lunes, 30 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 8: CRISTO, EL PERFECTO EQUILIBRIO.

“1 En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. 2 Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. 3 Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.”

En relación al tema de lo sacrificado a los ídolos, esto es si se debe comer o no de la carne de los animales que han sido sacrificados a los dioses paganos, el Espíritu Santo aconseja a los cristianos de Corinto. A partir de ese análisis paulino debemos inferir cuál debe ser la conducta correcta de los actuales cristianos frente a diversas prácticas de los hermanos con menos conocimiento bíblico.

En primer lugar necesitamos tener “conocimiento” espiritual. Es preciso que todos los cristianos sepan que un ídolo no tiene vida y es sencillamente una figura de barro, piedra o yeso que no piensa, no siente ni puede hacer nada por nosotros, ni a favor ni en contra. “No hay más que un Dios” nos asegura el Apóstol.

En segundo lugar hay que establecer un equilibrio entre “conocimiento” y amor. Si enfatizamos la Verdad, el conocimiento, la Palabra, y no consideramos el amor al hermano, podemos cometer graves errores contra el prójimo. Faltaremos el respeto que debemos al que no tiene claridad en su fe; tal vez nos envanezcamos de nuestro saber y despreciemos al más débil en su fe y con nuestras actuaciones y palabras destruyamos el alma del hermano.

La armonía entre conocimiento y amor, generará la verdadera sabiduría cristiana. A la base del conocimiento debiera estar la humildad, pues “si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.” ¿Usted sabe que Dios es Trino? Pues comience a adorarlo como tal; descubra la riqueza que hay en cada una de las Personas de la Trinidad; viva en su persona esa trinidad de cuerpo, mente y espíritu. ¿Usted sabe que Dios le ama y perdonó todos sus pecados en la cruz del monte Calvario? Entonces actúe a su semejanza y comience a perdonar a quienes lo han ofendido y esté dispuesto a recibirles, sin reproches, como el Señor le recibe a usted, pecador.

Si usted comienza a amar de esa manera, si su vida es una perfecta balanza entre conocimiento y amor, entre saber la Verdad y actuar en amor, porque Jesucristo es la Verdad y el Amor, entonces usted será muy amado por el Padre, porque “si alguno ama a Dios, es conocido por él.” Amar a Dios no es solamente aceptar Su voluntad y Verdad, sino también amar a los “pequeñitos” que Él tanto ama. La única forma de conocer a Dios es creyendo y el único modo de ser reconocidos por Él es amándole. Cuando le amamos Él nos reconoce como hijos Suyos.

martes, 24 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 7: CRISTO, EL ESPOSO.

“1 En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno le sería al hombre no tocar mujer”

El Apóstol opina que “bueno le sería al hombre no tocar mujer”. Dios nos hizo con sexualidad, Pablo lo sabe. La sexualidad en sí misma es una función humana, necesaria para la reproducción y multiplicación de la raza humana, como para prodigarse amor los esposos. La sexualidad no es pecaminosa, como no lo es el comer, el respirar o el caminar. Sin embargo los pecados surgen de la distorsión de esas funciones, como la pornografía, la gula, la drogadicción, etc. Y si el sexo no es algo malo para el hombre ¿por qué el escritor de esta carta dice que “bueno le sería al hombre no tocar mujer”? La respuesta se nos da en los siguientes versículos:

26 “Tengo, pues, esto por bueno a causa de la necesidad que apremia; que hará bien el hombre en quedarse como está.” Vivimos en el tiempo del fin, próximos al regreso del Señor. Apremia, entonces, que cumplamos la tarea de anunciar Su mensaje de salvación a aquellos que aún permanecen en tinieblas. Si estás casado tienes muchas otras obligaciones que cumplir. De ningún modo el Apóstol obliga al celibato pero sí lo recomienda para permitir una mayor dedicación a la obra de la Iglesia.

27 “¿Estás ligado a mujer? No procures soltarte. ¿Estás libre de mujer? No procures casarte.” Quien ha contraído el compromiso del matrimonio, no debe desligarse y renunciar a él, sino cumplirlo con toda dedicación. Si es varón debe amar a su esposa, tal como Cristo ama a la Iglesia; si es mujer debe amar a su esposo como ama al Señor y sujetarse a él como se somete a Jesucristo. El que está soltero está libre. El matrimonio significa ciertas ataduras, como a) preocuparse del otro en forma integral; b) renunciar a sus asuntos por amor al cónyuge; c) depender en cierto modo del carácter y emociones del otro. El matrimonio no impide el servicio a Dios (pensemos en Priscila y Aquila) pero la soltería ayuda a una mayor entrega.

28 “Mas también si te casas, no pecas; y si la doncella se casa, no peca; pero los tales tendrán aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar.” Es inevitable que la persona que se casa sufra las consecuencias de ese estado, por ejemplo: a) desavenencias matrimoniales; b) problemas económicos; c) enfermedades de los hijos; d) diversidad de caracteres, no siempre fáciles de gobernar, etc. Si permanece virgen no conocerá en carne propia estas dificultades, aunque tendrá otras, pero de menor envergadura pues atañerán sólo a una persona. Casarse significa responsabilizarse de sí mismo, del cónyuge y de los hijos; y en algunas oportunidades de otros miembros de la familia. Todos estos problemas, dice el Espíritu Santo, traerán “aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar.”

32 “Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor” El deseo del escritor es que no sufran los cristianos y puedan servir en la tarea de difundir el Evangelio en todo el orbe, sin mayores problemas personales. La soltería permite que la persona se preocupe exclusivamente de las cosas de Dios, que tenga mucho tiempo para orar y adorar al Señor; para leer, reflexionar y estudiar las Sagradas Escrituras; para enseñar la Palabra de Dios a otros que lo requieran; para visitar a los necesitados de ella, a los enfermos, los presos, los ancianos, los discapacitados; para evangelizar y misionar sin restricciones.

33 “pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer.” La persona cristiana casada debe preocuparse de muchas cosas que quizás desvían su atención de asuntos propios de la Iglesia y el Reino de Dios. Si bien es cierto todas las cosas pertenecen al Señor y no debiéramos hacer separación entre lo llamado “secular” y eclesial o divino, al parecer Pablo sí hace una diferencia entre tener cuidado de “las cosas del mundo” y tener cuidado de las cosas de Dios. Efectivamente existen cosas de Dios como orar, alabar, ofrendar, predicar, servir y cosas del mundo como trabajar, soportar jefes injustos y compañeros de trabajo impíos, compartir con personas no creyentes para ganar el sustento diario.

San Pablo dice que “el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” ¿Será una cosa mundana amar a la esposa? ¿Habrá querido decir eso el Apóstol? Indudablemente no pues la familia cristiana es santificada por el cónyuge creyente, es parte de la Iglesia. Atender al esposo o esposa, educar a los hijos, salir a comer con el cónyuge o la familia, departir con los amigos en familia, etc. es algo santo y bueno, pero que demanda también mucho gasto de energía por parte del cristiano. En todo caso, la Biblia no prohíbe el matrimonio sino que destaca que éste implica tan duras responsabilidades que será un factor que agregará dificultades en la vida del siervo de Dios.

35 “Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor.” Finalmente recalca la Palabra de Dios que todo lo dicho es sólo para nuestro provecho, no para molestar ni impedir, ni juzgar. La idea es que vivamos una vida honesta y decente, sin ningún impedimento para servir a Dios. De tal modo que de ahora en adelante no tenemos excusa para no servir al Señor y a la Iglesia. Nadie ponga como razón sus compromisos de familia para no cumplir los deberes para con Dios, sino que pida al Señor cómo servirlo con las limitaciones y exigencias que le impone el tipo de vida que lleva, y como administrar su tiempo, redimirlo y maximizarlo en función de la tarea que Él ha encargado a cada uno.

jueves, 19 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 6: CRISTO, NUESTRO ESPÍRITU.

“17 Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.”

¡Nada más hermoso que la amistad! Esa bendita relación que surge entre seres humanos de diferentes familias y que puede durar toda una vida. También se puede ser amigo del esposo o la esposa, de los hijos, de un primo o del abuelo, ¡excelente si así sucede! y no es de extrañar pues nos unen lazos de sangre, muchas vivencias compartidas; pero lo excepcional es que entremos en una estrecha relación con desconocidos. Es que en el fondo todos los seres humanos pertenecemos a una sola familia, la raza humana, y tenemos similares necesidades y aspiraciones; sufrimos las mismas dificultades, vivimos iguales alegrías –enamorarnos, casarnos, el nacimiento de un hijo, etc. – y todos, sin excepción, nos dirigimos al mismo destino.

Cuando tenemos un gran amigo o amiga, como cuando amamos, sentimos que llevamos dentro a esa persona, hay una profunda ligazón que nos une a ella: compartimos gustos, hemos vivido las mismas experiencias, anhelamos casi lo mismo, manejamos valores iguales. Los grandes amigos han ligado de algún modo sus almas que, aunque se alejen por largo tiempo uno del otro, cuando se reencuentran sienten la misma cercanía, como si hubieran estado siempre juntos. Hermoso tesoro es la amistad verdadera, muy útil en los momentos difíciles. Así lo ha permitido Dios. Indudablemente Él creó la amistad.

Pero lo que a los cristianos y a su Señor los une es algo más que una amistad. Jesucristo es nuestro Amigo fiel, compasivo, tierno, misericordioso, que jamás nos abandonará, aunque nos alejemos de Él. Un amigo humano puede apretar nuestra mano en señal de amistad, abrazarnos con afecto, hablarnos a los ojos aquello que necesitamos, llegar casi a tocar nuestra alma, pero jamás podrá hacer lo que el Hijo de Dios ha hecho por nosotros: darnos Su vida. Jesús ha muerto en la cruz, asumiendo Él nuestros pecados, así ha limpiado con Su sangre la conciencia del pecador. Luego de limpiada la casa, ha venido a habitar dentro de él, en su espíritu. Por eso dice la Escritura: “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.”

Ahora soy un solo espíritu con Jesucristo. Su Espíritu es mi espíritu, y mi espíritu es Su Espíritu. ¡Qué don tan hermoso nos ha dado este Amigo!

jueves, 12 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 5: CRISTO, PRESENCIA DE DIOS EN NOSOTROS.

“6 No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? 7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8 Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.”

¿Por qué nos jactamos tanto de nuestra posición de cristianos y la santidad que por Jesús nos ha sido imputada? ¿Por qué a veces nos consideramos superiores a los que no creen en Cristo y los despreciamos, en vez de amarles entrañablemente como criaturas de Dios? ¿De qué nos enorgullecemos tanto si todo nos ha sido regalado por el Señor? Él hizo todo el trabajo de nuestra salvación y por Su misericordia aún nos mantenemos en la gracia. No es buena nuestra jactancia.

Como la levadura que hincha la masa para preparar el pan, así se infla nuestro ego vanamente con la hipocresía de pensar y decir que somos mejores. Somos tan pecadores como los que están en el mundo. La única diferencia es que somos pecadores arrepentidos, es decir conscientes de nuestro pecado. Repito: no somos superiores, como algunos lo afirman. Incluso dentro de la Iglesia hay quienes se creen mejores a sus hermanos porque descienden de padres cristianos y, según ellos, nacieron cristianos, negando con estas palabras la doctrina del nuevo nacimiento. Ningún ser humano es más que otro.

¡Cuánto necesitamos ser limpiados de la hipocresía! Fingimos santidad, bondad, fe, cuando en verdad somos pecadores, comportándonos a veces como personas egoístas e incrédulas de lo que Dios puede hacer. La hipocresía es fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Tratamos con aparente simpatía a los que no amamos, pronunciamos palabras mentirosas para quedar bien y hasta negamos la fe por temor al juicio del que no la tiene. Limpiémonos de la vieja levadura, para ser una masa nueva, sin levadura.

Jesucristo es nuestra Pascua. En cada Santa Cena y en cada Semana Santa recordamos y celebramos el sacrificio de Cristo en la cruz por nosotros. No hagamos vana tal celebración con una vida cristiana hipócrita. Como los sacerdotes que presentaban a Dios los panes de la proposición sin levadura, presentemos nosotros nuestras vidas, libres de toda falsedad y pecado. El pan es símbolo de las necesidades más fundamentales del ser humano y su satisfacción. El pan de la proposición o Presencia representaba la provisión de Dios para las necesidades de su pueblo[1]. Mas cuando no hay transparencia, naturalidad ni un corazón recto, no puede haber Presencia de Dios allí. “Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.”

Señor: Perdona mis conductas hipócritas, endereza mi corazón y enséñame a actuar con verdad, sin ofender a mi prójimo, pero siendo una persona humilde y sincera. Te lo ruego por Jesús, Cordero Pascual. Amén.

[1] Éxodo 25:29-31; Levítico 24:5-9

martes, 3 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 4: CRISTO, EL MODELO A IMITAR.

“14 No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. 15 Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. 16 Por tanto, os ruego que me imitéis. 17 Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias.”


Un buen padre, amante de sus hijos, será cariñoso pero también severo con los errores y conductas inadecuadas de éstos. La intención de un papá o mamá, cuando amonesta a sus hijos, no es molestarles ni entristecerles, tampoco es que sienta rechazo hacia ellos, sino que lo hace para formar sus vidas. Si bien es cierto, la educación es importante, es decir la adquisición de conocimientos para llegar a ser una persona culta que tiene una profesión honrada en la sociedad, más importante, creemos, es la formación del carácter.

La instrucción la recibimos principalmente en la escuela. Los profesores están preparados para educar a nuestros hijos con técnicas pedagógicas y motivacionales que hacen del aprender algo agradable. También los papás pueden instruir a los niños y jóvenes. De hecho los padres cristianos instruyen al hijo en la lectura, comprensión, memorización y valoración de la Palabra de Dios. Pero la misión de ellos va mucho más allá de una enseñanza teórica. Los papás tenemos la delicada tarea de “formar” a nuestros hijos como personas integrales.

En el Texto el Apóstol escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto como si lo hiciese a hijos. Les reprende, no con la intención de avergonzarles, sino para edificarles. El Espíritu Santo desea nuestro crecimiento espiritual y para ello se valdrá de siervos de Dios que a veces nos corregirán con firmeza las malas actuaciones. La actitud del discípulo hacia el maestro que lo amonesta debe ser de humildad y reconocimiento de la autoridad moral de aquél; es necesario que vea y escuche más allá de esa persona, a la Persona del Maestro que le hace un llamado de atención. Este es el modo de crecer en el Reino de Dios.

Los cristianos, como todo ser humano, hemos nacido de padres biológicos, mas a la vida espiritual hemos tenido un nuevo nacimiento por medio de Jesucristo. Pero la o las personas que nos trajeron la Palabra de Dios y que nos formaron en el camino del discipulado, son nuestros padres espirituales. Podemos escuchar y seguir a numerosos predicadores y teólogos, hermanos en la fe, pero nadie nos amará y tratará mejor que un padre o una madre espiritual. A lo largo de la historia del cristianismo se les ha llamado maestros, guías, directores espirituales, discipuladores, etc., no importa el nombre que le demos pero es innegable que la mayoría de los cristianos tenemos algún hermano mayor en la Iglesia, que está preocupado de nuestro desarrollo en la fe. Esto es una muestra del gran amor de Dios por Sus hijos.

¡Qué responsabilidad tan grande es ser “padre espiritual” de otro hermano! Tan grave como ser papá o mamá de nuestros hijos biológicos. Quisiera haber sido un mejor padre de mis niños, mas las circunstancias y mi propio pecado impidieron que fuese el referente que anhelaba ser para ellos. A pesar de todo, Dios ha sido bueno, y ellos llevan en sus vidas valores eternos. Pero la misericordia Divina no debe ser excusa para un relajamiento en la labor y ministerio de los papás. Tan serio como ello es la paternidad espiritual. San Pablo no tiene temor de ponerse como ejemplo para sus “hijos en la fe” y les ordena “os ruego que me imitéis.” ¿Qué pastor o líder espiritual se atrevería hoy a pedir algo así? El Apóstol está tan seguro de su correcta conducta y carácter, que no se detiene para mostrarse él mismo como ejemplo de Cristo. Esto es lo que necesitamos lograr, o más bien lo que el Espíritu Santo quiere obtener de nosotros. Él desea formarnos a la imagen de Jesús para que podamos un día pronunciar las mismas palabras: “Sed imitadores de mi, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1)

Un fruto del Apóstol es Timoteo, cuya principal virtud es la fidelidad. Una persona fiel guarda lealtad hacia el amigo o, en este caso, el maestro; es un modo de expresar la fe que le debe a él y a Dios. Hacer una tarea fielmente es ser puntual y exacto en su ejecución. El discípulo Timoteo era un fiel seguidos de San Pablo y cumplía sus comisiones con esmero y eficiencia. En la actualidad hablamos de alta fidelidad al referirnos a la calidad de sonido de un equipo electrónico. Es que esa radio hace una reproducción muy fiel del sonido. En la transmisión del Evangelio de Jesucristo se necesitan reproductores de alta fidelidad que anuncien el mensaje lo más fielmente posible, a imitación de Cristo. Por eso San Pablo imita al Señor y pide que sus seguidores hagan lo mismo. Un buen padre transmitirá con su vida ejemplar y sus palabras, la Vida y la Palabra del Padre de los cielos. Un buen padre espiritual será un fiel reproductor de la Vida y Palabra de Jesucristo. Este debe ser “mi proceder en Cristo”