, esas bromas de mal gusto, esos aguijones que clavamos en nuestro prójimo, esas murmuraciones contra los hermanos y la familia, esos malos pensamientos, etc. etc. La carta de San Pablo, que es una carta del Espíritu Santo para nosotros, nos dice que nosotros “hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” Es lo que Dios espera de cada uno de Sus hijos: que seamos de hablar sabio. Es preferible callar si no vamos a edificar con nuestras palabras. Él quiere que transmitamos Su sabiduría, desea usar nuestros labios como transmisores de Su Verdad. Toda la sabiduría del Espíritu Él la acomodará a nuestro espíritu, para que la Verdad sea sembrada entre los hombres.