jueves, 30 de diciembre de 2010

GRATITUD A MIS LECTORES.


Querida hermana Elizabeth, estimado Julio, apreciado hermano Ítalo, amada Elena, recordado poeta y hermano David, y entrañable hermano y compañero de Seminario, Sixto:

Vaya para todos ustedes, que gentilmente me han acompañado durante todo un año de "Tesoro en los Cielos", mi más cariñoso abrazo y bendición. Espero que la Palabra del Señor en Hechos, Romanos y Corintios les haya fortalecido más y más en fe, paz, amor y esperanza, tanto como a mí.

Para este siervo ha sido un privilegio y agrado compartir con ustedes este pan casi diario, y lo seguiremos haciendo, con la ayuda del Señor.

Unos en Suecia, otros en Venezuela, otros en Iquique, otros en Valparaíso, y quizás en qué otros lugares del planeta, para Dios no hay distancias, todos hemos estado unidos en la fe, la oración y Su Palabra, durante esos minutitos de lectura.

¡El Señor les bendiga y regale un hermoso nuevo año 2011! Vuestro en Cristo,

Pastor Iván Tapia

P.S. Cuando puedan entre a la página e inscríbanse como "seguidores". Gracias!

2 CORINTIOS 5: MINISTROS DE RECONCILIACIÓN.

16 De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. 17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Desde el día que nos convertimos, ha de ser nuestra manera de vivir “en Cristo”; por lo tanto ninguna experiencia debemos vivirla con el sistema de valores y conocimientos del mundo, sino desde la mirada de Jesucristo, puesto que Él ahora vive dentro de nosotros. “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. A nadie debemos conocer según la carne sino según el espíritu. Todo lo antiguo: ese modo de sentir la vida (nostálgico, romántico, mágico, racional o emocional en exceso, etc.), como interpretábamos las experiencias (la suerte, el azar, la lógica científica, la superstición, etc.), los propósitos que abriga el alma (dinero, poder, fama, etc.), en fin lo que la mente carnal y el mundo habían depositado en nosotros; nada de eso debe estar ahora. Porque hemos nacido de nuevo, hemos sido regenerados, tenemos otra mente y otro corazón, llenos de Cristo, “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Lo que ahora somos como personas y vivimos como discípulos de Jesucristo, proviene de Dios. Nada ha sido ni será construido por mi carne. Es de esperar que sea guiado por el Espíritu Santo y así toda mi vida sea Él en mí. Dios nos llamó por medio de Su Hijo, el Espíritu nos convenció de pecado, puso arrepentimiento y fe en nuestro corazón y así fuimos trasladados al Reino de Dios. Ahora somos nuevas criaturas, reconciliadas con el Padre. No que Él estuviese en guerra con nosotros y nos hubiese vencido; no, jamás Dios Padre ha estado contra el Hombre. Es el ser humano quien que se puso en contra de su Creador. Fue tanto el amor de Dios que buscó nuestra reconciliación. Tanto más pecaba el Hombre, tanto más se alejaba de Él, y se cubría con todo tipo de hojas de higuera su vergüenza: filosofías, artes, pensamientos mágicos e irracionales, diversión, drogas y otros vicios, éxito, etc. Nada pudo acallar su conciencia, hasta que, al escuchar el mensaje del Evangelio, cayó humillado a Sus plantas, pidió perdón arrepentido y recibió la paz. ¿Cuál fue el precio de ese perdón? La muerte de Jesucristo en la cruz. La sangre de Su Hijo nos lavó de toda nuestra maldad. Aún no podemos comprender a cabalidad la profundidad y altura de ese amor del Padre. Nos reconcilió con Él porque nos amó.

A pesar de mi pecado, desobediencia, inconstancia, incredulidad… Él, además de perdonarme y aceptarme como Su hijo, me encarga el ministerio de la reconciliación. ¿Puede haber alguien menos capacitado para ello que el hombre? ¿Cómo podré decir “no pequen” si soy un pecador? Entonces tendré que confesar a todos “soy un pecador… pero arrepentido; ¡arrepiéntanse ustedes también y recibirán la eterna salvación! ¿Qué ejemplo podré dar yo de buen “discípulo de Jesucristo” si caigo tantas veces en pecado y en inconsistencia de mi fe? Ninguno, salvo cuando logro aprobar unas horas o unos minutos, por buena conducta. Pero no predicaré mis obras sino la obra de Él, Jesucristo, en la cruz; y todo aquello bueno que yo pueda hacer, no es obra mía sino el Espíritu Santo que vive en mí. Sí, los cristianos tenemos el privilegio de ser ministros de reconciliación.

Mas no sólo ministros sino también “embajadores en nombre de Cristo”. El Reino de Dios tiene su sede principal en los cielos, allí está el trono desde donde Cristo, a la diestra de Dios Padre, dirige toda operación en Su Reino. Quienes vivimos en la tierra todavía, venimos ser representantes de ese Reino, verdaderos embajadores de Cristo. Como tales, investidos estamos de Su autoridad y representación, y conforme a ese rango habremos de comportarnos. Necesitamos la inteligencia y astucia de un diplomático que debe dialogar con personas que no pertenecen al Reino de Dios; la gentileza de un embajador para conquistar la buena voluntad de los naturales del lugar; dar a conocer la cultura, los valores, principios y conocimientos del Reino de Dios; en fin ser fieles al Rey que nos ha dejado en Su representación. Es una tarea de gran paciencia, comprensión, perseverancia y misericordia; implica no obligar a los hombres y mujeres a creer y obedecer al Señor, sino rogar “en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.”

martes, 28 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 4: MINISTROS DE LA LUZ.

3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. 6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

3 Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto;

Todavía hay muchísimas personas que no conocen a Jesucristo. Me refiero a los que nos rodean en la familia, amistades, vecinos, conocidos de la ciudad; no hablo de los de ultramar. Ya irán los misioneros por ellos, cosa ciertamente importante; pero nuestro trabajo como discípulos comunes y corrientes, que laboramos a diario por nuestras familias y por la Iglesia, está aquí, en el entorno. Piense siempre en este orden: mi esposo o esposa, mis hijos, hermanos y hermanas de sangre, padres, suegros, tíos y tías, primos y primas; luego los amigos y amigas, los vecinos y vecinas, los conocidos y los desconocidos de la ciudad que usted comparte. Para la mayoría de ellos aún el Evangelio está encubierto, es un misterio cubierto por desconocimiento, prejuicios, falsos conceptos, ignorancia espiritual. Todos necesitan de Jesucristo y la salvación que nos ofrece; nosotros somos los indicados para comunicarles el Camino.

- ¿Está usted orando por los perdidos?
- ¿Ha presentado a su familia el Evangelio y la Persona del Señor Jesucristo?
- ¿Está usted rogando por la salvación de sus amigos y conocidos?
- ¿Tiene usted en cuenta a esos desconocidos cuando camina por las calles de su ciudad?


4 en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo,

El “dios de este siglo” no es otro que el príncipe de las tinieblas. Es ese dios –con minúscula- en sentido figurado, que gobierna las mentes de tantas personas y a las cuales nosotros estamos llamados a anunciar el Evangelio. La gente piensa que es libre de toda influencia satánica y desmerece su poder; no sabe que al vivir así, sin Dios, pensando que es “libre” para ir donde quiera, pensar y sentir como quiera, hacer lo que les viene en gana, de ese modo están obedeciendo al dios de este siglo.

Cuando la Palabra de Dios dice “siglo” no se refiere a una centuria o cien años, sino que quiere decir el mundo material alejado de Dios. El propósito de Satanás siempre es que ningún ser humano reconozca a su Creador, que nadie busque a Jesucristo, que ninguna persona vaya a salvarse y reciba el Espíritu Santo. Él sabe que está perdido, que el veredicto de Dios ya ha sido dado, y está escrito en Su Palabra: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 20:10) Sólo le resta vengarse de Dios haciendo que se pierda la mayor cantidad de seres humanos posible. Para ello trabaja en la mente de las personas, convenciéndoles con mentiras como estas: Dios no existe; Cristo fracasó en su misión; la vida eterna es una ilusión pues el hombre muere y se pudre en la tierra; la resurrección es una fantasía; el pecado es un concepto anticuado ¡pásalo bien!

De esta manera ciega “el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo” Así el mensaje de Dios y nuestras creencias pasan a ser para ellos fantasías, debilidad y locura “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Corintios 1:18) ¿Dejaremos nosotros que la luz del Evangelio de Jesucristo no nos ilumine? ¿Permitiremos que la mente de nuestros hijos, esposo, esposa, hermanos, padres, se cierre a la Buena Nueva? ¿No haremos nada para que así el diablo siga encegueciendo a los incrédulos y se los lleve al infierno por eternidad?


4 … para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

Dios es Luz, dice San Juan. “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5) Pablo en cierto modo nos dice algo similar. Jesucristo es la imagen visible de este Dios que es luz. El Evangelio, que es el mensaje de Dios para la humanidad, transmite esa luz o gloria, por medio de Jesucristo. Así es que Dios, Jesucristo y el Evangelio son eslabones luminosos de una misma cadena. Cuando Jesús nos dice “Ustedes son la luz de este mundo”, señala como paradero de esa luz nuestra persona. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (San Mateo 5:16) De modo que evangelizar o anunciar las buenas nuevas, es iluminar por medio del Evangelio a los que están en tinieblas, ciegos y sin luz.

- ¿Está usted iluminando con la Palabra de Dios a su entorno?
- ¿Aprovechamos todo momento para transmitir el Evangelio a los que nos rodean?
- ¿Hay en nuestra Iglesia un sentido de urgencia por anunciar a Jesucristo?

5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.

No nos anunciamos a nosotros, no hacemos una publicidad sobre nuestra persona, no es el interés que nos miren a nosotros sino a Jesucristo. Hoy por hoy se acostumbra exaltar a un líder muy carismático para anunciar el Evangelio, pero este no era el método de San Pablo. Él ni el Espíritu Santo querían ello sino ensalzar el Nombre del Señor. Prediquemos a Jesucristo, expongamos Su vida y obra, presentémoslo con Señor y Salvador de la Humanidad, el único Camino para alcanzar la salvación, el único Mediador entre Dios y los hombres. Y si hablamos de nosotros sea solamente para contar el testimonio de Jesús en nuestras vidas. Presentémonos como servidores del prójimo por amor a Jesucristo. No sea otro nuestro norte, sino tan sólo exaltar al Amado Jesucristo.

6 Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

Dios Creador del universo, cuando vio esta tierra en tinieblas bajo el poder del ángel caído, ordenó que aquí resplandeciera la luz, Su luz; entonces envió a Su Hijo a nacer en el pueblo Belén de Judea. Jesucristo, el Verbo Encarnado, anunció el Evangelio de la Gloria, un mensaje proveniente del mismo corazón del Creador. ¿Qué decía ese mensaje divino?
1º “…Este es mi Hijo amado; a él oíd.” (San Lucas 9:35);

2º “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (San Marcos 1:15);

3º “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. / Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. / El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (San Juan 3:16-18) y

4º “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (San Juan 3:5)

Estos cuatro enunciados son de Jesús. Nadie puede decir que sean creación de sus apóstoles o una interpretación de sus palabras. En las palabras y presencia de Jesús resucitado resplandece la Verdad de Dios, y los cristianos, sobre todo quienes hemos recibido el ministerio, somos ministros de ese Evangelio de luz.

lunes, 20 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 3: MINISTROS DEL NUEVO PACTO.

Baños termales de la ciudad de Corinto antigua.


“4 Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; / 5 no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, / 6 el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.”

Dios nos ha hecho Sus ministros. Si somos competentes en esta tarea, no es por nuestras capacidades o porque hayamos puesto gran esfuerzo de nuestra parte, sino porque Él nos ha capacitado y transformado en discípulos aptos y adecuados para la obra que Él nos encomendó. Dios nos hizo “ministros competentes de un nuevo pacto”. No somos ministros de la Ley de Moisés ni ninguno de los pactos anteriores al que se hizo por medio de Jesucristo. Tampoco somos ministros de un pacto inventado por hombres, sean éstos nuevos sacerdotes de un culto moderno o teólogos de una corriente diferente; no, somos ministros del Nuevo Pacto.

El Nuevo Pacto entre Dios y la Humanidad fue sellado con la sangre de Jesucristo. Él fue quien nos representó a todos los seres humanos en ese pacto con Dios. El Hijo de Dios actúa como nuestro Mediador y Representante, además es el Sumo Sacerdote en la relación que ahora tenemos en la adoración, culto y servicio de Dios. El Nuevo Pacto consiste en que Jesucristo como el Hijo del Hombre, entregó su vida por todos los seres humanos, para que sus pecados fueren perdonados; y que Dios perdona y considera justo a todo ser humano que acepta con fe ese sacrificio. El Nuevo Pacto, a diferencia del Antiguo, se basa en la fe del hombre en Jesucristo y la gracia de Dios para con la Humanidad. El Antiguo Pacto se fundamentaba en la letra, en el cumplimiento de la Ley, en la obediencia al mandamiento; en cambio el Nuevo es movido por el espíritu, es la fe en Jesucristo, la que está dentro del hombre y no en un acto externo. Por eso se dice que este Nuevo Pacto es espiritual.

La letra nos puede condenar, puesto que a cada momento faltamos a algún mandato del Señor. Sin embargo el espíritu nos da vida, ya que la fe nos lleva a reconocer que somos pecadores, a pedir perdón y recibir el Espíritu Santo que nos capacita para actuar cristianamente. El espíritu nos vivifica, en cambio la letra nos mata, nos manda al infierno. Si por medio de la letra de la Ley nos percatamos que somos muy pecadores, pues nadie la cumple totalmente, por medio del espíritu nos arrepentimos, cambiamos de actitud para con Dios, creemos en Su mensaje reconciliador y alcanzamos la salvación.




lunes, 6 de diciembre de 2010

2 CORINTIOS 2: MINISTROS DE LA VERDAD.

“9 Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, / Ni han subido en corazón de hombre, / Son las que Dios ha preparado para los que le aman. / 10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. / 11 Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. / 12 Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, / 13 lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.”

El Señor ha preparado para Sus hijos experiencias impensadas, cosas que nadie puede imaginar. “Cosas que ojo no vio” dice Su Palabra. Tal vez milagros, hechos portentosos, inexplicables racional o naturalmente. Lo que jamás experimentamos o pensamos vivir, es lo que todo cristiano ha de esperar de esta vida en el Reino de Dios. “Ni oído oyó”, ¿cuántas enseñanzas de la Palabra de Dios jamás habíamos comprendido así como el Espíritu Santo nos las ha dado a conocer? A veces nos sorprendemos con una interpretación diferente de las Escrituras o con el descubrimiento de una nueva mirada sobre el Texto. Indudablemente nuestro Señor tiene para cada cristiano un abundante depósito de dones y experiencias que nos sorprenderán al vivirlas. Nótese que dice “para los que le aman.” Amar al Señor es obedecer Sus mandamientos, respetar a las autoridades por Él instituidas, buscar permanentemente Su Presencia en oración, adorarle con gratitud, evangelizar, trabajar en Su obra con entusiasmo y esmero, en fin procurar siempre agradarle. Si le amo de ese modo, Él me hará disfrutar de “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, / Ni han subido en corazón de hombre”.

Estas “cosas”, como la salvación por medio de la fe en Jesucristo, la exaltación de Jesús como Señor y Cabeza de la Iglesia, el lugar de los cristianos como Cuerpo, y muchas más, fueron reveladas al Apóstol por el Espíritu “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” El Espíritu Santo es un Ojo escudriñador, un Investigador por naturaleza; es Dios mismo que todo lo sabe y todo lo ve, nadie puede esconderse de Él. Examina cada cosa, aún las de Él mismo. Y así también las puede transmitir, si es Su voluntad, a los hijos de Dios. Así como el ser humano pude conocerse a sí mismo, “porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?”, Dios se conoce mejor que cualquier criatura. Él sabe Quién es. “Yo Soy El Que Soy”, dice. Sabe perfectamente Quién es. No así el ser humano que, además cambia día a día, es cambiante, está en permanente desarrollo. Por lo tanto “nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.”

Si tenemos el Espíritu Santo, razona San Pablo, entonces nosotros deberíamos saber Quien es Dios, cómo piensa, cómo siente y qué planes tiene, porque tenemos la mente de Cristo. “No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios”. Consideremos cuán valioso tesoro llevamos dentro. Los cristianos contamos con una riqueza eterna en nuestro interior: el mismísimo Espíritu de Dios. ¡Valorémoslo viviendo a la altura de esa Posesión! Dios nos ha concedido nada más y nada menos que Su Espíritu y cuántas veces actuamos como si dentro de nosotros no hubiera más que basura: esas palabras necias que pronunciamos, esas groserías, esas frases de doble sentido, esas bromas de mal gusto, esos aguijones que clavamos en nuestro prójimo, esas murmuraciones contra los hermanos y la familia, esos malos pensamientos, etc. etc. La carta de San Pablo, que es una carta del Espíritu Santo para nosotros, nos dice que nosotros “hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” Es lo que Dios espera de cada uno de Sus hijos: que seamos de hablar sabio. Es preferible callar si no vamos a edificar con nuestras palabras. Él quiere que transmitamos Su sabiduría, desea usar nuestros labios como transmisores de Su Verdad. Toda la sabiduría del Espíritu Él la acomodará a nuestro espíritu, para que la Verdad sea sembrada entre los hombres.

lunes, 22 de noviembre de 2010

2 CORINTIOS 1: MINISTROS DE CONSOLACIÓN.

En Corinto se encuentra una gran área arqueológica para visitar, desde el Monte de los Corintios a toda la zona que se halla a sus pies, donde San Pablo se dirigía con sus cartas a los pobladores de la región, el templo de Apolo y el de Poseidon.

SEGUNDA EPÍSTOLA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS

“3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, 4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 5 Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. 6 Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. 7 Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación.”

Dios es bueno, Él es misericordioso con el ser humano, sea que sufra dolores físicos, psicológicos o espirituales, sea cual sea su carencia. Alguien en broma escribía “este era un hombre tan pobre que sólo tenía dinero”. Sí, también puede haber dolor, soledad, frustración, vacío espiritual, etc. en las personas acomodadas. El sufrimiento no mira clases sociales, niveles culturales ni edad. Nuestro Padre Celestial es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación”.

Quien le tiene como verdadero Padre, recibe mucho consuelo. Debo confesar que, como todo ser humano, he sufrido grandes penas familiares, pero el buen Dios ha sido mi consuelo. Además Él ha puesto personas, entre ellas mi amada esposa, que han derramado un bálsamo de consolación a mis heridas. Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones”. De hecho Él ha puesto el Espíritu Santo de consolación en cada uno de Sus hijos.

El deseo del Señor es darnos de Su amor consolándonos, trayéndonos paz y aumentando nuestra fe; pero también estará dichoso si, naciendo el amor en nosotros, somos capaces además de consolar a otros. Es decir que Su consuelo corre como un río de amor, por medio de Sus hijos, a otras vidas. El anhelo de Dios es que “podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.”

Siempre el amor que Dios da es un amor para compartir, no es un consuelo egoísta centrado en una sola persona, es un río que busca regar todo el valle. Como el agua de las montañas que cae desde la altura por entre las peñas y quebradas y va regando cuanta tierra sedienta de humedad encuentra en su camino, así es el amor del Señor, quiere saciar de Sí a toda alma sedienta y necesitada de consolación espiritual. El consuelo de Cristo es abundante y nunca merma Su amor.

En el caso de los siervos de Dios, Sus ministros, sean estos maestros, pastores, evangelistas, profetas o apóstoles, sean estos obispos o diáconos; la tribulación que ellos viven por causa de la obra de Dios es para consuelo y salvación de otras vidas. Los misioneros se arriesgan hasta la muerte en regiones inhóspitas, predicando el Evangelio; los evangelistas se exponen al rechazo y las burlas de una sociedad materialista y atea, con tal de ganar unos pocos para Jesucristo; cada pastor en los barrios de este mundo, lucha día a día por rescatar las almas de las garras de Satanás, no sin exponerse al enemigo espiritual que ataca de mil formas. En cierto modo, los ministros del Señor viven parte de los padecimientos de Cristo, como en otra de sus epístolas dice San Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses 1:24). En ese sufrimiento se opera la consolación y salvación de muchas almas. Por ello, acompañar a los ministros de Dios también es una tarea con mucha recompensa en los cielos. Hay un galardón para los que trabajan en la obra del Señor, una firme esperanza para aquellos que son camaradas tanto en las aflicciones como en la consolación.

Oración.
Amado Padre Celestial: Te damos gracias por esta Palabra que nos alienta a continuar en Tu camino de servicio a las almas afligidas y que requieren de salvación y consuelo. Permite que cada uno de nuestros dolores, los tengamos en poco en comparación con los sufrimientos de Tu Hijo en la cruz del monte Calvario; y sencillamente los consideremos un regalo Tuyo para perfección de nosotros y la obra evangelizadora de la Iglesia. Que no seamos tan sensibles a nuestros propios sufrimientos, sino a los del prójimo. Que el Espíritu Santo nos de sabiduría, como al Apóstol, para comprender el sentido de los dolores que Tú permites en nuestras vidas. Por Jesús, Amén.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

1 CORINTIOS 16: CRISTO, SIERVO DE TODOS.

“10 Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor así como yo. / 11 Por tanto, nadie le tenga en poco, sino encaminadle en paz, para que venga a mí, porque le espero con los hermanos.”

Al término de esta epístola a los hermanos de la ciudad de Corinto, el apóstol Pablo les solicita algo acerca de su apreciado discípulo Timoteo. Les pide “mirad que esté con vosotros con tranquilidad”, es decir que se sienta acogido, que sea atendido de tal modo que pueda dedicarse a su trabajo como ministro de Dios. Y da la razón de su petición: “porque él hace la obra del Señor así como yo.” Timoteo está cumpliendo una misión encomendada por Dios, y no hay nada más importante y respetable que eso aquí en la tierra; incluso, agrega, es la misma obra que hago yo. Timoteo también en cierto modo es un apóstol, o sea uno que ha sido llamado por Cristo, capacitado por Cristo y enviado por Cristo. “Nadie le tenga en poco” amonesta el siervo, nadie lo desvalorice, ninguno lo mire en menos, como alguien que no tiene tanta importancia. Tal vez Timoteo era un hombre muy humilde en actitud, sencillo en palabras y se mostraría a veces como algo débil y temeroso, tanto que el apóstol tuvo que recordarle en una de sus cartas pastorales: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. / Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:6,7); y en otra oportunidad le escribe: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.” (1 Timoteo 4:12). Les pide que lo encaminen en paz en su viaje a Efeso, a reunirse con él, pues le espera con sus hermanos cristianos.

¿No debiera ser esa la actitud de todo cristiano ante un siervo de Dios? Una actitud de respeto, consideración y afecto, teniendo en cuenta que los ministros del Señor llevan la preciosa semilla del Evangelio, que han dejado todo lo mundano por la salvación de las almas. Sin embargo vemos que hoy día se habla mal de los pastores, no se les considera personas dignas de honor, se les critica y exige perfección. En el trato, muchas veces hay una palabra casi grosera y cierto desprecio por su rol. Se les quiere igualar al resto de los cristianos y negar su evidente vocación y llamado del Señor al ministerio. Las palabras del Espíritu Santo en esta carta de San Pablo nos recuerdan que nadie debe tener en poco la misión de un siervo de Dios.

“15 Hermanos, ya sabéis que la familia de Estéfanas es las primicias de Acaya, y que ellos se han dedicado al servicio de los santos. /16 Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan y trabajan. /17 Me regocijo con la venida de Estéfanas, de Fortunato y de Acaico, pues ellos han suplido vuestra ausencia. /18 Porque confortaron mi espíritu y el vuestro; reconoced, pues, a tales personas.”

No podemos dejar de destacar, además, estos versículos que hablan acerca de las casa de Estéfanas. Su familia fue la primera en convertirse en Acaya, antigua provincia de Grecia. Pablo destaca su espíritu de servicio, hospitalidad y buena voluntad hacia el prójimo, sobre todo los discípulos. Dice “ellos se han dedicado al servicio de los santos.” Han ayudado y trabajado mucho en la obra, por tanto son dignos de tener autoridad sobre otros menores, aplicándose así el principio de Jesús: “… el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, / y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. / Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (San Marcos 10:43-45) Como son personas llenas de amor y con un espíritu limpio, los demás pueden sujetarse a ellos, como al mismo Señor. “Os ruego que os sujetéis a personas como ellos, y a todos los que ayudan y trabajan.” El apóstol expresa en estos versos su alegría de que ellos volverán a ver a Estéfanas, Fortunato y Acaico, siervos ejemplares y dignos representantes de Acaya. Ellos suplieron la ausencia de sus queridos hermanos de la provincia, y confortaron su espíritu. Finalmente les insta a reconocerlos como autoridad.

La posición en el Reino de Dios no se basa en nombramientos y cargos honoríficos, sino en el servicio amoroso y desinteresado al Cuerpo de Cristo. Esto queda bien claro en estos pasajes de la epístola: se debe reconocer y honrar a los que hacen la obra del Señor y a los que se dedican al servicio de los santos.

lunes, 8 de noviembre de 2010

1 CORINTIOS 15: CRISTO, UN REY EXIGENTE.

"50 Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción."
En este capítulo el Espíritu Santo nos habla acerca de la futura resurrección de los muertos. Comienza estableciendo el orden histórico de los hechos, diciendo en los versos 3 al 8:

1. “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;
2. y que fue sepultado,
3. y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;
4. y que apareció a Cefas (Pedro),
5. y después a los doce (apóstoles).
6. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.
7. Después apareció a Jacobo (Santiago);
8. después a todos los apóstoles;
9. y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí (Pablo)."

Luego señala el orden de la resurrección tanto de lo humano como del mundo que ha sido corrompido por el hombre en pecado, desde el verso 23 al 28, “Pero cada uno en su debido orden”:

a) "Cristo, las primicias;
b) luego los que son de Cristo, en su venida.
c) Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. / Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. / Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas.
c) Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos."

Claramente señala el orden:
a) Primero, resucitó Jesucristo
b) Segundo, resucitarán los cristianos, cuando Él venga por segunda vez
c) Tercero, Jesucristo reinará “hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.”
d) Cuarto, Jesucristo entregará el Reino de Dios al Padre.

A esta altura de la epístola, San Pablo reflexiona en los versículos 35 y 36: “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? / Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.” Y más adelante concluye, en el verso 50, “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.”

Este es un principio espiritual profundo: “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios”. Antes de continuar nuestra reflexión es preciso preguntarnos ¿A qué reino se está refiriendo el Apóstol? ¿Será al reino eterno en que estaremos con el Señor para siempre? ¿O será el reino que Jesucristo establecerá en esta Tierra por mil años? ¿O se trata de ambos? Vamos por parte:

1) El reino eterno es para todo cristiano, por tanto no se alcanza por obras sino por fe. Quien ha aceptado a Jesucristo como Salvador ya es salvo y nada le separará del amor de Cristo, como un hijo no deja jamás de ser amado por su progenitor, aunque no sea un buen hijo. El reino de los cielos no podemos comprarlo con nuestras imperfectas obras, sólo con la sangre de Jesús. Pero Dios se ha precavido que nada corrupto entre en Su Reino y al momento de la resurrección transformará a todo cristiano: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1 Corintios 15:51)

2) Si se trata del reino de mil años, tener parte en ese reino será un premio para los buenos cristianos; y no estar en él será una reprensión para hijos fatuos y poco diligentes.

3) Tanto el reino milenial como el eterno requieren de cristianos resucitados y transformados. El milenio será un galardón para los que han vivido rectamente su fe, el reino eterno será un regalo para todos los que creyeron en Jesucristo.

“La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios”. El Reino no es para hombres y mujeres de carne y hueso, o de “la carne y la sangre”, como dice la Escritura. No se está refiriendo exclusivamente a los cristianos llamados “carnales” sino a seres humanos en general. Para poder entrar en el Reino tendremos que ser purificados en nuestra carne, limpiados con la sangre de Jesús, lavados por la Palabra de Dios, transformados a Su semejanza, en otras palabras, ya no ser humanos caídos. Lo humano, que ha sido corrompido en Adán, no puede entrar en ese reino, sí podrá entrar lo que ha sido “vivificado” en Cristo.

Necesitamos dejar de ser carnales para entrar al reino de Dios, para tener parte en Su Reino, milenial. Debemos santificarnos día a día en Cristo, purificarnos por medio de la oración y el arrepentimiento. Ciertamente ya somos salvos por la fe y nada podemos agregar a la obra de Jesucristo en la cruz, una obra perfecta, pero el camino que llevamos es un camino de permanente santificación.

¿Qué significa que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios”? No olvidemos el contexto. Pablo está respondiendo a las preguntas “¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?” Él dice ¿vendrán acaso con el mismo cuerpo de carne y sangre, ya descompuesto? La respuesta es no. No puede ser que Dios utilice ese mismo cuerpo para el Reino de Dios, sino que Él les dará un nuevo cuerpo. El Reino de Dios es algo nuevo, limpio, santo, perfecto, y requiere también de hombres nuevos, limpios, santos, perfectos, incorruptos. El mundo corrupto, de inmoralidad y falsos valores, ajeno a Dios y la espiritualidad cristiana, la sociedad en tinieblas en que vivimos, no puede heredar el Reino de Dios. La corrupción no hereda la incorrupción. Este es el otro principio que el apóstol declara en este texto: “ni la corrupción hereda la incorrupción.”

De modo que el Reino de Dios será para gente transformada, sea por la resurrección, sea por el rapto. El Reino no podrán disfrutarlo los corruptos. No pensemos que los que no han aceptado el mensaje del Evangelio podrán participar en ese sistema gobernado por Jesucristo. Tampoco será para cristianos carnales, que han vivido una fe complaciente, fácil, débil, adaptada a las circunstancias, muelle, “light”, acomodaticia… ¡no! Dice la revelación: “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.” (Apocalipsis 20:4) El Reino milenial es para los valientes, que no siguieron la voz y sugerencias de la carne, el mundo ni el diablo, sino la Voz y mandatos del Espíritu Santo y la Palabra de Dios.

lunes, 25 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 14: CRISTO, EL VERBO DE DIOS.

“18 Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; 19 pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida.”

El Apóstol no desecha las manifestaciones carismáticas. Él mismo confiesa hablar en lenguas y no se refiere a que maneja otros idiomas de la época, sino al “don de lenguas”. Sin embargo, en la reunión de la Iglesia prefiere hablar con palabras inteligibles, con el propósito de enseñar a otros. Este es el concepto de edificación: comunicar un mensaje de Dios comprensible y que ayude al oyente a crecer en su conocimiento y experiencia de Dios.

En versículos anteriores, 6 al 12, puedo encontrar algunas pistas de cómo debe ser la enseñanza, el trabajo de edificación espiritual del ministro de la Palabra de Dios, a saber:

a) “6 Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina?"

La predicación de la Palabra de Dios puede traer al oyente la “revelación” de una verdad de Dios, porque ha sido inspirada por el Espíritu Santo. De hecho, siempre el predicador transmite conceptos y principios teológicos, que constituyen “ciencia” o conocimiento; alguien dijo que el pastor es “un teólogo residente” pues siempre, en mayor o menor medida, está haciendo Teología. La “profecía” también se transmite desde el púlpito y no necesariamente en un estado de éxtasis sino que cuando el predicador, guiado por el Espíritu, nos anuncia una realidad que está lejos del conocimiento cotidiano, o desnuda nuestra alma con la Palabra. La “doctrina” de la Iglesia es claramente enunciada por el predicador. Como ministro de la Palabra sería muy conveniente que revisara mi exposición de la Biblia y si en ella están presentes estos elementos: revelación, ciencia, profecía, doctrina.

b) “7 Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?"

Es cierto que en la homilía o prédica de la Palabra de Dios, el pastor y otros predicadores exponen en el idioma normal el mensaje del Señor. Pero si el lenguaje no es claro para el oyente éste no podrá recibirlo ni entenderlo. Si el expositor utiliza palabras rebuscadas o tomadas de ámbitos diversos al que comúnmente los oyentes escuchan, de nada servirá que el mensaje sea inspirado y profundo. No quiero decir con esto que el pastor baje el nivel de su vocabulario a lo ordinario y chabacano sino que procure que su comunicación esté al alcance de todo. Hay dos palabras que debe manejar con pericia el predicador: la Palabra de Dios y la palabra del hombre, es decir conocer la Biblia y su interpretación correcta; y dominar el idioma. Nuestra lengua castellana es rica en sinónimos y todo tipo de recursos para poder explicar bien, en forma sencilla, elegante y profunda las verdades de Dios. Cultivemos nuestro lenguaje y elevaremos además del nivel espiritual de los hermanos, su nivel cultural. Uno de los beneficios que trajo la Reforma al pueblo fue la necesidad de aprender a leer para acceder al Libro Sagrado, esto trajo consigo la creación de muchas escuelas y el progreso intelectual de Europa y el mundo.

c) “8 Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? 9 Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire."

Cada sermón es una enseñanza con un propósito definido. ¿Qué nos quiere decir el Señor a través de esta Palabra? Debe ser la primera pregunta que uno se haga para preparar una prédica. Siempre serán tres los aspectos a abarcar como trinitario es el ser humano. El cuerpo necesita actuar conforme a la voluntad de Dios. Pero es imposible que el cuerpo actúe si antes la mente no lo piensa; por eso la Palabra de Dios dice “renovaos en el espíritu de vuestra mente”, si cambiamos el modo de pensar cambiará nuestra actuación. Mas el ser humano tiene también emociones y sentimientos, necesita sentir para hacer algo de corazón; “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente” (San Lucas 10:27). Esta trilogía “pensar, sentir y actuar” debe estar presente cada vez que planifiquemos un sermón. La Palabra de Dios debe conmover de tal modo a la persona que la lleve a pensar de un modo más claro con respecto al asunto que se predicó; a sentirse movida a cambiar y a actuar de acuerdo a la voluntad del Señor. Pero todo esto lo guiará el Espíritu Santo y por lo tanto la oración, tanto antes como durante y después de la homilía, son imprescindibles. El predicador no transmite su palabra y pensamientos, sino la Palabra y Pensamientos de Dios.

d) “10 Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. 11 Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. 12 Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia.”

El sentido de la predicación de la Palabra de Dios es la edificación de la Iglesia, nunca su destrucción. Por lo tanto evitará malas palabras, ideas negativas contra personas e instituciones, sentimientos depresivos o poco edificantes como la rabia o el odio, el doble sentido o la liviandad, el humor innecesario, la ironía ácida y todo aquello que no eleva el alma del oyente. Quien escucha la Palabra del Señor debe sentirse precisamente frente a Él, como si estuviese en el cielo ante Su Presencia, o como si el Maestro hubiera bajado hasta el lugar del culto y le está hablando a él o ella, directamente a su corazón. No hay don más maravilloso que el don de la Palabra, en que el ministro es un instrumento en las manos del Señor, para comunicar Sus mensajes. No es tarea menor y debe ser respetada por todos los cristianos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 13: CRISTO, EL VERDADERO AMOR.

“4 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; / 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; / 6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. / 7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

Este texto sirve para autoevaluarme qué tan cristianamente estoy procediendo. Es muy lindo este pasaje, pero de nada me sirve memorizarlo, identificar que se trata de uno de los textos primordiales sobre el amor y alabar al Señor por él, si no lo vivo.

Dice que “el amor es sufrido”, o sea que es paciente y está dispuesto siempre a aceptar las “injusticias” con humildad. ¿Soy una persona realmente sufrida o más bien soy alguien que prefiere la comodidad y no tener problemas? A veces evito la dificultad y dejo de amar a otros por propia comodidad.

El amor “es benigno”, sencillamente bueno. Sabemos que nadie hay bueno enteramente. Ya el Señor lo dijo, cuando alguien lo trató de “maestro bueno”. ¿Estaría adulándole? Él si era y es bueno ¡nos ha hecho tanto bien! Pero yo ¿soy una persona buena? ¡Cuántas veces actúo con maldad, egoísmo, uso palabras críticas hacia mi prójimo, no soy considerado con los niños, maltrato a los animales, etc.!

“El amor no tiene envidia”. Nada hay más corrosivo del amor que la envidia, eso de sentirme mal por el bien de otro, por sus éxitos y logros, por el aplauso que dan a mi vecino o familiar. Me transformo en enemigo de otras personas y ellos ni siquiera lo saben. La amargura queda adentro, en mi corazón, y eso me enferma. El Señor perdone mi envidia y lave con Su sangre mi conciencia.

“El amor no es jactancioso”, no se pavonea de sus logros como si el progreso de nuestras vidas dependiese de nosotros mismos. Un poeta dijo que cada uno es arquitecto de su propio destino. En parte es cierto, puesto que lo que sembramos recogeremos; pero si Dios no lo permite, nada sucede en esta tierra. No quiero jactarme de haber logrado algo sino gloriarme en el Señor que es mi victoria.

El amor “no se envanece”. ¿De qué podría envanecerme, si todo lo que tiene el hombre puede desaparecer en un segundo? Viene un terremoto y destruye mi patrimonio de años; un maremoto puede arrastrar hasta con la vida de mis seres queridos; un incendio hace polvo lo que construí; la enfermedad puede inhabilitarme para el trabajo y dejarme en la miseria; la inteligencia y capacidades intelectuales se pueden perder y terminamos en un psiquiátrico; cualquier día nos sorprende la muerte, que viene a todos “como ladrón en la noche”. Así es que ¿de qué puedo envanecerme? Sólo por la misericordia de Dios estoy en pie y lo que tengo no es mío, todo ha sido prestado por Él: la vida, el cuerpo, la salud, la esposa, los hijos, el trabajo, etc.

El amor “no hace nada indebido”. De la traducción puedo entender que se refiere a lo moralmente permitido y no a lo que es de conveniencia para mí. No hace nada que perjudique a otros. Diariamente se nos presentan “oportunidades” de engañar y salir favorecidos, mentir y nadie se enterará de la verdad, robar y ninguno se dará cuenta, mas Dios que todo lo ve y juzga con justicia, sí nos ve. El móvil para hacer el bien debe ser sobre todo interés agradar al Señor. No por miedo al castigo, no por temor a pasar una vergüenza si soy descubierto, no para aparecer bueno, etc. El amor a Dios “no hace nada indebido”.

El amor “no busca lo suyo”. ¿Busco lo que favorece al prójimo o lo que es bueno para mí? Muchas de mis decisiones son egoístas, desconsideradas con el otro, busco lo mío y no lo que favorece a los demás. Cristo siempre busca lo nuestro.

El amor “no se irrita”. ¿Soy un gruñón? ¿Me irrito fácilmente? Me falta humor, aceptación y comprensión hacia mi prójimo. Me he transformado en una persona grave, crítica, inflexible. Señor: dame jovialidad y que no sea tan estúpidamente irritable.

El amor “no guarda rencor”. Han pasado tantos años y aún guardo esa ponzoña en el alma, todavía no perdono. A pesar de ser cristiano y conocer la Ley de Dios y el mandamiento de Jesucristo, todavía no doy el paso de perdonar a quien me hizo daño o yo pienso que me dañó a propósito. Tengo esa deuda pendiente con el Señor, debo y necesito perdonar, desatar mi conciencia de algo tan antiguo. La rata se pudre en el desván y hiede, debo sacarla y tirarla al tacho de la basura, definitivamente.

El amor “no se goza de la injusticia”. ¿Cómo un hijo de Dios puede disfrutar con el mal que ocurre a otros? Es una locura lo que la Palabra de Dios me plantea. Debe significar que hay muchos hombres y mujeres de fe que aún se gozan con la injusticia y disfrutan porque le va mal a alguien que no les simpatiza. Señor: dame un corazón recto y que aprenda a amar a aquellos cuya forma de actuar, sentir o pensar no entiendo. Te pido que jamás vuelva a reír del mal que ocurre a otro ser humano.

El amor “se goza de la verdad.” Nunca la mentira, nunca la falsedad, jamás la herejía, sólo la verdad. Sean las verdades pequeñas de cada ser humano o sea la gran Verdad del Evangelio, que siempre busque y me alegre con la Verdad. Gozarme en la Verdad es disfrutar a Cristo, quien es la Verdad.

El amor “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” No soy magnánimo y en numerosas ocasiones no soporto a la gente ni las circunstancias que me toca vivir; soy desconfiado y dudo de todo el mundo; tengo miedo de lo que pueda sucederme en lo laboral, familiar, económico, etc.; no soporto mucho, soy un cobarde. ¡Cuánta fortaleza de Jesús me hace falta para enfrentar la vida como Él quiere, con amor!

martes, 5 de octubre de 2010

1 CORINTIOS 12: CRISTO, EL ESPÍRITU QUE NOS UNE.

"3 Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo."

Nadie que hable inspirado por el Espíritu Santo podría maldecir a Jesucristo. Nunca un cristiano va a hablar en contra del Señor, salvo que esté desorientado, enfermo mentalmente o deprimido, pero incluso en esas condiciones es improbable. El cristiano tiene el Espíritu de Dios, es protegido y guiado por Él, lo cual impide que se oponga a Cristo. Reconocerlo como el Hijo de Dios es parte de la fe cristiana. Amamos a Dios Padre, tenemos el Espíritu Santo y, por lo tanto creemos en Jesucristo.

"6 Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo."

Distintas formas de operar tiene el Espíritu de Dios, pero esto no debe confundirnos y hacernos pensar que son hechas por diferentes dioses. Hay un solo Dios y el mismo Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) realiza una diversidad de operaciones. Operar es obrar, trabajar, ejecutar diversos menesteres u ocupaciones. El Espíritu trabaja en el cristiano, tanto individual como colectivamente; ejecuta distintos trabajos en Su Iglesia, trabajos ciertamente espirituales. Quien hace todas esas ocupaciones es Uno solo, Dios.

"11 Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere."

Los nueve dones [1] del Espíritu Santo son otorgados por Él mismo. A cada persona le da uno o más dones, según Su voluntad. Un don no se puede exigir al Señor, ni se puede falsificar. Alguien quizás tratará de imitarlo, pero finalmente no engañará a Dios. ¿Qué dones me da el Espíritu Santo? Los que Él necesita para un mejor funcionamiento de Su obra; no son para lucirme o ufanarme de ellos; tampoco son para sacar provecho personal, sino para edificación del Cuerpo de Cristo, es decir para el crecimiento de mis hermanos y la Iglesia en general.

"13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu."

Por este mismo Espíritu los cristianos nacemos y somos introducidos en un solo Cuerpo, sin importar nuestra condición social o cultural, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Además todos somos alimentados y saciados con el mismo Espíritu. Si todos somos llenos con igual Espíritu ¿por qué nos comportamos como si entre nosotros hubiera diferencias? Es cierto que a cada uno nos es dado un don diferente, pero en el fondo todos somos iguales. Algunos son mayores que otros y tienen más experiencia, pero ambos llevan en sí el mismo Espíritu Santo; unos son de familias cristianas, de padres pastores, otros han nacido en el mundo y se convirtieron a Jesucristo por gracia de Dios, mas ambos grupos han sido salvados por el mismo Señor y llevan el mismo Espíritu Santo; unos tienen una mejor educación que otros, los hay incluso semianalfabetos, pero los dos tienen un mismo Espíritu Santo; y así las diferencias pueden continuar, diferencias políticas, de clase social, de forma de interpretar la doctrina, etc., pero todos los cristianos tenemos un mismo Espíritu Santo.
[1] Se refiere a los carismas, no confundir con los dones del Espíritu Santo señalados en Isaías 11:1-4.

viernes, 24 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 11: CRISTO, EL QUE PONE ORDEN.

Este capítulo del libro primero de Corintios se inicia con la frase “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” y finaliza con un escueto “Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere.” El Apóstol, como todo siervo de Dios, ministro de la Palabra, tiene esta doble función: 1. Ser ejemplo para la comunidad cristiana; y 2. Establecer un orden en la vida de la Iglesia, incluida la vida familiar y personal de los cristianos, conforme a la voluntad del Señor.

San Pablo entrega diversas indicaciones a los hermanos de la Iglesia de Corinto, seguramente en respuesta a sus inquietudes, dudas y consultas. Les escribe acerca del atavío de las mujeres; como evitar abusos en la Cena del Señor; instituye ésta como una sencilla liturgia u orden a seguir por la comunidad cristiana; y advierte sobre las consecuencias negativas de tomar la Cena indignamente.

En la interpretación de estos versículos no debemos quedarnos en lo superficial de las formas que obviamente muchas veces obedecen a la cultura y características de las personas particulares a las que habla el texto, sino más bien sumergirnos en la profundidad de los principios que la Escritura quiere enseñarnos. Por ejemplo el principio de autoridad y de sujeción que todo cristiano debe vivir. Siempre habrá una autoridad sobre nosotros, sea un esposo, un jefe, un director, un ministro de Dios, etc. y esas autoridades debemos respetarlas. La sujeción consiste en reconocer la autoridad que el Señor le ha entregado a otra persona en algún plano –sea de conocimiento, laboral, antigüedad, experiencia, cargo político, eclesiástico, etc. –no molestarse por ello, respetarla y sujetarse a su consejo. La sujeción concreta a otro mayor que yo, demuestra que en mi corazón hay una verdadera sumisión al Señor, que dentro de mi está la humildad para reconocer en otro la superioridad en cierto aspecto.

La Biblia nos muestra un orden para la familia. Puede que no todos estén de acuerdo con ese orden que primero plantea Pablo: “3 Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.” Si usted y su cónyuge aceptan ese orden no tendrán problemas para funcionar armónicamente como matrimonio y familia. Pero si sólo uno de los dos lo acepta, es indudable que eso pueda generar desavenencias. Mas la dificultad no está en el orden o sistema propuesto por Dios, sino en las personas que no se ponen de acuerdo en el sistema a seguir. Y, como si San Pablo hubiera sabido de estos tiempos de reivindicación del “género” en que vivimos, nos da una salida: “12 porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. 13 Juzgad vosotros mismos…” El hombre y la mujer pueden ser una pareja, asimismo como suena la palabra, pareja, en que ambos se miren como iguales, se amen y respeten, decidiendo en forma conjunta todo asunto matrimonial y familiar. Sea cual sea el orden que utilicemos, que sea el amor el que prime.

Esto nos recuerda cuando Jesús dice a Sus discípulos “15 Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.” (San Juan 15:15) ¿Será mejor ser amigo de Jesús que ser su siervo? ¿O será superior ser un siervo de Dios que un amigo? Ambos términos son tan respetables y quizás los cristianos debamos ser ambas cosas: siervos, es decir esclavos de Jesucristo; y también fieles amigos de Él. Si fuésemos solamente amigos podríamos aprovecharnos de esa amistad y si fuésemos solamente siervos, sólo estaríamos pendientes de obedecer y jamás sentiríamos el cariño y la acogida del Amigo. Del mismo modo, en el matrimonio y la familia es necesario que exista autoridad, pero también igualdad, como lo expresa el Espíritu Santo en el libro de Gálatas: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”

martes, 14 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 10: CRISTO, EL ESTRATEGA.


“12 Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. / 13 No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”

Un soldado en el campo de batalla está derribando y venciendo a sus enemigos. Cree que ya tiene la victoria y se relaja, no actúa a la defensiva y expone su cuerpo a cualquier bala o ataque del adversario. Así, en su presunción, es sorprendido por el enemigo, es herido, apresado o muerto. Es, en el terreno espiritual, a lo que nos exponemos cuando bajamos la guardia y dejamos de estar en una posición defensiva y ofensiva frente al enemigo de nuestras almas.

Es de poca humildad pensar que hemos logrado vencer completamente la tentación, o que hemos alcanzado cierto nivel espiritual, que ya tenemos gran parte de la victoria a nuestro favor y no requerimos tanto cuidado por nosotros mismos. Ciertamente Jesucristo ya conquistó para los cristianos la victoria en la cruz, mas ahora es preciso de nuestra parte vivir esa victoria cada día. ¿Y cómo lo haremos si nos descuidamos, si no estamos “firmes contra las asechanzas del diablo”?[1]

San Pablo en este texto nos recuerda “el que piensa estar firme, mire que no caiga” El cristianismo es una batalla diaria contra el pecado que nos asedia[2]; contra el mundo que utiliza todo tipo de artimañas para hacernos caer en tentación y contra el diablo y sus huestes, que operan tras las mentes y el sistema de los hombres. Para no caer hay que estar despierto, con los ojos del espíritu muy abiertos a objeto de discernir las trampas y armas que el reino de las tinieblas opera contra los hijos de Dios. No se trata de vivir atemorizado sino de resguardarse con todas las herramientas que el Señor Jesucristo nos ha dejado: la oración permanente, el ayuno regular, la lectura constante y sistemática de la Palabra de Dios, la adoración y alabanza, la participación en la Cena del Señor, la meditación en las cosas del Padre, la práctica de Sus enseñanzas en cuanto al amor y la comunicación de Su Verdad al prójimo. Si somos diligentes [3]en actuar así como la Biblia nos exhorta, Dios nos protegerá de toda tentación diabólica para la cual no estamos preparados y, aún más, nos dará una salida para que podamos soportar las dificultades.

Ser humildes, no teniendo un concepto inadecuado de nosotros mismos[4]; utilizar las estrategias de disciplina espiritual, tomar en serio el consejo de Dios en Su Palabra poniéndolo por obra, y procurar ser un comunicador del Evangelio, son las mejores armas para no caer.

[1] Efesios 6:11
[2] Hebreos 12:1
[3] 2 Timoteo 2:15
[4] Romanos 12:3

viernes, 3 de septiembre de 2010

1 CORINTIOS 9: CRISTO, EL APÓSTOL DE NUESTRA PROFESIÓN.



“1 ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? / 2 Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor. / 3 Contra los que me acusan, esta es mi defensa:”

Apóstol es quien ha sido llamado, capacitado y enviado por Dios a una misión El apóstol se demuestra en los resultados de su ministerio. Jesucristo mismo fue el primer Apóstol, ya que enviado por el Padre, cumplió Su misión en la tierra, dejándonos el Espíritu Santo para que a su vez nosotros continuáramos Su apostolado. Dice el libro de Hebreos: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (Hebreos 3:1)

La obra del apóstol son aquellas vidas beneficiadas por su apostolado. Un apóstol es tal porque así lo certifican y testifican algunos. Apóstol es quien ha visto al Señor.

El apóstol, como todos los cristianos y como todo hombre, tiene derecho a comer y beber; tener una esposa y solventar sus gastos personales con cierta cantidad de dinero obtenida en el ministerio.

Esto es ratificado por la Ley que dice “No pondrás bozal al buey que trilla.” Así como el granjero ara y trilla con la esperanza de recibir un fruto, también el apóstol sembrará la Palabra de Dios en el corazón de los fieles, con la esperanza de cosechar tanto un fruto espiritual como material.

Los que sirven en el templo comen de lo sagrado, así también los que anuncian el evangelio pueden vivir del evangelio. Esta es la convicción de San Pablo y la deja establecida por escrito para todas las generaciones de siervos de Dios que vendrán en adelante. Sin embargo, esto que él y el Espíritu Santo consideran un derecho, él no se lo permite a sí mismo, trabajando con sus propias manos para obtener el sustento diario y no ser causa de habladurías.

Él considera que predicar el Evangelio no es tan sólo una orden del Señor para él, sino además una necesidad de su alma “porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”

El propósito de esta actuación es no dar oportunidad para que alguien deseche el Evangelio por causa de la persona de Pablo. Él se ha hecho siervo de todos, con tal de ganarlos para Cristo.

Tal cual los atletas corren en el estadio y uno sólo de ellos obtiene el premio, todos los cristianos estamos en una carrera competitiva, mas no todos obtendrán el galardón. Pensemos en estos términos: el Señor Jesucristo ha dado la salvación a todos los que en Él han creído; pero otra cosa es el premio que obtendrán algunos cristianos para participar en el reino milenial, cuando Jesús gobierne por mil años el planeta.

La invitación de San Pablo es a correr de tal manera que obtengamos ese galardón. Para ello es preciso: a) Abstenernos de cualquier cosa que no aporte al logro de la meta que el Señor nos ha puesto; b) Pensar siempre en la grandeza del premio que recibiremos si somos fieles en la misión que se nos ha encomendado; c) No correr a la ventura, es decir a la suerte, casualidad o aventura, sino con certeza del camino que llevamos y el objetivo que nos ha sido impuesto por Dios; d) Tener claridad acerca del enemigo, no golpeando al aire sino luchando contra las fuerzas del mal, dando guerra espiritual; y e) Disciplinar y sujetar nuestro cuerpo y mente en servidumbre a Jesucristo. No vaya a ser cosa que siendo “heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.”

lunes, 30 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 8: CRISTO, EL PERFECTO EQUILIBRIO.

“1 En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. 2 Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. 3 Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.”

En relación al tema de lo sacrificado a los ídolos, esto es si se debe comer o no de la carne de los animales que han sido sacrificados a los dioses paganos, el Espíritu Santo aconseja a los cristianos de Corinto. A partir de ese análisis paulino debemos inferir cuál debe ser la conducta correcta de los actuales cristianos frente a diversas prácticas de los hermanos con menos conocimiento bíblico.

En primer lugar necesitamos tener “conocimiento” espiritual. Es preciso que todos los cristianos sepan que un ídolo no tiene vida y es sencillamente una figura de barro, piedra o yeso que no piensa, no siente ni puede hacer nada por nosotros, ni a favor ni en contra. “No hay más que un Dios” nos asegura el Apóstol.

En segundo lugar hay que establecer un equilibrio entre “conocimiento” y amor. Si enfatizamos la Verdad, el conocimiento, la Palabra, y no consideramos el amor al hermano, podemos cometer graves errores contra el prójimo. Faltaremos el respeto que debemos al que no tiene claridad en su fe; tal vez nos envanezcamos de nuestro saber y despreciemos al más débil en su fe y con nuestras actuaciones y palabras destruyamos el alma del hermano.

La armonía entre conocimiento y amor, generará la verdadera sabiduría cristiana. A la base del conocimiento debiera estar la humildad, pues “si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.” ¿Usted sabe que Dios es Trino? Pues comience a adorarlo como tal; descubra la riqueza que hay en cada una de las Personas de la Trinidad; viva en su persona esa trinidad de cuerpo, mente y espíritu. ¿Usted sabe que Dios le ama y perdonó todos sus pecados en la cruz del monte Calvario? Entonces actúe a su semejanza y comience a perdonar a quienes lo han ofendido y esté dispuesto a recibirles, sin reproches, como el Señor le recibe a usted, pecador.

Si usted comienza a amar de esa manera, si su vida es una perfecta balanza entre conocimiento y amor, entre saber la Verdad y actuar en amor, porque Jesucristo es la Verdad y el Amor, entonces usted será muy amado por el Padre, porque “si alguno ama a Dios, es conocido por él.” Amar a Dios no es solamente aceptar Su voluntad y Verdad, sino también amar a los “pequeñitos” que Él tanto ama. La única forma de conocer a Dios es creyendo y el único modo de ser reconocidos por Él es amándole. Cuando le amamos Él nos reconoce como hijos Suyos.

martes, 24 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 7: CRISTO, EL ESPOSO.

“1 En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno le sería al hombre no tocar mujer”

El Apóstol opina que “bueno le sería al hombre no tocar mujer”. Dios nos hizo con sexualidad, Pablo lo sabe. La sexualidad en sí misma es una función humana, necesaria para la reproducción y multiplicación de la raza humana, como para prodigarse amor los esposos. La sexualidad no es pecaminosa, como no lo es el comer, el respirar o el caminar. Sin embargo los pecados surgen de la distorsión de esas funciones, como la pornografía, la gula, la drogadicción, etc. Y si el sexo no es algo malo para el hombre ¿por qué el escritor de esta carta dice que “bueno le sería al hombre no tocar mujer”? La respuesta se nos da en los siguientes versículos:

26 “Tengo, pues, esto por bueno a causa de la necesidad que apremia; que hará bien el hombre en quedarse como está.” Vivimos en el tiempo del fin, próximos al regreso del Señor. Apremia, entonces, que cumplamos la tarea de anunciar Su mensaje de salvación a aquellos que aún permanecen en tinieblas. Si estás casado tienes muchas otras obligaciones que cumplir. De ningún modo el Apóstol obliga al celibato pero sí lo recomienda para permitir una mayor dedicación a la obra de la Iglesia.

27 “¿Estás ligado a mujer? No procures soltarte. ¿Estás libre de mujer? No procures casarte.” Quien ha contraído el compromiso del matrimonio, no debe desligarse y renunciar a él, sino cumplirlo con toda dedicación. Si es varón debe amar a su esposa, tal como Cristo ama a la Iglesia; si es mujer debe amar a su esposo como ama al Señor y sujetarse a él como se somete a Jesucristo. El que está soltero está libre. El matrimonio significa ciertas ataduras, como a) preocuparse del otro en forma integral; b) renunciar a sus asuntos por amor al cónyuge; c) depender en cierto modo del carácter y emociones del otro. El matrimonio no impide el servicio a Dios (pensemos en Priscila y Aquila) pero la soltería ayuda a una mayor entrega.

28 “Mas también si te casas, no pecas; y si la doncella se casa, no peca; pero los tales tendrán aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar.” Es inevitable que la persona que se casa sufra las consecuencias de ese estado, por ejemplo: a) desavenencias matrimoniales; b) problemas económicos; c) enfermedades de los hijos; d) diversidad de caracteres, no siempre fáciles de gobernar, etc. Si permanece virgen no conocerá en carne propia estas dificultades, aunque tendrá otras, pero de menor envergadura pues atañerán sólo a una persona. Casarse significa responsabilizarse de sí mismo, del cónyuge y de los hijos; y en algunas oportunidades de otros miembros de la familia. Todos estos problemas, dice el Espíritu Santo, traerán “aflicción de la carne, y yo os la quisiera evitar.”

32 “Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor” El deseo del escritor es que no sufran los cristianos y puedan servir en la tarea de difundir el Evangelio en todo el orbe, sin mayores problemas personales. La soltería permite que la persona se preocupe exclusivamente de las cosas de Dios, que tenga mucho tiempo para orar y adorar al Señor; para leer, reflexionar y estudiar las Sagradas Escrituras; para enseñar la Palabra de Dios a otros que lo requieran; para visitar a los necesitados de ella, a los enfermos, los presos, los ancianos, los discapacitados; para evangelizar y misionar sin restricciones.

33 “pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer.” La persona cristiana casada debe preocuparse de muchas cosas que quizás desvían su atención de asuntos propios de la Iglesia y el Reino de Dios. Si bien es cierto todas las cosas pertenecen al Señor y no debiéramos hacer separación entre lo llamado “secular” y eclesial o divino, al parecer Pablo sí hace una diferencia entre tener cuidado de “las cosas del mundo” y tener cuidado de las cosas de Dios. Efectivamente existen cosas de Dios como orar, alabar, ofrendar, predicar, servir y cosas del mundo como trabajar, soportar jefes injustos y compañeros de trabajo impíos, compartir con personas no creyentes para ganar el sustento diario.

San Pablo dice que “el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” ¿Será una cosa mundana amar a la esposa? ¿Habrá querido decir eso el Apóstol? Indudablemente no pues la familia cristiana es santificada por el cónyuge creyente, es parte de la Iglesia. Atender al esposo o esposa, educar a los hijos, salir a comer con el cónyuge o la familia, departir con los amigos en familia, etc. es algo santo y bueno, pero que demanda también mucho gasto de energía por parte del cristiano. En todo caso, la Biblia no prohíbe el matrimonio sino que destaca que éste implica tan duras responsabilidades que será un factor que agregará dificultades en la vida del siervo de Dios.

35 “Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente, y para que sin impedimento os acerquéis al Señor.” Finalmente recalca la Palabra de Dios que todo lo dicho es sólo para nuestro provecho, no para molestar ni impedir, ni juzgar. La idea es que vivamos una vida honesta y decente, sin ningún impedimento para servir a Dios. De tal modo que de ahora en adelante no tenemos excusa para no servir al Señor y a la Iglesia. Nadie ponga como razón sus compromisos de familia para no cumplir los deberes para con Dios, sino que pida al Señor cómo servirlo con las limitaciones y exigencias que le impone el tipo de vida que lleva, y como administrar su tiempo, redimirlo y maximizarlo en función de la tarea que Él ha encargado a cada uno.

jueves, 19 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 6: CRISTO, NUESTRO ESPÍRITU.

“17 Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.”

¡Nada más hermoso que la amistad! Esa bendita relación que surge entre seres humanos de diferentes familias y que puede durar toda una vida. También se puede ser amigo del esposo o la esposa, de los hijos, de un primo o del abuelo, ¡excelente si así sucede! y no es de extrañar pues nos unen lazos de sangre, muchas vivencias compartidas; pero lo excepcional es que entremos en una estrecha relación con desconocidos. Es que en el fondo todos los seres humanos pertenecemos a una sola familia, la raza humana, y tenemos similares necesidades y aspiraciones; sufrimos las mismas dificultades, vivimos iguales alegrías –enamorarnos, casarnos, el nacimiento de un hijo, etc. – y todos, sin excepción, nos dirigimos al mismo destino.

Cuando tenemos un gran amigo o amiga, como cuando amamos, sentimos que llevamos dentro a esa persona, hay una profunda ligazón que nos une a ella: compartimos gustos, hemos vivido las mismas experiencias, anhelamos casi lo mismo, manejamos valores iguales. Los grandes amigos han ligado de algún modo sus almas que, aunque se alejen por largo tiempo uno del otro, cuando se reencuentran sienten la misma cercanía, como si hubieran estado siempre juntos. Hermoso tesoro es la amistad verdadera, muy útil en los momentos difíciles. Así lo ha permitido Dios. Indudablemente Él creó la amistad.

Pero lo que a los cristianos y a su Señor los une es algo más que una amistad. Jesucristo es nuestro Amigo fiel, compasivo, tierno, misericordioso, que jamás nos abandonará, aunque nos alejemos de Él. Un amigo humano puede apretar nuestra mano en señal de amistad, abrazarnos con afecto, hablarnos a los ojos aquello que necesitamos, llegar casi a tocar nuestra alma, pero jamás podrá hacer lo que el Hijo de Dios ha hecho por nosotros: darnos Su vida. Jesús ha muerto en la cruz, asumiendo Él nuestros pecados, así ha limpiado con Su sangre la conciencia del pecador. Luego de limpiada la casa, ha venido a habitar dentro de él, en su espíritu. Por eso dice la Escritura: “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.”

Ahora soy un solo espíritu con Jesucristo. Su Espíritu es mi espíritu, y mi espíritu es Su Espíritu. ¡Qué don tan hermoso nos ha dado este Amigo!

jueves, 12 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 5: CRISTO, PRESENCIA DE DIOS EN NOSOTROS.

“6 No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? 7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8 Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.”

¿Por qué nos jactamos tanto de nuestra posición de cristianos y la santidad que por Jesús nos ha sido imputada? ¿Por qué a veces nos consideramos superiores a los que no creen en Cristo y los despreciamos, en vez de amarles entrañablemente como criaturas de Dios? ¿De qué nos enorgullecemos tanto si todo nos ha sido regalado por el Señor? Él hizo todo el trabajo de nuestra salvación y por Su misericordia aún nos mantenemos en la gracia. No es buena nuestra jactancia.

Como la levadura que hincha la masa para preparar el pan, así se infla nuestro ego vanamente con la hipocresía de pensar y decir que somos mejores. Somos tan pecadores como los que están en el mundo. La única diferencia es que somos pecadores arrepentidos, es decir conscientes de nuestro pecado. Repito: no somos superiores, como algunos lo afirman. Incluso dentro de la Iglesia hay quienes se creen mejores a sus hermanos porque descienden de padres cristianos y, según ellos, nacieron cristianos, negando con estas palabras la doctrina del nuevo nacimiento. Ningún ser humano es más que otro.

¡Cuánto necesitamos ser limpiados de la hipocresía! Fingimos santidad, bondad, fe, cuando en verdad somos pecadores, comportándonos a veces como personas egoístas e incrédulas de lo que Dios puede hacer. La hipocresía es fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Tratamos con aparente simpatía a los que no amamos, pronunciamos palabras mentirosas para quedar bien y hasta negamos la fe por temor al juicio del que no la tiene. Limpiémonos de la vieja levadura, para ser una masa nueva, sin levadura.

Jesucristo es nuestra Pascua. En cada Santa Cena y en cada Semana Santa recordamos y celebramos el sacrificio de Cristo en la cruz por nosotros. No hagamos vana tal celebración con una vida cristiana hipócrita. Como los sacerdotes que presentaban a Dios los panes de la proposición sin levadura, presentemos nosotros nuestras vidas, libres de toda falsedad y pecado. El pan es símbolo de las necesidades más fundamentales del ser humano y su satisfacción. El pan de la proposición o Presencia representaba la provisión de Dios para las necesidades de su pueblo[1]. Mas cuando no hay transparencia, naturalidad ni un corazón recto, no puede haber Presencia de Dios allí. “Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.”

Señor: Perdona mis conductas hipócritas, endereza mi corazón y enséñame a actuar con verdad, sin ofender a mi prójimo, pero siendo una persona humilde y sincera. Te lo ruego por Jesús, Cordero Pascual. Amén.

[1] Éxodo 25:29-31; Levítico 24:5-9

martes, 3 de agosto de 2010

1 CORINTIOS 4: CRISTO, EL MODELO A IMITAR.

“14 No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. 15 Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. 16 Por tanto, os ruego que me imitéis. 17 Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias.”


Un buen padre, amante de sus hijos, será cariñoso pero también severo con los errores y conductas inadecuadas de éstos. La intención de un papá o mamá, cuando amonesta a sus hijos, no es molestarles ni entristecerles, tampoco es que sienta rechazo hacia ellos, sino que lo hace para formar sus vidas. Si bien es cierto, la educación es importante, es decir la adquisición de conocimientos para llegar a ser una persona culta que tiene una profesión honrada en la sociedad, más importante, creemos, es la formación del carácter.

La instrucción la recibimos principalmente en la escuela. Los profesores están preparados para educar a nuestros hijos con técnicas pedagógicas y motivacionales que hacen del aprender algo agradable. También los papás pueden instruir a los niños y jóvenes. De hecho los padres cristianos instruyen al hijo en la lectura, comprensión, memorización y valoración de la Palabra de Dios. Pero la misión de ellos va mucho más allá de una enseñanza teórica. Los papás tenemos la delicada tarea de “formar” a nuestros hijos como personas integrales.

En el Texto el Apóstol escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto como si lo hiciese a hijos. Les reprende, no con la intención de avergonzarles, sino para edificarles. El Espíritu Santo desea nuestro crecimiento espiritual y para ello se valdrá de siervos de Dios que a veces nos corregirán con firmeza las malas actuaciones. La actitud del discípulo hacia el maestro que lo amonesta debe ser de humildad y reconocimiento de la autoridad moral de aquél; es necesario que vea y escuche más allá de esa persona, a la Persona del Maestro que le hace un llamado de atención. Este es el modo de crecer en el Reino de Dios.

Los cristianos, como todo ser humano, hemos nacido de padres biológicos, mas a la vida espiritual hemos tenido un nuevo nacimiento por medio de Jesucristo. Pero la o las personas que nos trajeron la Palabra de Dios y que nos formaron en el camino del discipulado, son nuestros padres espirituales. Podemos escuchar y seguir a numerosos predicadores y teólogos, hermanos en la fe, pero nadie nos amará y tratará mejor que un padre o una madre espiritual. A lo largo de la historia del cristianismo se les ha llamado maestros, guías, directores espirituales, discipuladores, etc., no importa el nombre que le demos pero es innegable que la mayoría de los cristianos tenemos algún hermano mayor en la Iglesia, que está preocupado de nuestro desarrollo en la fe. Esto es una muestra del gran amor de Dios por Sus hijos.

¡Qué responsabilidad tan grande es ser “padre espiritual” de otro hermano! Tan grave como ser papá o mamá de nuestros hijos biológicos. Quisiera haber sido un mejor padre de mis niños, mas las circunstancias y mi propio pecado impidieron que fuese el referente que anhelaba ser para ellos. A pesar de todo, Dios ha sido bueno, y ellos llevan en sus vidas valores eternos. Pero la misericordia Divina no debe ser excusa para un relajamiento en la labor y ministerio de los papás. Tan serio como ello es la paternidad espiritual. San Pablo no tiene temor de ponerse como ejemplo para sus “hijos en la fe” y les ordena “os ruego que me imitéis.” ¿Qué pastor o líder espiritual se atrevería hoy a pedir algo así? El Apóstol está tan seguro de su correcta conducta y carácter, que no se detiene para mostrarse él mismo como ejemplo de Cristo. Esto es lo que necesitamos lograr, o más bien lo que el Espíritu Santo quiere obtener de nosotros. Él desea formarnos a la imagen de Jesús para que podamos un día pronunciar las mismas palabras: “Sed imitadores de mi, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1)

Un fruto del Apóstol es Timoteo, cuya principal virtud es la fidelidad. Una persona fiel guarda lealtad hacia el amigo o, en este caso, el maestro; es un modo de expresar la fe que le debe a él y a Dios. Hacer una tarea fielmente es ser puntual y exacto en su ejecución. El discípulo Timoteo era un fiel seguidos de San Pablo y cumplía sus comisiones con esmero y eficiencia. En la actualidad hablamos de alta fidelidad al referirnos a la calidad de sonido de un equipo electrónico. Es que esa radio hace una reproducción muy fiel del sonido. En la transmisión del Evangelio de Jesucristo se necesitan reproductores de alta fidelidad que anuncien el mensaje lo más fielmente posible, a imitación de Cristo. Por eso San Pablo imita al Señor y pide que sus seguidores hagan lo mismo. Un buen padre transmitirá con su vida ejemplar y sus palabras, la Vida y la Palabra del Padre de los cielos. Un buen padre espiritual será un fiel reproductor de la Vida y Palabra de Jesucristo. Este debe ser “mi proceder en Cristo”

viernes, 30 de julio de 2010

1 CORINTIOS 3: CRISTO, NUESTRA UNIDAD.

Ubicación de Corinto en Grecia.


“1 De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2 Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3 porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4 Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?”

El hombre natural no entiende las cosas de Dios porque no tiene la mente Cristo, en cambio el que es nacido de nuevo –el espiritual –ese sí que puede discernirlas. Pero cuando el cristiano, que tiene el Espíritu Santo, se resiste a vivir según su naturaleza espiritual y todavía conserva el modo de pensar, sentir y actuar del mundo, entonces éste es un “carnal” porque, debiendo vivir conforme al Espíritu, vive según su carne o naturaleza humana. Éste es aún un “niño en Cristo”.

El Apóstol se vio en la necesidad de hablar a los corintios “como a carnales” pues su comportamiento así lo demostraba. ¿Qué hizo concluir a Pablo que estos hermanos eran todavía “niños en Cristo”? Porque en la Iglesia de Corinto existían conductas divisionistas, separatistas, caudillistas, que no favorecían la unidad y el amor sino las diferencias? Los hermanos tomaban partido en torno a un hombre, llegando a decir “Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos” Quizás esos valoraban la fuerte personalidad y sabiduría de San Pablo y los otros admiraban la elocuencia de Apolos; sin embargo ambos eran siervos de Dios dotados del Espíritu Santo y con hermosas cualidades de Jesucristo.

Este Texto debe movernos a la reflexión y autoevaluación ¿Actúo yo también de ese modo? ¿Hago diferencias entre los distintos siervos del Señor de hoy? ¿Soy partidario de unos y detractor de los otros? Hoy por hoy diríamos que es peor, pues llegamos a excluir de la Iglesia y la salvación a aquellos ministros que no nos agradan. Cuando existe el “denominacionalismo” es frecuente calificar como “secta” a cualquier Iglesia o Ministerio que no siga nuestra doctrina. Como en esos tiempos, hoy día algunos son del siervo “A”, otros del ministro “B” y nosotros del pastor “C”. ¿Qué nos diría el Apóstol Pablo si viviera en estos días? Probablemente se escandalizaría. Somos tan carnales y superficiales que tomamos bandera por un predicador por su vestuario, sus modales, su modo de hablar, su simpatía o su voz. Rechazamos a aquél porque le acompañan músicos que no nos agradan. Es decir juzgamos según la carne y no de acuerdo al Espíritu Santo. Y lo más grave, acerca de esto último: confundimos el Espíritu Santo con ciertas expresiones externas, tales como gritos, brincos y llanto.

Analicemos la situación actual. La Palabra de Dios nos dice: “…pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” Tres elementos se destacan en la conducta de cristianos carnales:

a) Celos. Este es, según el Diccionario, un “interés extremado y activo que alguien siente por una causa o por una persona.” Nuestro interés no debe estar puesto en las personas sino en Jesucristo. no debemos ser seguidores de pastores, evangelistas o predicadores, sino del Señor. Ciertamente Dios gobierna la Iglesia por medio de hombres y mujeres que son autoridades eclesiásticas, pero no es apropiado llevar al extremo esa admiración y seguimiento que hacemos de ellos. Las personas fallan, son pecadoras, a veces decaen y la misma aprobación pública exagerada puede dañarles. No tengamos celo por nuestros pastores sino que oremos por ellos, apoyémosles y cuidemos su vida espiritual acercándonos más a Jesucristo: “Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo.” (Hebreos 13:18)

b) Contiendas. Estas son las riñas que se producen entre equipos o partidos de personas, muy frecuentes en la política. ¿Es correcto que esto suceda también en la Iglesia? Las personas disputan sobre quien es más razonable, bíblico, fervoroso o santo; discuten sobre cuál doctrina es la correcta y tienen sus representantes en ciertos líderes cristianos; hacen debate y se enojan y enemistan porque no llegan a un acuerdo. Las contiendas en la Iglesia producen separaciones entre hermanos en Cristo, dividen a las congregaciones y, con nuestro principio de libre interpretación de la Escritura –del cual no reniego –, surge una nueva forma de entender la Palabra y con ello una nueva “denominación”. Las contiendas por cuestiones externas, por estilos de evangelismo, por modos de gobierno eclesial, por formas de liturgia y aún por ciertos asuntos doctrinales, son discusiones ociosas que en nada contribuyen al amor entre los hermanos. El Señor dijo que sus discípulos se distinguirían por el amor y no por otros aspectos de la fe: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (San Juan 13:35). El Apóstol advierte en otro lugar: “Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes.” (2 Timoteo 2:14)

c) Disensiones. Viene del verbo disentir que significa “no ajustarse al sentir o parecer de alguien.” En una discusión, alguien puede decir disiento de tu opinión. No es malo disentir, es algo muy humano ya que todos procedemos de distintas familias, ambientes, tenemos educaciones diferentes y, además, cada uno ha sido creado por Dios como un ser humano con personalidad propia. Por lo tanto tenemos modos de pensar, formar de sentir y de obrar distintas unos de otros. Pero hay Alguien con quien no podemos “disentir”: el Señor Jesucristo. Esto implica conocerlo bien a Él, para estar de acuerdo completamente con Su Persona. ¿Cómo conocerle? a) orando, teniendo comunión con Él, amándole y adorándole; b) leyendo la Palabra de Dios, estudiándola y reflexionándola, procurando aprehender Su doctrina; c) participando en la Santa Cena y comprendiendo la obra de Jesucristo en la cruz, discerniendo el Cuerpo de Cristo; d) asistiendo a la comunidad cristiana y amando a los hermanos como al Señor, sujetándonos a los pastores y obedeciéndoles con humildad y fe. Estas acciones nos ayudarán a conocer a Cristo y a no tener disensiones. Si bien es cierto que todos somos diferentes, mas todos nos encontramos en Jesucristo, pues en Él no hay disensión. El Espíritu Santo nos aconseja: “1 … os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2 con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, 3 solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; 4 un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5 un Señor, una fe, un bautismo, 6 un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.” (Efesios 4:1-5)

Concluye este capítulo de la carta a los hermanos de la Iglesia de Corinto exaltando la propiedad que tiene Dios sobre las vidas de los cristianos, de modo que nadie sienta celos, mantenga contiendas o disienta del otro, por seguir personas o palabras: “21 Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: 22 sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, 23 y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” Si hacemos lo contrario, somos tan carnales como los demás hombres, mas en Cristo está nuestra unidad.

jueves, 29 de julio de 2010

1 CORINTIOS 2: CRISTO, NUESTRA MENTE.

“14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 15 En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. 16 Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.”

Las personas que no han reconocido a Jesucristo como su Salvador y Señor no pueden percibir lo que hace el Espíritu Santo, porque esas personas no han nacido de nuevo ni tienen morando al Señor en su corazón. Es el Espíritu el que nos guía a toda verdad y justicia[1] y nos puede dar el entendimiento espiritual para comprender los asuntos Divinos. Hay hombre natural y hombre espiritual; el primero es el que hay no es salvo, el segundo es el que ya ha sido salvado; el primero no tiene el Espíritu de Dios, el segundo sí lo tiene.

Para el hombre sin Dios u “hombre natural” las cosas tocantes a la Divinidad son extrañas, incomprensibles, ilógicas, poco realistas, subjetivas, dudosas, una locura y hasta una tontería. Como no las entiende las rechaza y se las deja a lo que él llama la “religión”. Así, poniendo como barrera la religión, se aparta de Dios y se defiende de los que vienen a hablarle del Evangelio o de la Palabra de Dios, diciendo “yo tengo mi religión”, “no me cambien de religión”, “esas son cosas de religión y a mí no me interesan”, y otras excusas semejantes.

Para discernir las cosas de la fe es necesario haber experimentado un cambio de naturaleza, haber nacido de nuevo –como enseña Jesús: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”[2] –ya no ser un hombre natural sino un hombre sobrenatural o espiritual, que porta dentro de sí el Espíritu de Él. Discernir se define como “distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas”. Si alguien no ha experimentado la fe verdadera, es imposible que distinga entre los dos reinos del espíritu, qué es el pecado y cómo superarlo, la operación de los dones del Espíritu, etc. Tampoco puede discernir y separar entre espíritu y alma, porque para él son la misma cosa. Por otro lado llama espiritual a todo lo referido a las creencias y aún hasta lo cultural es para esa persona lo espiritual. No sabe discernir como señala la Escritura: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”[3] Separar entre pensamientos y motivaciones de las personas es un asunto delicado y profundo, posible sólo a quien tenga las herramientas espirituales para hacerlo.

Cuando el Texto nos dice que “el espiritual juzga todas las cosas” no se refiere a un juicio condenatorio sino a la comprensión o discernimiento de las cosas. El cristiano en ese caso no está juzgando a su prójimo, sino que sencillamente discerniendo sus conductas y motivaciones, guiado por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Es un juicio sin condenación, cosa que deja al Señor.

El cristiano no puede ser juzgado porque sólo el Señor nos juzga rectamente. Sí podemos ser discernidos por otros cristianos, sobre todo si ellos tienen el don de discernimiento[4] mas no juzgados en el sentido legal. La Palabra de Dios dice que el nacido de nuevo “no es juzgado de nadie” porque actúa conforme a la voluntad de Dios, por lo tanto nadie puede cuestionarle. Sin embargo somos pecadores y siempre cometeremos algún error y muchos pecados, pero el que nos juzgará por ello siempre será el Señor. ¿No puede juzgar la Iglesia? Sólo juzgar en el sentido de discernir pero no con el propósito de imponer castigos. No corresponde a la Iglesia juzgar; aún los tribunales eclesiásticos están sólo para discernir la conducta del hermano, mas el castigo lo decide el Señor. La Iglesia no funciona como el mundo, no puede juzgar, sentenciar y condenar, sólo puede discernir y perdonar. Cuando Jesús recomienda, frente al caso de un desobediente, “si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”[5] está apelando a nuestra comprensión y misericordia, no pide que le condenemos y expulsemos de la Iglesia, sino que lo consideremos como alguien que no puede discernir lo espiritual, o sea un incrédulo.

La mente del Señor el hombre no puede conocerla por sí solo. Es preciso que venga Dios mismo a nosotros para poder comprender algo de la mente de Cristo. Obviamente el Espíritu Santo conoce la mente de Dios. Por lo tanto es lógico pensar que, quien tiene Su Espíritu, puede por el Espíritu comprender la mente del Señor. El Apóstol va más lejos y afirma: “Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” Si usted tiene al Señor en su corazón, también lo tiene en su mente. El modo de pensar de Jesucristo ya está en el cristiano. Sólo requiere activar ese modo de razonar, interpretar, discernir y comprender la vida.

¿Quién conoció la mente del Señor? El Padre, el Espíritu Santo y ahora Su Iglesia, en la que los cristianos estamos incluidos. ¿Quién le instruirá al Señor? Nadie, puesto que Él es la Verdad y todo lo sabe. Al contrario, Él nos instruye a nosotros, diariamente, a cada minuto, pues tenemos Su mente, Cristo es la mente del cristiano.

[1] San Juan 16:13
[2] San Juan 3:3
[3] Hebreos 4:12
[4] 1 Corintios 12:10
[5] San Mateo 18:17