viernes, 24 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 11: CRISTO, EL QUE PONE ORDEN.

Este capítulo del libro primero de Corintios se inicia con la frase “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” y finaliza con un escueto “Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere.” El Apóstol, como todo siervo de Dios, ministro de la Palabra, tiene esta doble función: 1. Ser ejemplo para la comunidad cristiana; y 2. Establecer un orden en la vida de la Iglesia, incluida la vida familiar y personal de los cristianos, conforme a la voluntad del Señor.

San Pablo entrega diversas indicaciones a los hermanos de la Iglesia de Corinto, seguramente en respuesta a sus inquietudes, dudas y consultas. Les escribe acerca del atavío de las mujeres; como evitar abusos en la Cena del Señor; instituye ésta como una sencilla liturgia u orden a seguir por la comunidad cristiana; y advierte sobre las consecuencias negativas de tomar la Cena indignamente.

En la interpretación de estos versículos no debemos quedarnos en lo superficial de las formas que obviamente muchas veces obedecen a la cultura y características de las personas particulares a las que habla el texto, sino más bien sumergirnos en la profundidad de los principios que la Escritura quiere enseñarnos. Por ejemplo el principio de autoridad y de sujeción que todo cristiano debe vivir. Siempre habrá una autoridad sobre nosotros, sea un esposo, un jefe, un director, un ministro de Dios, etc. y esas autoridades debemos respetarlas. La sujeción consiste en reconocer la autoridad que el Señor le ha entregado a otra persona en algún plano –sea de conocimiento, laboral, antigüedad, experiencia, cargo político, eclesiástico, etc. –no molestarse por ello, respetarla y sujetarse a su consejo. La sujeción concreta a otro mayor que yo, demuestra que en mi corazón hay una verdadera sumisión al Señor, que dentro de mi está la humildad para reconocer en otro la superioridad en cierto aspecto.

La Biblia nos muestra un orden para la familia. Puede que no todos estén de acuerdo con ese orden que primero plantea Pablo: “3 Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.” Si usted y su cónyuge aceptan ese orden no tendrán problemas para funcionar armónicamente como matrimonio y familia. Pero si sólo uno de los dos lo acepta, es indudable que eso pueda generar desavenencias. Mas la dificultad no está en el orden o sistema propuesto por Dios, sino en las personas que no se ponen de acuerdo en el sistema a seguir. Y, como si San Pablo hubiera sabido de estos tiempos de reivindicación del “género” en que vivimos, nos da una salida: “12 porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. 13 Juzgad vosotros mismos…” El hombre y la mujer pueden ser una pareja, asimismo como suena la palabra, pareja, en que ambos se miren como iguales, se amen y respeten, decidiendo en forma conjunta todo asunto matrimonial y familiar. Sea cual sea el orden que utilicemos, que sea el amor el que prime.

Esto nos recuerda cuando Jesús dice a Sus discípulos “15 Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.” (San Juan 15:15) ¿Será mejor ser amigo de Jesús que ser su siervo? ¿O será superior ser un siervo de Dios que un amigo? Ambos términos son tan respetables y quizás los cristianos debamos ser ambas cosas: siervos, es decir esclavos de Jesucristo; y también fieles amigos de Él. Si fuésemos solamente amigos podríamos aprovecharnos de esa amistad y si fuésemos solamente siervos, sólo estaríamos pendientes de obedecer y jamás sentiríamos el cariño y la acogida del Amigo. Del mismo modo, en el matrimonio y la familia es necesario que exista autoridad, pero también igualdad, como lo expresa el Espíritu Santo en el libro de Gálatas: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”

martes, 14 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 10: CRISTO, EL ESTRATEGA.


“12 Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. / 13 No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”

Un soldado en el campo de batalla está derribando y venciendo a sus enemigos. Cree que ya tiene la victoria y se relaja, no actúa a la defensiva y expone su cuerpo a cualquier bala o ataque del adversario. Así, en su presunción, es sorprendido por el enemigo, es herido, apresado o muerto. Es, en el terreno espiritual, a lo que nos exponemos cuando bajamos la guardia y dejamos de estar en una posición defensiva y ofensiva frente al enemigo de nuestras almas.

Es de poca humildad pensar que hemos logrado vencer completamente la tentación, o que hemos alcanzado cierto nivel espiritual, que ya tenemos gran parte de la victoria a nuestro favor y no requerimos tanto cuidado por nosotros mismos. Ciertamente Jesucristo ya conquistó para los cristianos la victoria en la cruz, mas ahora es preciso de nuestra parte vivir esa victoria cada día. ¿Y cómo lo haremos si nos descuidamos, si no estamos “firmes contra las asechanzas del diablo”?[1]

San Pablo en este texto nos recuerda “el que piensa estar firme, mire que no caiga” El cristianismo es una batalla diaria contra el pecado que nos asedia[2]; contra el mundo que utiliza todo tipo de artimañas para hacernos caer en tentación y contra el diablo y sus huestes, que operan tras las mentes y el sistema de los hombres. Para no caer hay que estar despierto, con los ojos del espíritu muy abiertos a objeto de discernir las trampas y armas que el reino de las tinieblas opera contra los hijos de Dios. No se trata de vivir atemorizado sino de resguardarse con todas las herramientas que el Señor Jesucristo nos ha dejado: la oración permanente, el ayuno regular, la lectura constante y sistemática de la Palabra de Dios, la adoración y alabanza, la participación en la Cena del Señor, la meditación en las cosas del Padre, la práctica de Sus enseñanzas en cuanto al amor y la comunicación de Su Verdad al prójimo. Si somos diligentes [3]en actuar así como la Biblia nos exhorta, Dios nos protegerá de toda tentación diabólica para la cual no estamos preparados y, aún más, nos dará una salida para que podamos soportar las dificultades.

Ser humildes, no teniendo un concepto inadecuado de nosotros mismos[4]; utilizar las estrategias de disciplina espiritual, tomar en serio el consejo de Dios en Su Palabra poniéndolo por obra, y procurar ser un comunicador del Evangelio, son las mejores armas para no caer.

[1] Efesios 6:11
[2] Hebreos 12:1
[3] 2 Timoteo 2:15
[4] Romanos 12:3

viernes, 3 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 9: CRISTO, EL APÓSTOL DE NUESTRA PROFESIÓN.



“1 ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? / 2 Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor. / 3 Contra los que me acusan, esta es mi defensa:”

Apóstol es quien ha sido llamado, capacitado y enviado por Dios a una misión El apóstol se demuestra en los resultados de su ministerio. Jesucristo mismo fue el primer Apóstol, ya que enviado por el Padre, cumplió Su misión en la tierra, dejándonos el Espíritu Santo para que a su vez nosotros continuáramos Su apostolado. Dice el libro de Hebreos: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (Hebreos 3:1)

La obra del apóstol son aquellas vidas beneficiadas por su apostolado. Un apóstol es tal porque así lo certifican y testifican algunos. Apóstol es quien ha visto al Señor.

El apóstol, como todos los cristianos y como todo hombre, tiene derecho a comer y beber; tener una esposa y solventar sus gastos personales con cierta cantidad de dinero obtenida en el ministerio.

Esto es ratificado por la Ley que dice “No pondrás bozal al buey que trilla.” Así como el granjero ara y trilla con la esperanza de recibir un fruto, también el apóstol sembrará la Palabra de Dios en el corazón de los fieles, con la esperanza de cosechar tanto un fruto espiritual como material.

Los que sirven en el templo comen de lo sagrado, así también los que anuncian el evangelio pueden vivir del evangelio. Esta es la convicción de San Pablo y la deja establecida por escrito para todas las generaciones de siervos de Dios que vendrán en adelante. Sin embargo, esto que él y el Espíritu Santo consideran un derecho, él no se lo permite a sí mismo, trabajando con sus propias manos para obtener el sustento diario y no ser causa de habladurías.

Él considera que predicar el Evangelio no es tan sólo una orden del Señor para él, sino además una necesidad de su alma “porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”

El propósito de esta actuación es no dar oportunidad para que alguien deseche el Evangelio por causa de la persona de Pablo. Él se ha hecho siervo de todos, con tal de ganarlos para Cristo.

Tal cual los atletas corren en el estadio y uno sólo de ellos obtiene el premio, todos los cristianos estamos en una carrera competitiva, mas no todos obtendrán el galardón. Pensemos en estos términos: el Señor Jesucristo ha dado la salvación a todos los que en Él han creído; pero otra cosa es el premio que obtendrán algunos cristianos para participar en el reino milenial, cuando Jesús gobierne por mil años el planeta.

La invitación de San Pablo es a correr de tal manera que obtengamos ese galardón. Para ello es preciso: a) Abstenernos de cualquier cosa que no aporte al logro de la meta que el Señor nos ha puesto; b) Pensar siempre en la grandeza del premio que recibiremos si somos fieles en la misión que se nos ha encomendado; c) No correr a la ventura, es decir a la suerte, casualidad o aventura, sino con certeza del camino que llevamos y el objetivo que nos ha sido impuesto por Dios; d) Tener claridad acerca del enemigo, no golpeando al aire sino luchando contra las fuerzas del mal, dando guerra espiritual; y e) Disciplinar y sujetar nuestro cuerpo y mente en servidumbre a Jesucristo. No vaya a ser cosa que siendo “heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.”