lunes, 25 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 14: CRISTO, EL VERBO DE DIOS.

“18 Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; 19 pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.”

El Apóstol no desecha las manifestaciones carismáticas. Él mismo confiesa hablar en lenguas y no se refiere a que maneja otros idiomas de la época, sino al “don de lenguas”. Sin embargo, en la reunión de la Iglesia prefiere hablar con palabras inteligibles, con el propósito de enseñar a otros. Este es el concepto de edificación: comunicar un mensaje de Dios comprensible y que ayude al oyente a crecer en su conocimiento y experiencia de Dios.

En versículos anteriores, 6 al 12, puedo encontrar algunas pistas de cómo debe ser la enseñanza, el trabajo de edificación espiritual del ministro de la Palabra de Dios, a saber:

a) “6 Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina?"

La predicación de la Palabra de Dios puede traer al oyente la “revelación” de una verdad de Dios, porque ha sido inspirada por el Espíritu Santo. De hecho, siempre el predicador transmite conceptos y principios teológicos, que constituyen “ciencia” o conocimiento; alguien dijo que el pastor es “un teólogo residente” pues siempre, en mayor o menor medida, está haciendo Teología. La “profecía” también se transmite desde el púlpito y no necesariamente en un estado de éxtasis sino que cuando el predicador, guiado por el Espíritu, nos anuncia una realidad que está lejos del conocimiento cotidiano, o desnuda nuestra alma con la Palabra. La “doctrina” de la Iglesia es claramente enunciada por el predicador. Como ministro de la Palabra sería muy conveniente que revisara mi exposición de la Biblia y si en ella están presentes estos elementos: revelación, ciencia, profecía, doctrina.

b) “7 Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?"

Es cierto que en la homilía o prédica de la Palabra de Dios, el pastor y otros predicadores exponen en el idioma normal el mensaje del Señor. Pero si el lenguaje no es claro para el oyente éste no podrá recibirlo ni entenderlo. Si el expositor utiliza palabras rebuscadas o tomadas de ámbitos diversos al que comúnmente los oyentes escuchan, de nada servirá que el mensaje sea inspirado y profundo. No quiero decir con esto que el pastor baje el nivel de su vocabulario a lo ordinario y chabacano sino que procure que su comunicación esté al alcance de todo. Hay dos palabras que debe manejar con pericia el predicador: la Palabra de Dios y la palabra del hombre, es decir conocer la Biblia y su interpretación correcta; y dominar el idioma. Nuestra lengua castellana es rica en sinónimos y todo tipo de recursos para poder explicar bien, en forma sencilla, elegante y profunda las verdades de Dios. Cultivemos nuestro lenguaje y elevaremos además del nivel espiritual de los hermanos, su nivel cultural. Uno de los beneficios que trajo la Reforma al pueblo fue la necesidad de aprender a leer para acceder al Libro Sagrado, esto trajo consigo la creación de muchas escuelas y el progreso intelectual de Europa y el mundo.

c) “8 Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? 9 Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire."

Cada sermón es una enseñanza con un propósito definido. ¿Qué nos quiere decir el Señor a través de esta Palabra? Debe ser la primera pregunta que uno se haga para preparar una prédica. Siempre serán tres los aspectos a abarcar como trinitario es el ser humano. El cuerpo necesita actuar conforme a la voluntad de Dios. Pero es imposible que el cuerpo actúe si antes la mente no lo piensa; por eso la Palabra de Dios dice “renovaos en el espíritu de vuestra mente”, si cambiamos el modo de pensar cambiará nuestra actuación. Mas el ser humano tiene también emociones y sentimientos, necesita sentir para hacer algo de corazón; “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (San Lucas 10:27). Esta trilogía “pensar, sentir y actuar” debe estar presente cada vez que planifiquemos un sermón. La Palabra de Dios debe conmover de tal modo a la persona que la lleve a pensar de un modo más claro con respecto al asunto que se predicó; a sentirse movida a cambiar y a actuar de acuerdo a la voluntad del Señor. Pero todo esto lo guiará el Espíritu Santo y por lo tanto la oración, tanto antes como durante y después de la homilía, son imprescindibles. El predicador no transmite su palabra y pensamientos, sino la Palabra y Pensamientos de Dios.

d) “10 Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. 11 Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. 12 Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia.”

El sentido de la predicación de la Palabra de Dios es la edificación de la Iglesia, nunca su destrucción. Por lo tanto evitará malas palabras, ideas negativas contra personas e instituciones, sentimientos depresivos o poco edificantes como la rabia o el odio, el doble sentido o la liviandad, el humor innecesario, la ironía ácida y todo aquello que no eleva el alma del oyente. Quien escucha la Palabra del Señor debe sentirse precisamente frente a Él, como si estuviese en el cielo ante Su Presencia, o como si el Maestro hubiera bajado hasta el lugar del culto y le está hablando a él o ella, directamente a su corazón. No hay don más maravilloso que el don de la Palabra, en que el ministro es un instrumento en las manos del Señor, para comunicar Sus mensajes. No es tarea menor y debe ser respetada por todos los cristianos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 13: CRISTO, EL VERDADERO AMOR.

“4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; / 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; / 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. / 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

Este texto sirve para autoevaluarme qué tan cristianamente estoy procediendo. Es muy lindo este pasaje, pero de nada me sirve memorizarlo, identificar que se trata de uno de los textos primordiales sobre el amor y alabar al Señor por él, si no lo vivo.

Dice que “el amor es sufrido”, o sea que es paciente y está dispuesto siempre a aceptar las “injusticias” con humildad. ¿Soy una persona realmente sufrida o más bien soy alguien que prefiere la comodidad y no tener problemas? A veces evito la dificultad y dejo de amar a otros por propia comodidad.

El amor “es benigno”, sencillamente bueno. Sabemos que nadie hay bueno enteramente. Ya el Señor lo dijo, cuando alguien lo trató de “maestro bueno”. ¿Estaría adulándole? Él si era y es bueno ¡nos ha hecho tanto bien! Pero yo ¿soy una persona buena? ¡Cuántas veces actúo con maldad, egoísmo, uso palabras críticas hacia mi prójimo, no soy considerado con los niños, maltrato a los animales, etc.!

“El amor no tiene envidia”. Nada hay más corrosivo del amor que la envidia, eso de sentirme mal por el bien de otro, por sus éxitos y logros, por el aplauso que dan a mi vecino o familiar. Me transformo en enemigo de otras personas y ellos ni siquiera lo saben. La amargura queda adentro, en mi corazón, y eso me enferma. El Señor perdone mi envidia y lave con Su sangre mi conciencia.

“El amor no es jactancioso”, no se pavonea de sus logros como si el progreso de nuestras vidas dependiese de nosotros mismos. Un poeta dijo que cada uno es arquitecto de su propio destino. En parte es cierto, puesto que lo que sembramos recogeremos; pero si Dios no lo permite, nada sucede en esta tierra. No quiero jactarme de haber logrado algo sino gloriarme en el Señor que es mi victoria.

El amor “no se envanece”. ¿De qué podría envanecerme, si todo lo que tiene el hombre puede desaparecer en un segundo? Viene un terremoto y destruye mi patrimonio de años; un maremoto puede arrastrar hasta con la vida de mis seres queridos; un incendio hace polvo lo que construí; la enfermedad puede inhabilitarme para el trabajo y dejarme en la miseria; la inteligencia y capacidades intelectuales se pueden perder y terminamos en un psiquiátrico; cualquier día nos sorprende la muerte, que viene a todos “como ladrón en la noche”. Así es que ¿de qué puedo envanecerme? Sólo por la misericordia de Dios estoy en pie y lo que tengo no es mío, todo ha sido prestado por Él: la vida, el cuerpo, la salud, la esposa, los hijos, el trabajo, etc.

El amor “no hace nada indebido”. De la traducción puedo entender que se refiere a lo moralmente permitido y no a lo que es de conveniencia para mí. No hace nada que perjudique a otros. Diariamente se nos presentan “oportunidades” de engañar y salir favorecidos, mentir y nadie se enterará de la verdad, robar y ninguno se dará cuenta, mas Dios que todo lo ve y juzga con justicia, sí nos ve. El móvil para hacer el bien debe ser sobre todo interés agradar al Señor. No por miedo al castigo, no por temor a pasar una vergüenza si soy descubierto, no para aparecer bueno, etc. El amor a Dios “no hace nada indebido”.

El amor “no busca lo suyo”. ¿Busco lo que favorece al prójimo o lo que es bueno para mí? Muchas de mis decisiones son egoístas, desconsideradas con el otro, busco lo mío y no lo que favorece a los demás. Cristo siempre busca lo nuestro.

El amor “no se irrita”. ¿Soy un gruñón? ¿Me irrito fácilmente? Me falta humor, aceptación y comprensión hacia mi prójimo. Me he transformado en una persona grave, crítica, inflexible. Señor: dame jovialidad y que no sea tan estúpidamente irritable.

El amor “no guarda rencor”. Han pasado tantos años y aún guardo esa ponzoña en el alma, todavía no perdono. A pesar de ser cristiano y conocer la Ley de Dios y el mandamiento de Jesucristo, todavía no doy el paso de perdonar a quien me hizo daño o yo pienso que me dañó a propósito. Tengo esa deuda pendiente con el Señor, debo y necesito perdonar, desatar mi conciencia de algo tan antiguo. La rata se pudre en el desván y hiede, debo sacarla y tirarla al tacho de la basura, definitivamente.

El amor “no se goza de la injusticia”. ¿Cómo un hijo de Dios puede disfrutar con el mal que ocurre a otros? Es una locura lo que la Palabra de Dios me plantea. Debe significar que hay muchos hombres y mujeres de fe que aún se gozan con la injusticia y disfrutan porque le va mal a alguien que no les simpatiza. Señor: dame un corazón recto y que aprenda a amar a aquellos cuya forma de actuar, sentir o pensar no entiendo. Te pido que jamás vuelva a reír del mal que ocurre a otro ser humano.

El amor “se goza de la verdad.” Nunca la mentira, nunca la falsedad, jamás la herejía, sólo la verdad. Sean las verdades pequeñas de cada ser humano o sea la gran Verdad del Evangelio, que siempre busque y me alegre con la Verdad. Gozarme en la Verdad es disfrutar a Cristo, quien es la Verdad.

El amor “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” No soy magnánimo y en numerosas ocasiones no soporto a la gente ni las circunstancias que me toca vivir; soy desconfiado y dudo de todo el mundo; tengo miedo de lo que pueda sucederme en lo laboral, familiar, económico, etc.; no soporto mucho, soy un cobarde. ¡Cuánta fortaleza de Jesús me hace falta para enfrentar la vida como Él quiere, con amor!

martes, 5 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 12: CRISTO, EL ESPÍRITU QUE NOS UNE.

"3 Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo."

Nadie que hable inspirado por el Espíritu Santo podría maldecir a Jesucristo. Nunca un cristiano va a hablar en contra del Señor, salvo que esté desorientado, enfermo mentalmente o deprimido, pero incluso en esas condiciones es improbable. El cristiano tiene el Espíritu de Dios, es protegido y guiado por Él, lo cual impide que se oponga a Cristo. Reconocerlo como el Hijo de Dios es parte de la fe cristiana. Amamos a Dios Padre, tenemos el Espíritu Santo y, por lo tanto creemos en Jesucristo.

"6 Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo."

Distintas formas de operar tiene el Espíritu de Dios, pero esto no debe confundirnos y hacernos pensar que son hechas por diferentes dioses. Hay un solo Dios y el mismo Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) realiza una diversidad de operaciones. Operar es obrar, trabajar, ejecutar diversos menesteres u ocupaciones. El Espíritu trabaja en el cristiano, tanto individual como colectivamente; ejecuta distintos trabajos en Su Iglesia, trabajos ciertamente espirituales. Quien hace todas esas ocupaciones es Uno solo, Dios.

"11 Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere."

Los nueve dones [1] del Espíritu Santo son otorgados por Él mismo. A cada persona le da uno o más dones, según Su voluntad. Un don no se puede exigir al Señor, ni se puede falsificar. Alguien quizás tratará de imitarlo, pero finalmente no engañará a Dios. ¿Qué dones me da el Espíritu Santo? Los que Él necesita para un mejor funcionamiento de Su obra; no son para lucirme o ufanarme de ellos; tampoco son para sacar provecho personal, sino para edificación del Cuerpo de Cristo, es decir para el crecimiento de mis hermanos y la Iglesia en general.

"13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu."

Por este mismo Espíritu los cristianos nacemos y somos introducidos en un solo Cuerpo, sin importar nuestra condición social o cultural, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Además todos somos alimentados y saciados con el mismo Espíritu. Si todos somos llenos con igual Espíritu ¿por qué nos comportamos como si entre nosotros hubiera diferencias? Es cierto que a cada uno nos es dado un don diferente, pero en el fondo todos somos iguales. Algunos son mayores que otros y tienen más experiencia, pero ambos llevan en sí el mismo Espíritu Santo; unos son de familias cristianas, de padres pastores, otros han nacido en el mundo y se convirtieron a Jesucristo por gracia de Dios, mas ambos grupos han sido salvados por el mismo Señor y llevan el mismo Espíritu Santo; unos tienen una mejor educación que otros, los hay incluso semianalfabetos, pero los dos tienen un mismo Espíritu Santo; y así las diferencias pueden continuar, diferencias políticas, de clase social, de forma de interpretar la doctrina, etc., pero todos los cristianos tenemos un mismo Espíritu Santo.
[1] Se refiere a los carismas, no confundir con los dones del Espíritu Santo señalados en Isaías 11:1-4.